Tribuna de opinión

F. Oliva

Gibraltar: De errores históricos y esperanzas de futuro

"Los ciudadanos tenemos derecho a aspirar a un futuro mejor, a aprovechar las potencialidades de cada uno de nosotros, aunando esfuerzos en busca de un proyecto compartido"

El Peñón de Gibraltar, con La Línea en primer término.

El Peñón de Gibraltar, con La Línea en primer término. / Erasmo Fenoy

España lleva intentando recuperar la soberanía de Gibraltar desde 1704 pero no ha conseguido avanzar su reclamación histórica de manera significativa durante estos tres siglos. Si algo nos enseña la vida es que cuanto más se intenta obligar a alguien a hacer algo que no quiere, más se cierra en banda aquel que rehúye de los propósitos del que busca imponer su voluntad.

El general Franco fue más lejos que nadie en intentar forzar a los gibraltareños a aceptar la soberanía española, cerrando la frontera en 1969 y bloqueando el territorio por tierra, mar y aire, incluso suspendiendo indefinidamente las comunicaciones telefónicas con España. También retiró la mano de obra española, miles de trabajadores que desempeñaban sus oficios en Gibraltar, paralizando toda la actividad económica en la colonia.

Con estas duras medidas de aislamiento, el Gobierno de Madrid pensó que los británicos sucumbirían a la presión y aceptarían negociar el traspaso de la soberanía a España. La realidad, como todo el mundo, sabe fue bien distinta. Los gibraltareños se echaron en brazos de los ingleses, que se aseguraron la lealtad de la población invirtiendo millones de libras (Overseas Development Aid) en ayudas para mantener la economía a flote, garantizando infraestructuras y pleno empleo en la base naval, y un nivel de vida muy superior al de los habitantes en la comarca adyacente de la provincia de Cádiz.

Durante los trece años que estuvo la frontera (o Verja como lo denomina la diplomacia española) cerrada, España, que hasta entonces había tenido una presencia e influencia notables en la vida social, cultural, laboral y económica de Gibraltar, desapareció por completo como elemento positivo en la sociedad, haciéndose más y más irrelevante con el paso del tiempo.

Gibraltar aprendió a vivir de espaldas a España y el dolor por las familias separadas, por los seres queridos que quedaron al otro lado, dio paso al resentimiento amargo, al rechazo visceral de una España que paso a encarnar el rol de vecino hostil que no desaprovechaba la más mínima oportunidad para hostigar, oprimir y coaccionar, con el fin de desalojar a los gibraltareños de su hogar en pos de la integridad territorial.

Al margen de doctrinas jurídicas e interpretaciones históricas, de las razones y los sentimientos que esgrimía cada parte, España se transformó en estereotipo negativo en el imaginario popular, en villano de pantomima tragicómica, dardo y objeto de reproches, fobias y antipatías. Recelos que florecen cada vez que un político español tiene la infeliz idea de pedir el cierre de la frontera o apretar las tuercas en este punto de tránsito, cuello de botella convertido en verdadero barómetro del grado de normalidad transfronteriza, o ausencia de ella, que se vive en cada momento.

La muralla que se levantó entre Gibraltar y La Línea de la Concepción, entre Gibraltar y España no fue solo un impedimento físico, creó un desgarro emocional y psicológico cuyas consecuencias se han arrastrado hasta nuestros días, heridas que no han acabado de cerrarse del todo aún.

En 2021 no deja de causar sorpresa el irredentismo de algunos políticos democráticos de ideología conservadora y liberal, que parecen o desconocer las enseñanzas que nos ofrece la historia o directamente optan por ignorarlas. ¿Por qué persistir en el error cuando lo único que esto consigue es alejar todavía más a los gibraltareños de España? Abogar por el cierre de la frontera como hace la portavoz de Vox Macarena Olona, mujer formidable en otros muchos frentes políticos pero que en este tema muestra tener poca visión de futuro, condena a gibraltareños y españoles a seguir enzarzados en antagonismos anacrónicos que no benefician a nadie, pero que nos perjudican a todos.

También sorprende la negatividad con la que sectores de la prensa nacional enjuician las negociaciones, entre el Reino Unido y la Unión Europea, para un tratado internacional sobre Gibraltar fundamentado sobre el Acuerdo de Nochevieja de 2020 previamente alcanzado y su utilización constante de un lenguaje dramático y desproporcionado (cesiones, entreguismo, rendición encubierta de España ante Reino Unido) que no se ajusta a la realidad.

Es obvio que el proceso diplomático en cuestión salvaguarda las posiciones tradicionales de principio de ambas partes, además de perseguir un ambicioso plan de cooperación, basado en la libertad de movimiento entre Gibraltar y la comarca para crear “un arco de prosperidad compartida”.

Según un estudio elaborado por la Cámara de Comercio de Gibraltar, hoy por hoy la Roca genera el 24% del PIB del Campo de Gibraltar y emplea a 15.000 trabajadores de la zona – 9-10.000 de ellos españoles – lo cual hace del Peñón la segunda fuente de contratación laboral de Andalucía detrás de la Junta regional. Si conseguimos revertir la nefasta dinámica que nos ha condenado a un estado permanente de desavenencia y vamos hacia un nuevo clima de colaboración, de simbiosis económica, el crecimiento de mercados y la creación de empleo se multiplicarían exponencialmente.

La Línea de la Concepción, la gran olvidada del estado español en esta historia, cuyas generaciones más jóvenes están azotadas por el paro y la lacra del narcotráfico, podría dar un salto cualitativo en su situación socioeconómica, proporcionando a sus ciudadanos oportunidades reales, tanto educativas, el verdadero ascensor social de nuestro tiempo, como de formación profesional y de empleo. Un tratado que puede alterar radicalmente lo que han sido cinco décadas estériles.

Gibraltar tiene puerto y aeropuerto, Algeciras puerto y ferrocarril, excelentes infraestructuras que podríamos poner a disposición de esta empresa común, una combinación de recursos humanos y materiales para sacar máximo partido de la dinámica cultura emprendedora de amplia raigambre en la zona. Ya hemos visto un adelanto de todo lo que se podría conseguir conjuntamente con el proyecto Wisekey y el centro tecnológico de satélites y ciberseguridad, que recientemente llevó al primer ministro Fabian Picardo y al alcalde Juan Franco a copar los paneles del Nasdaq en el icónico Times Square de New York. Una imagen impactante que ojalá anticipe un porvenir prometedor.

Los ciudadanos tenemos derecho a aspirar a un futuro mejor, a aprovechar las potencialidades de cada uno de nosotros, aunando esfuerzos en busca de un proyecto compartido que propicie un relanzamiento económico contundente que nos beneficie a todos.

El tratado sería el complemento perfecto al plan de inversiones que tiene previsto el Gobierno de España para la recuperación económica post-Covid, que tal como ha manifestado el presidente de la Mancomunidad de Municipios del Campo de Gibraltar, debe de coordinarse para dar consideración especial a las necesidades de la comarca.

Finalmente sería conveniente hacer hincapié en que este tratado internacional no tiene consecuencias en materia de soberanía, ni es extrapolable en ninguno de sus apartados y disposiciones a las relaciones entre el estado español y sus comunidades autónomas.

Francisco Oliva es escritor gibraltareño, británico de nacionalidad y de madre española

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