El recodo
Inmaculada López Marcenaro
Una casa extraña
Los seres humanos llevamos (la única especie superviviente, el Homo Sapiens) unos 200.000 años sobre la superficie terrestre. Somos seres ecuménicos, es decir con posibilidad de vivir en todo el Oukoúmene o Tierra habitada y, sin embargo, poco es lo que sabemos sobre este planeta.
La Revolución Industrial que nace en Gran Bretaña a fines del siglo XVIII y se expandió por el resto de Europa, Occidente y Japón a lo largo del XIX y XX, tuvo un efecto multiplicador sobre el mundo conocido. Buenos y malos efectos. Progreso en la capacidad de crear alimentos que ralentizaron las hambrunas; inventos que agilizaron los transportes y acortaron las distancias; investigaciones científicas que acabaron con algunas de las enfermedades víricas que diezmaban la población mundial; confort en las casas en las que vivimos con servicios higiénicos y cocinas individuales… Pero esto, sujeto a la avaricia y el poder de solo unos pocos, harán el reverso de la medalla: superpoblación e inventos como la energía nuclear que pueden curar un cáncer o mal empleado hacer desaparecer en un “ensayo” dos enormes poblaciones Hiroshima y Nagasaki.
Es lo que en Historia se conoce como la “Aceleración de los tiempos históricos” centrado en el XX y lo que llevamos, terrible, del siglo XXI.
Lo descrito con anterioridad está en la base de la aceleración del llamado cambio climático, que de forma cada vez más patente se reconoce en la sucesión de fenómenos meteorológicos extremos. Un aumento en la temperatura media de los mares y océanos solo de 1,6 grados cambia la dinámica de las corrientes marinas y las de aire en altitud. Las consecuencias ya las vamos viendo. Y no van a parar.
¡Qué poco sabemos de nuestro propio planeta! Con mucho dolor contemplo a mis paisanos con cierto espíritu senequista, ya sean gaditanos, malagueños o cordobeses, que ahora en su gran mayoría descubren que la belleza y armonía de esos pueblos blancos que se desparraman por las laderas de las montañas de nuestras serranías están hechos sobre montañas calizas o kársticas, de grandes cuevas. Hasta ahora habían recibido la lluvia como agua de mayo, pero cuando se ha roto el ritmo y la cantidad del agua, como en un clima tropical o ecuatorial, se comportan como un ácido que disgrega las rocas y las hunde o eleva.
No sé qué pasará con esos pueblos. Ni con sus campos y animales, ni con esas personas que con tanta tristeza han abandonado sus casa, sus refugios. Desde aquí les digo que están siendo un ejemplo de convivencia y que no los dejaremos solos.
También te puede interesar
El recodo
Inmaculada López Marcenaro
Una casa extraña
Gafas de cerca
Tacho Rufino
Mi boda, la ‘mejón’
Postrimerías
Ignacio F. Garmendia
Letras humanas
La ciudad y los días
Carlos Colón
Malos tiempos para la moderación