La playa del Rinconcillo en Algeciras afronta otro invierno de arena perdida y vergüenzas al aire
Pilares, aliviaderos y basura emergen tras la borrasca Francis en una playa marcada por la erosión y la falta de soluciones definitivas
Galería: La playa del Rinconcillo de Algeciras tras la borrasca Francis, en imágenes
Dicen las camareras del disco pub Botavara —que son una especie de oráculo con delantal— que la arena del Rinconcillo, en Algeciras, no se la ha llevado el último temporal, sino el antepenúltimo. Quizá se llamara Emilia, aquella de diciembre que entró sin llamar, o puede que fuera Claudia, la de noviembre, que tenía modales de ladrona silenciosa. A saber ya. Los temporales, como algunos amores y casi todos los disgustos, llegan con nombre propio y se marchan sin dar explicaciones. A veces es mejor no preguntar porque las cosas se van complicando de forma progresiva, como los hilos sueltos de un jersey viejo. El caso es que en El Rinconcillo llueve sobre mojado, y cuando llueve sobre mojado, la playa —que es un ser sensible— empieza a perder piezas.
En una playa suceden muchas cosas. Algunas visibles y otras que sólo se perciben si uno se queda un rato quieto, mirando. Eso se entiende bien en el Botavara, donde las paredes de madera funcionan como un álbum familiar algo torcido. Allí cuelgan varias fotos de enero de 2010, cuando el carguero panameño Rhea decidió que ya estaba bien de tanto mar y se quedó a vivir, completamente encallado en la orilla, justo frente al disco pub, como un invitado enorme que no sabe marcharse.
Las tareas de rescate comenzaron con la pleamar del 30 de enero y tuvieron algo de espectáculo circense: un remolcador de Salvamento Marítimo de 10.000 caballos de potencia, otros remolcadores, prácticos del puerto… Un soleado sábado empujó a algecireños y foráneos hacia la playa. Las zonas de aparcamiento colapsaron, las cámaras echaron humo y todo el mundo quiso una instantánea del Rhea para el recuerdo, como si fotografiarlo fuera una forma de domesticar lo absurdo. Los vecinos que vivían a pie de playa —muy cerca de donde el carguero había decidido echar raíces— lo vivieron con una mezcla de emoción y miedo: la emoción de lo extraordinario y el miedo de saber que el mar, cuando quiere, se toma confianzas.
La arena del Rinconcillo es tan fina que, cuando el mar se enfada, se comporta como un recuerdo mal sujeto
Cuando el mar se acerca demasiado
Ese ha sido siempre el problema histórico del Rinconcillo: que los disco pubs, los restaurantes, el paseo y las casas están demasiado cerca del mar. Tan cerca que, en realidad, no están junto a él, sino encima. Del agua, digo. Sobre todo cuando la arena que sostiene sus cimientos —fina como la harina— se deshace con el envite del mar como si fuera un terrón de azúcar en un café demasiado caliente.
Todo eso se entiende perfectamente una semana después del peor día de la borrasca Francis. Bajo el paseo marítimo asoman los pilares que lo sostienen, desnudos ahora que la arena se escapó playa abajo hasta el mar de la bahía, como si hubiera decidido regresar a casa. El temporal ha dejado las vergüenzas a la vista: aliviaderos al descubierto, cables que parecen nervios, tortas de hormigón emergiendo del fondo como fósiles industriales. Y luego, claro, la basura: bidones de plástico, zapatillas desparejadas —siempre hay una que sobrevive y otra que no—, una pieza de Lego que seguramente perteneció a una felicidad diminuta, el palo de una fregona que ya no limpia nada.
En la orilla ha aparecido también un viejo tronco de madera, grande, solemne, que ha debido de pasar mucho tiempo en el fondo del mar porque está casi fosilizado. Uno lo mira y piensa que quizá sepa cosas, que haya visto pasar barcos, peces y temporales con nombre de mujer, y que ahora haya decidido salir a tomar el sol, cansado de tanto recuerdo.
El temporal no sólo se ha llevado la arena: ha dejado al descubierto las entrañas de una playa cansada de aguantar
Pero la vida sigue, que es una frase hecha y, sin embargo, cierta. Aprovechando el sol, hay paseantes en la orilla, casi todos con perros, que inspeccionan el terreno como si buscaran explicaciones. En el mar, una tirada del copo: tres o cuatro hombres tiran de las redes desde una pequeña lancha motora. El copo, ese arte tradicional que dio de comer a generaciones y que hoy está prohibido, exige fuerza y destreza, y también cierta nostalgia. Fue vetado en los años 60 por esquilmar los bancos de peces de forma indiscriminada, pero verlo hoy, con la playa herida, provoca una contradicción íntima: la de admirar lo antiguo sabiendo que también fue excesivo.
La arena se ha acumulado en unos puntos y ha desaparecido en otros. Hay escalones en la orilla y tramos prácticamente impracticables. Basta con recorrer la playa para comprobar cómo ha quedado tras el paso de la borrasca que azotó con especial fiereza el Campo de Gibraltar en los primeros días de 2026. La pérdida de arena y el retroceso de la línea de costa vuelven a ser protagonistas de una historia que se repite cada invierno con mayor intensidad, como una mala costumbre que nadie consigue corregir.
Visitas oficiales a una enfermedad conocida
Ese es el panorama que vieron de primera mano los responsables de la Autoridad Portuaria de la Bahía de Algeciras (APBA), del Ayuntamiento y de la Demarcación de Costas en una visita reciente, conocida a través de una nota de prensa. Allí estuvieron el presidente y el director general de la APBA, Gerardo Landaluce y José Luis Hormaechea; el concejal de Playas del Ayuntamiento, Ángel Martínez; y el jefe de la Demarcación de Costas Andalucía-Atlántico, Patricio Poullet, del Ministerio para la Transición Ecológica. El objetivo oficial era supervisar el estado del litoral y plantear actuaciones para que la playa llegue en condiciones aceptables al verano. El objetivo real, quizá, era confirmar que el problema sigue donde estaba.
El Rinconcillo espera desde hace años un proyecto estructural que incluye la construcción de un dique para frenar el basculamiento de la arena. Un proyecto que permanece paralizado, atrapado en la tramitación ambiental del Ministerio, ese lugar abstracto donde el tiempo se mueve a otra velocidad. Mientras tanto, la APBA tramita nuevos trasvases de arena para parchear la situación, cumpliendo compromisos adquiridos en 2020 con el Ayuntamiento y los vecinos. A día de hoy, el Ministerio no traslada avances. La arena, en cambio, sí se mueve.
Los vecinos temen que, un año más, El Rinconcillo llegue al verano sostenido por soluciones provisionales. “¿Dónde están los diques, que no se ven?”, preguntan con una paciencia ya gastada. La Dirección General de Costas presentó en diciembre de 2022 un plan de regeneración valorado en 9,8 millones de euros: un dique de escollera en forma de L, de 150 metros por 50, y una aportación de 160.000 metros cúbicos de arena. Fue seleccionado en julio de 2024 entre tres alternativas, con un plazo de ejecución inferior a un año. Desde 2020, la APBA ha invertido más de un millón de euros en cinco trasvases de arena. Parchear, de nuevo, frente a la necesidad de coser.
Mientras los trámites avanzan a paso administrativo, la arena corre hacia el fondo de la bahía
La playa que también es memoria
Y, sin embargo, El Rinconcillo no es sólo un problema técnico ni un expediente administrativo. Es también un lugar de memoria. A Paco de Lucía le gustaba jugar al fútbol descalzo sobre esta arena —cuando aún estaba— y después comerse unas ortiguillas y unos boquerones fritos en Casa Bernardo, el chiringuito de su infancia, con los amigos de siempre. Paco venía poco, es verdad, porque la vida lo llevó lejos, hasta Playa del Carmen, en México, donde acabó muriendo, pero aquí dejó una huella invisible, como la de tantos.
Hubo un tiempo en que El Rinconcillo era la playa familiar de Algeciras. Los autobuses llegaban llenos hasta la bola, con las puertas abiertas porque no se podían cerrar del gentío. Las colas para volver eran eternas, pero las patatas fritas aliviaban la espera y la infancia parecía no acabarse nunca. El caótico skyline de la playa no ha cambiado mucho desde entonces. Lo que ha cambiado es el suelo que lo sostiene.
Quizá la arena del Rinconcillo no se haya ido de golpe. Quizá se haya marchado poco a poco, como se van los recuerdos cuando nadie los cuida. Y tal vez por eso, al caminar hoy por esta playa herida, uno tiene la sensación de estar pisando no sólo un arenal en retroceso, sino una biografía colectiva que pide, al menos, no desaparecer sin despedirse.
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