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Hay edificios que, con el paso de los años, aprenden a llorar. No lo hacen por tristeza —o no solo—, sino porque nadie se ocupa de taparles las heridas. El inmueble conocido como La Escuela, de propiedad municipal y situado en pleno centro de Algeciras, ha perfeccionado esta habilidad hasta el punto de que cuando llueve fuera, llueve también dentro. Y no por capricho arquitectónico, sino por una mezcla letal de años, abandono y falta de mantenimiento.
Catalogado dentro del sistema de conjunto, elementos, sitios y bienes de especial protección, La Escuela no recibe, sin embargo, la atención que su condición patrimonial exige. El agua se filtra, las grietas avanzan por la fachada como arrugas mal cuidadas, se producen desprendimientos en el exterior y los hierros de los ventanales se oxidan con paciencia infinita, esa que solo tiene el tiempo cuando la administración mira hacia otro lado. A estos daños se suman losetas caídas en los baños, agujeros visibles en la claraboya y el patio interior, actualmente precintado por motivos de seguridad.
El edificio alberga actualmente dependencias municipales, aunque su historia es más rica que su presente. Allí estuvieron la delegación municipal de Vivienda y la Escuela de Artes y Oficios, que acabó prestándole su nombre. Durante años, especialmente su singular patio interior, fue escenario de presentaciones de libros, conferencias, actos culturales y belenes, como si el inmueble aún confiara en su vocación pública.
La Escuela no está sola en esta experiencia acuática. Comparte destino con otras instalaciones municipales en las que también llueve por dentro, como el Museo Municipal, el teatro Florida, el Centro Documental José Luis Cano, la sede del Consistorio en la calle Ancha o el edificio Guillermo Pérez Villalta. Algeciras parece haber inventado así una nueva categoría arquitectónica: el edificio público impermeable a las soluciones.
El edificio está protegido por el catálogo, pero desprotegido frente al paso del tiempo y la desidia
Construido entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, según el catálogo patrimonial —aunque la Real Academia de la Historia, en un estudio firmado en 1983 por Fernando Chueca Goitia, lo sitúa a comienzos del siglo XIX—, el inmueble fue calificado como único a nivel local y de gran peculiaridad en el ámbito andaluz. ¿La razón? Su tipología rural incrustada en pleno centro urbano, una rareza que hoy sobrevive a duras penas.
Con techos de madera y un patio central de arcadas, la Academia destacó sus rasgos de “arquitectura popular neoclásica”, que “conserva todo el carácter de la Baja Andalucía”, subrayando especialmente los balcones de cerrajería y los jabalones que sostienen las mesetas de dichos balcones. El informe iba más allá y consideraba el edificio perfecto para albergar un organismo público, en concreto una biblioteca pública. Quizá no contaban con que, décadas después, los libros tendrían que aprender a nadar.
La casa, de dos plantas, ocupa el número 10 de la calle San Antonio, en esquina con calle Sevilla. Su interior se organiza en torno a un amplio patio con columnas toscanas en la planta baja y pilastras en la superior. Destacan también sus muros de carga y la cubierta inclinada de teja árabe, diseñada para proteger de la lluvia, no para invitarla a pasar.
Mientras tanto, La Escuela sigue ahí, resistiendo con dignidad húmeda, esperando que alguien recuerde que el patrimonio no se conserva solo por estar catalogado, sino por ser cuidado. Porque los edificios, como las personas, cuando se sienten abandonados, acaban llorando. Y en Algeciras, ese llanto ya suena demasiado familiar.
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