‘Barry Lyndon’, por ejemplo

27 de enero 2026 - 03:07

Si uno recomienda una película con la que se transporta a la hermosura y el asombro, conviene que lo haga con desdén. Inflar la expectativa promete la insatisfacción de quien te escucha. Desde hace unos años, hablo de vez en cuando y con arrobo sobre Barry Lyndon, a gente querida. Ya me la pongo de fondo; me embargan la música y la grave voz narradora, mientras leo o intento resolver un sudoku. Pero cada vez que desvío los ojos hacia la pantalla, me estremezco y embrujo. No se vende lo que no tiene precio, así que mejor callar las devociones.

Hace medio siglo, fue un fracaso comercial. Décadas después, sigue siendo bellísima, conmovedora, incomparable. El metraje es largo, y pasa por lenta: un día nos venderán paciencia en grageas sin efectos secundarios, y se cotizarán como diamante. Entre los candidatos a protagonista que la productora designó, Kubrick prefirió a Ryan O’Neill, y no a Robert Redford. Cada uno a su manera, eran en 1975 estrellas en el candelero. A partir de entonces, el actor de Love Story cayó en un cruel declive, alcanzó su nivel de incompetencia. ¿Fagocitado por la mano del director? O por la pausa, el silencio, la sombra del brillo sin verdad; por la luz de velas que no acaban de fundirse, como la existencia de Barry. Por el éxito engañoso de la impostura. Por la orfandad de un chaval irlandés del XVIII.

Redmond Barry, luego Barry Lyndon, el improbable O’Neill para siempre, cae huérfano demasiado joven: de ahí, tanto. Así lo explica en los preámbulos el narrador, que no dejará, solemne, de guiarnos en la historia de un buscavidas en permanente confusión. Del estrépito de la ambición que se derrumba. Lo cuenta en tercera persona (la novela de un pícaro de la que se sirve el director fue escrita en primera persona). Imaginar a Redford con doblada voz protagonista en off es repelente, ante la construcción de una intocable obra maestra del cine. Honor a Robert, eso sí.

Todos seremos huérfanos tarde o temprano. Ignora uno si la muerte prematura de un padre puede ser tan devastadora como la de un hijo. La imposibilidad de escapar al destino, que al personaje privó del alma joven, nos encarará. Cuando, degradado, poderoso con pies de barro y padre golfo, Barry sufre la pérdida de su pequeño, la bestia regresa. Y despiadada y sorda lo acomete.

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