Contaba 19 años cuando perdí el miedo a equivocarme. Fue una gallega noche de agosto de esas que te recuerdan que en el noroeste peninsular no se llevan los cambios de armario. Recuerdo dos gin tonics plantados en la mesa como dos figuritas venerables que manejábamos a nuestro antojo, una cajetilla de Chester que vaciaba con el pudor que te invade cuando se fuma por primera vez delante de una madre y la expectación de quien sabe que basta una conversación para catapultarte hacia la edad adulta.

Son las palabras poderosas aliadas de la fisiología. Algunas letras y sílabas insuflan aire renovado a la motricidad corporal y dejas de moverte igual que lo hacías antes de escucharlas. Frases y silogismos bien escogidos se balancean por los nervios de la actividad cerebral para convertir en translúcidos esos rincones hasta entonces herméticos y cambiar, a golpe de léxico, la manera en la que uno se enfrenta al mundo.

Esa noche agosteña fueron las palabras de mi madre las que desahuciaron mi temor al desacierto porque, tras escenificar la liturgia que inexorablemente abraza quien está a punto de sincerarse, esa noche ella me confesó que mis padres también se equivocaron. A menudo los padres se presentan ante los hijos como seres incorruptibles, inconscientes de que quizá su mayor equivocación sea fingir ante ellos que jamás fallaron.

El fingimiento conlleva la ocultación de algo que consideramos que nos debilita frente a los demás, y la cultura del error, tabuizado desde la cuna, está llena de simulación porque se piensa que de él borbotean fragilidad y vergüenza. Y hasta ahora, corríjanme si es necesario, no he conocido a ningún padre que quiera transmitir debilidad a un hijo.

Hace unos días leía un artículo de Irene Vallejo en el que recordaba el significado en latín de la palabra error: desvío, merodeo. Es, por tanto, imperativo reivindicar que, si la vida es un camino, el error es tan solo un descanso, una tregua, una pequeña parada en una de las bifurcaciones que debemos tomar para saber cómo no queremos ser y qué no queremos hacer. Sale uno del error con las piernas desentumecidas, la mirada clarividente y el porte más humilde. Sale uno del error más guapo y vigoroso, y menos sabio que mañana. Y quien se vanagloria de nunca haber entrado en él, además de ignorante, es un tipo feo de cojones. Esa noche agosteña se convirtió el error en uno de mis grandes aliados porque mi madre se encargó de agarrar la mano de mi padre para juntos realizar el modesto y duro ejercicio de renunciar a la divinidad para erigirse ante mí en seres terrenales. Esa noche agosteña descubrí que la verdadera valentía consiste en doblegarse ante la certeza de que equivocarse es necesario.

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