El parqué
Sesión de pérdidas
Observatorio de La Trocha
Continuamos aquí en el Observatorio de la Trocha con una nueva aportación a la serie La Imagen comentada y como hicimos en el artículo anterior, analizaremos la información que nos aporta este plano, que puede fecharse en el siglo XVIII y que se conserva en la cartoteca del Archivo General de Simancas, sección Mapas, Planos y Dibujos, con la signatura MPD, 56,069, bajo el título Plano y Perfiles de la Puente. Parte del terreno de Alxeziras y Billa Chica sitvada en el Rio de la Miel. El soporte es un papel con formato rectangular vertical casi cuadrado y dimensiones de 47x38 cm. El trazado es en base a tinta y lavados con los colores verde, amarillo, rosa y distintos tonos de marrón. Es de muy fácil consulta en internet y sería deseable que el Museo Municipal de Algeciras tuviera en exposición una copia expuesta al público.
Se divide en tres franjas horizontales de distinto grosor, cada una con su cartela o explicación a la izquierda, en las que, como clave para denominar elementos sobre el terreno, se utilizan letras en las franjas superior e inferior y números en la central, de doble tamaño que las otras. Estas franjas o registros se pueden describir así:
Franja primera o superior: es básicamente un perfil del terreno a representar, que comprende desde el piedemonte de la actual calle Carteya hasta la comunicación también actual entre las plazas de Joaquín Ibáñez y de Juan de Lima. En una conexión con el perfil, bastante lograda, se representan en perspectiva caballera tres elementos principales, en primer lugar, y correspondiendo con el puente del Matadero, se ven los pilares del derruido puente medieval, sobre los que se ha trazado un proyecto de puente, más a la derecha se ve una casa de campo y en el extremo derecho, una representación del foso de la ciudad medieval y parte de la puerta de Tarifa, actualmente desaparecida.
Franja segunda o central: es la más amplia e importante de todas, siendo un plano de posición, con visión perpendicular sobre la superficie real, cuya misión es posicionar entre sí todos los elementos que motivaron la ejecución de este importante documento gráfico y la correspondencia y debate a los que ilustra como veremos. Es una compleja representación de cuatro zonas principales, cada una con fuerte individualidad e independientes entre ellas de la entonces periferia ciudadana, que son, en el ángulo superior izquierdo, la orilla derecha del río, entre los altos de la Piñera y la Villa Vieja, parte de cuya muralla medieval se representa más abajo. La orilla izquierda es muy interesante, abarcando dos espacios principales y totalmente diferentes, o sea, la vega del río de la Miel y las huertas intramuros, con la puerta de Tarifa, el arranque de la calle homónima, y en el ángulo inferior izquierdo, parte de la banda del río en su tramo paralelo a la ciudad.
Franja tercera o inferior: se concentra en los planos del proyecto arquitectónico, con planta, alzado y sección, de un puente sobre el río de la Miel sustentado sobre los antiguos pilares, que al parecer eran de origen medieval. Esta parte se divide a su vez en dos secciones, pero ambas con la misma cartela o explicación.
Una representación gráfica tan exacta y elaborada no se debe al capricho o a la casualidad sino a una necesidad muy importante para la ciudad, la comunicación fluida de una orilla a otra del río de la Miel, pues el deficiente contacto entre los sectores ciudadanos al norte y sur del río, es un problema que por asombroso que parezca, hoy todavía no se ha resuelto por completo. Sobre esto es muy interesante la opinión del arquitecto Miguel Ángel Rodríguez Fustgueras, asunto sobre el cual regresaremos algún día en estas páginas.
Al menos desde el siglo XIV, el paso del río por ese lugar estaba garantizado por un puente de varios arcos, que sobrevivió a la destrucción de la ciudad en 1375, pero en la primera década tras el resurgimiento de Algeciras en 1722-1724, estaba en ruinas e inutilizados sus arcos, reemplazados estos por pasarelas de madera, reparadas periódicamente por José Daga, maestro carpintero. Estas reparaciones corrían a cargo de un algecireño, Juan Simón Varela a cambio de un acuerdo con la Casa Real, con apoyo del Consejo de Castilla, para poder explotar las tierras cercanas a ese paso del río. Es sorprendente que un simple vecino estuviera en tratos con las altas esferas del reino para un asunto al parecer tan trivial y localizado como la explotación de unas huertas y el pago a un carpintero.
Pero es que Juan Simón Varela no era un vecino vulgar, pues su familia era la más importante de las que ya estaban asentadas en “el lugar de las Algeciras” durante los últimos años del periodo de ruina y los tiempos entre la pérdida de Gibraltar en 1704, cuando a consecuencia de ésta empiezan tímidamente a instalarse grupos de refugiados, hasta la definitiva repoblación de la ciudad en 1721-1724. Era propiedad de esa familia el Cortijo de Varela, cuyas estructuras se situaban entre las calles del Muro y Radio Algeciras. Por otra parte, Bartolomé Luis Varela, padre de Juan Simón Varela, había sido regidor de Gibraltar y teniente corregidor de su campo, siendo quizás la personalidad más notable del exilio gibraltareño tras la pérdida de la ciudad en 1704 y su importancia para la nueva Algeciras es tal, que volveremos sobre su figura histórica en otros artículos de “Observatorio de la Trocha”.
Tras esta aclaración, puntualizamos que la citada tierra de labor era un amplio espacio, de cuatro fanegas de extensión y planta de tendencia triangular, con un gran lado curvo, o sea, la orilla del río comprendida entre el ángulo de las murallas conocido como La Atalaya, y el puente ruinoso, mientras que otra linde transcurría junto a un antiguo y recto camino, hasta la puerta de Tarifa (actual plaza de Juan de Lima), cerrándose el perímetro con el recto tramo de murallas entre las mencionadas puerta de Tarifa y la Atalaya, que era paralelo a la actual calle Alameda.
Ese espacio se denominaba El Realejo, siguiendo la costumbre medieval de recordar el lugar donde un monarca había asentado su campamento con las denominaciones Real, Realillo o Realejo, que salpican nuestra geografía. Y efectivamente, se conocen varias referencias del uso de aquel espacio como lugar de acampada en varias ocasiones, siendo la más notoria en 1457 por parte del ReyEnrique IV. Ya en época contemporánea, el término Realejo se alternó con el de Huerta del Ancla, debido a la existencia en su orilla de una carpintería de ribera o pequeño astillero artesanal. En 1736, la superioridad estimaba allí como tierra cultivable cuatro fanegas, que en explotación de secano, no darían para la reparación del puente, lo que sería posible si se les aplicaba regadío. Esto era perfectamente factible si se creaba una ramificación de la acequia, que tras una captación río arriba, no solo distribuía agua a las huertas de la orilla izquierda, sino que, atravesando el ruinoso recinto amurallado, irrigaba las huertas intramuros, que entonces abarcaban el amplio espacio comprendido de norte a sur por la calle Tarifa y el río, y de este a oeste, entre las actuales calles del Río y Cayetano del Toro o antigua Alameda.
Otro aspecto es que, si el terreno cultivado llegaba hasta las murallas, se impedía el paso de la caballería que desde el cuartel del pozo del rey (donde estuvo mucho tiempo después el Gobierno Militar) se veía obligada a pasar junto a la muralla buscando el paso del río, lo cual dio lugar a la protesta por parte de los militares. Este paso era obligado a diario, y tras atravesar el río por la pasada de Tarifa, el destacamento se dividía para patrullar la costa accediendo por la vía de Tarifa o por un acceso más costero para llegar a Getares y Punta Carnero. En aquellos tiempos y dada la importancia estratégica de Algeciras, era vital la vigilancia de la costa, creándose para ello exprofeso el famoso cuerpo de escopeteros de Getares.
Por otra parte, las tierras en cuestión eran de realengo, o sea de propiedad real, por lo que fue directamente el rey quien concedió el uso del Realejo a Juan Simón Varela, pero con dos condiciones, y es que la reconstrucción del puente debería ser definitiva, en base a obra de cal y canto, a realizar en el plazo máximo de un año y que el límite o cerca del terreno concedido debía respetar una franja ante las murallas que no solo era útil como paso de los militares, sino como zona a respetar en caso de una restauración de las murallas de Algeciras, como ya se había proyectado en tiempos del ingeniero Verboom.
Todo este asunto, aparentemente muy simple, en realidad resulto increíblemente complejo, al ir apareciendo en escena nuevos actores y circunstancias, por lo que se vieron obligadas a intervenir muchas personalidades tanto administrativas como técnicas. Se había dado lugar a un pleito generador de ingente correspondencia, ya que poco a poco la situación fue complicándose, a modo de hilo que conduce a un complicado ovillo. Toda esa documentación empezó a ser estudiada por dos distinguidos historiadores del arte, ambos algecireños, Ana María Aranda Bernal y Fernando Quiles García en su obra, de 1999, Historia Urbana de Algeciras.
Pero quienes estudian a fondo el problema son Juan Ignacio de Vicente Lara y Pedro Ríos Calvo en su obra, que ha alcanzado dos ediciones (2020 y 2023) El río de La Miel. El río que regaba el jardín de las Hespérides”, estos dos grandes investigadores trabajan de forma magistral el tema al que nos referimos y nos acercan a su desenlace. A ellos y a la mencionada obra conducimos a los que estén interesados en el “pleito del puente” y quieran acercarse a su poco claro desenlace, sobre el cual posiblemente aparezca en el futuro más documentación. Parte de la misma es el plano que comentamos, que no hubiera sido creado si no es por la propuesta, aparentemente inocente de Juan Simón Varela en 1736, pero que, como tantas otras cosas en la historia tenía aspectos oscuros y poco altruista.
Nosotros nos detenemos aquí, pues nuestro objetivo es analizar los muchos datos concernientes a la génesis y morfogénesis del urbanismo algecireño proporcionados por el plano que estudiamos, de todo daremos cumplida cuenta en nuestra próxima entrega.
Soledad Gómez de Avellaneda Díaz
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