Cambio de sentido
Carmen Camacho
¡Hey!
Desde que Zapatero dijo que le convenía que hubiera tensión, la estamos teniendo. Hasta el luto por unas víctimas inocentes se hace polémico.
Las familias de los difuntos han rechazado el funeral de Estado que preparaban Pedro Sánchez y Juanma Moreno. Aciertan, a mi entender. Pero ¿qué problema hay –me preguntará usted– con los funerales de Estado? ¿Se pretende imponer por el otro lado –el mío– unos funerales religiosos? No, el verdadero problema radica no tanto en la materia de un acto laico, como en su intención.
Seamos honestos: estos funerales laicos (véanse los que se hicieron por el Covid y por la dana en Valencia) quieren opacar y sustituir a los funerales religiosos, monopolizando el duelo. Ése es el problema. El Estado ha tenido siempre formas sobrias, propias, respetuosas y civiles de manifestar su pesar, muy dignas. Por ejemplo, las banderas ondeando a media asta. Aunque quizá a quienes no respetan las banderas a asta completa no les parezca un homenaje suficiente. Otra manera: recoger los nombres de las víctimas en el callejero. Y otra, excelente: levantar un monumento. A su vez, el funeral en sentido estricto es lógico que sea religioso porque su razón de ser es rezar por el alma y la salvación eterna de los difuntos; y eso no hay Estado, por muy del Bienestar que sea, que lo procure.
Un funeral laico no puede ofrecer una visión trascendente del dolor y de la muerte, y por tanto, se queda, en cuanto a funeral, en una especie de pantomima o en un ritual vacío que se celebra a sí mismo en círculo. Lo que inquieta al instinto católico del pueblo.
La resistencia social y, en especial de las familias de las víctimas, es sólo a que se instrumentalice una legítima expresión de solidaridad civil para monopolizar espacios de fe y de esperanza, que tanta falta hacen. Si el Estado se ciñe a su ámbito de competencia y honra a las víctimas con banderas a media asta, luto nacional, un monumento tal vez, inscripciones, medallas al mérito de las personas que ayudaron y asumiendo sus responsabilidades, seguro que será bien recibido por todos. Lo más valioso de los minutos de silencio es el reconocimiento de que, ante el dolor, cuando no se reza, lo mejor es callarse. Esa actitud humilde y presta al servicio sin protagonismos ni ocupación de espacios no produciría tensión.
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