Bienal

Fuenteovejuna del siglo XXI

La consagración. Estévez/Paños y Cía. Dirección, baile y coreografía: Rafael Estévez, Valeriano Paños. Baile: Antonio Canales, Antonio Ruz, Rosana Romero, Macarena López, Sara Jiménez, Carmen Manzanera, Sara Arévalo, Ana Latorre, Carmen Angulo, Andoitz Ruibal, Daniel Morillo, Jesús Perona, Manuel Ramírez. Cante: Rafael el Falo, El Galli, Sandra Carrasco, Israel Fernández. Iluminación: Olga García. Lugar: Teatro de la Maestranza. Fecha: Martes, 25 de septiembre. Aforo: Un tercio.

La primera parte de la obra son los 50 minutos seguidos más redondos y enjundiosos de lo que llevamos de festival, donde éste cobra su sentido de ser un espacio para la búsqueda que equilibra y justifica su otra parte, la de escaparate. El final de estos 50 minutos, a los que siguió un descanso "por imperativo legal", es impactante y hermoso, el colofón de una propuesta inteligente, comprometida, verosímil a pesar de su costumbrismo "soviético", brillantísima en el aspecto coreográfico, tanto en las individualidades como en los movimientos de grupo, fruto de una intensa búsqueda de la compañía, un largo bagaje intelectual y físico, una voluntad de aprender, de llegar al fondo, de desgranar.

El coreógrafo de la segunda parte es el tiempo, con los nombres de Lenin, Stalin, Hitler, Franco. La segunda parte es una historia muy triste, sobradamente conocida, redundante, la de todas las revoluciones y sus finales infelices. ¿Había que contarla, hay que contarla? Algunos espectadores creyeron que sí. Yo pienso que estaba contenida en ese vibrante cuadro que es la última escena de la primera parte. Todo lo que vino a continuación, guerra, muerte, desolación, traición, es de sobra conocido. Aunque quizá sea necesario volverlo a contar. Por supuesto que la coreografía hace una lectura verosímil, poderosa, impactante, de la poderosa e impactante música de Stravinski. El compositor ruso ha inspirado esta obra que, no obstante, funcionaría mejor sin Stravinski. El realismo soviético, proclive a lo obvio, firmaría la obra al completo. Y firmaría también la primera parte, naturalmente, donde sí existe una progresión dramática y emocional. Donde el trabajo con la tonás del campo es asombroso. Quizá sea necesario ajustar el número de la seguiriya. Pero, con todo, esta parte, austera, soviética, realista, se acerca a una obra maestra: la coreografía de las diferentes labores del campo esta diseñada y resuelta con una contundencia y hondura admirable. El espectador, este espectador, no puede apartar la mirada de lo que sucede. La segunda parte bebe de Eisenstein, Lang y Chaplin, y también de Goya, tanto como de Stravinski. La presencia de la estrella Canales, a pesar de lo bien que resuelve su parte, no aporta gran cosa a una propuesta que es, por vocación y definición, básicamente grupal. El compromiso coreográfico y humano, en los tiempos que corren, hacen de ésta una obra imprescindible.

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