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Tierra de palabras

El baile

El baile, abrazada a las personas que he amado, ha sido para mí un contacto sumamente necesario.

Cuando eras adolescente, tenías la boca cargada de palabras de amor y de puñales; también estabas hecha de falsas realidades. Cuando jugabas a la botella con tu pandilla, era una oportunidad para comenzar a descubrir, en un inocente roce de apenas unos segundos, la carnosidad de otras bocas; teniendo que pasar por muchos besos desganados hasta llegar a la boca con la que soñabas y sonrojarte y en una contenida explosión cosquilleársete el cuerpo entero, perdiendo la noción del tiempo en el roce, cerrando los ojos para no ver tan cerca y tan claro lo perdida de amor que estabas… Pero si había algo que verdaderamente despertaba tus primeros instintos canales era el baile. Un nuevo cosquilleo recorriéndote el cuerpo al abrazarse a otro; apoyar tu cabeza en su hombro, olerlo, sentir en sus manos sus profundidades, fundirte al son de la música y dejarte llevar, es decir, acercarte más o menos según las ganas que el cuerpo abrazado despertara a la vez que hacías un esfuerzo por no rebasar los límites que tus padres, las monjas y la religión dictaban, aproximándote lo máximo a la línea e intentando no sobrepasarla.

El baile, abrazada a las personas que he amado, ha sido para mí un contacto sumamente necesario. Y cuando dejó de estilarse en público, lo seguí practicando en privado. Hace ya tiempo que la mejor pareja de baile que he tenido no está, pero con ella recuerdo bailes memorables, momentos en los que nada de alrededor existía y el abrazo y la música y el mensaje de la letra nos llevaba a lugares muy lejanos intentando huir de la mediocridad de la propia vida. Y conseguíamos escaparnos de ella, o al menos así entonces lo creíamos, sin importarnos que al separar los cuerpos fuese más sonada que la propia canción, la caída.

Ayer mi hija me pidió el altavoz para compartir una conmigo: El baile, de Pedro Pastor, con su grupo "Los locos descalzos" acompañado de Perotá Chingò. Mientras sonaba la observaba y veía cómo la letra la traspasaba a la vez que de emoción se le empañaban los ojos mientras arropaba a su retoño con sus brazos: una estampa cargada de ternura. La canción despertó en mí el deseo de volver a bailar abrazada.

Así que hoy te pediría que invites a bailar y pongas la canción de la que hablo; tiene justo lo que necesitas para sobrepasar la barrera y que no haya ni padres ni monjas ni religión que valgan.

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