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José Antonio Carrizosa
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La deriva autoritaria de Donald Trump se preveía ya antes de acceder a la Casa Blanca. Su falta absoluta de credenciales democráticas quedó claramente de manifiesto cuando con manifiesta mala fe no aceptó la derrota frente a Joe Biden e instó a ocupar el Congreso americano por la fuerza. Por otra parte, la debilidad estructural del sistema democrático americano también había sido clara antes de su regreso al poder, en cuanto que no pudo prosperar ninguno de los dos procedimientos de destitución (impeachment o juicio político). Además, a pesar de tener condenas en el orden penal, su ejecución fue suspendida.
La combinación de soberbia y absoluta impunidad no anunciaba nada bueno en su regreso al poder en los Estados Unidos. Todos los peores pronósticos se han confirmado. En este año en la Casa Blanca, Trump ha demolido los cimientos (algo frágiles, hay que reconocerlo) del orden internacional sustituyendo el orden multipolar e institucionalizado basado en normas en el poder de la fuerza. Los valores y principios que contribuyeron a la creación de las Naciones Unidas han sido sustituidos por la codicia, la inmoralidad y la indecencia en una dinámica endemoniada, a la que se han sumado con gran alegría los funestos aliados agrupados en el esperpéntico órgano con la irónica denominación de Junta de Paz.
La demolición acelerada de los principios básicos de convivencia democrática se manifiesta también con enorme crudeza en el interior de los Estados Unidos. La actuación del tristemente conocido Servicio de Inmigración y Aduanas (Immigration and Customs Enforcement, ICE) nos recuerda, salvando las distancias, al comportamiento de la Gestapo, policía política de la Alemania nazi, esto es, un cuerpo militarizado que actúa al margen de la ley con un desprecio básico a los principios de humanidad. El asesinato cruel de dos ciudadanos norteamericanos por protestar o grabar sus intervenciones es una muestra dura del nivel de salvajismo de esta policía de Trump.
Destruido el sistema de contrapoderes, con un partido demócrata casi paralizado y con el poder judicial prácticamente plegado a Trump (fundamentalmente, el Tribunal Supremo) queda por ver si todavía queda algo en el sistema americano que frene la peligrosa deriva postfascista de Trump y sus secuaces.
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