Magda Bellotti: “La cultura no es un lujo, sino un acto de resistencia y amor”
Su última entrevista
'Europa Sur' publica la última entrevista concedida por la galerista y gestora cultural, realizada en su casa de Algeciras pocos días antes de su fallecimiento. Una conversación serena, luminosa y profundamente humana que resume toda una vida dedicada a sembrar conocimiento y belleza
Muere Magda Bellotti, galerista y mecenas comprometida con el arte contemporáneo
En el salón luminoso de su vivienda, a pocos pasos de la playa de Getares, en Algeciras, el té humeaba sobre la mesa como tantas otras tardes. “Aquí estamos de tea time, como normalmente se está en esta casa”, bromeaba con esa elegancia innata que jamás perdió. Su cuerpo estaba ya muy debilitado por el cáncer que este jueves 12 de febrero acabó con su vida. Pero su cabeza seguía siendo la de siempre: ágil, lúcida, libre. Serena. Sin miedo. Sabía que se iba. Y hablaba de ello –como de todo– con una naturalidad desarmante.
Así era Magda Bellotti (Algeciras, 1957-2026), galerista, promotora cultural, fundadora y primera presidenta de la Asociación de Galerías Andaluzas de Arte Contemporáneo, presencia habitual en ARCO y mecenas incansable de varias generaciones de creadores. Una mujer que entendió el arte no como un negocio, sino como una forma de compromiso.
Europa Sur ofrece hoy su última entrevista.
El germen europeo de una vocación
La historia de Magda Bellotti con el arte empezó mucho antes de que supiera que acabaría dedicándole la vida. “Mis padres, todos los meses de septiembre, nos llevaban en coche a Europa”, recordaba. Italia, Holanda, Inglaterra. Museos, ciudades, descubrimientos. “Eso ya fue un germen que fue creciendo en mí”.
En casa convivían dos mundos. Su madre, gibraltareña, aportaba la música, el gusto por las artes, el ritual del té. Su padre, nacido en San Roque, era “un gran lector y una persona muy culta”. Aquella mezcla, sin embargo, nunca le pareció exótica. “Yo no lo vivía como algo especial, porque para mí era natural”. El bilingüismo, los usos británicos, la curiosidad intelectual formaban parte de su día a día.
“Lo importante no es llegar, es caminar acompañada”
Cuando decidió estudiar Historia del Arte lo hizo con una convicción poco frecuente en alguien tan joven. “Lo tuve muy claro desde el principio. No quería ser profesora. Lo encontraba muy aburrido. Quería algo más dinámico”. Era la España que despertaba tras la muerte de Franco, la democracia recién estrenada, la sensación de que todo estaba por hacer. “Había que ayudar a levantar el país. Mirar hacia el exterior. La gente no viajaba. Todo estaba muy metido en lo español”.
Ese contexto fue determinante. El arte contemporáneo —todavía desconocido para muchos— se convirtió en su territorio natural. La conexión definitiva llegó a través de su hermano, el artista Evaristo Bellotti, que empezaba a trabajar con galerías en Madrid. “Ahí me di cuenta de que eso era lo que yo quería hacer: el mundo de la galería y de los artistas”.
Calle Ancha, número 3: la audacia de los 23 años
Tenía 23 años cuando abrió la Galería Magda Bellotti en un local de su padre, en la calle Ancha número 3 de Algeciras. Corría 1982: “Termino la carrera y digo: ¿qué hago? Pues abrí la galería”.
Nunca he entendido la cultura como escaparate, sino como encuentro
Sus primeras exposiciones fueron con artistas vinculados a la zona. No por falta de ambición, sino por coherencia. “Había que darle salida. Que la gente no pensara que esto era una galería exclusiva”. Desde el principio combinó creadores del Campo de Gibraltar con otros que conocía en viajes y ferias. “De una de cal y otra de arena”, resumía.
Exponer en Algeciras tenía algo de aventura. “Era muy exótico”, decía entre risas. El Estrecho, la frontera, la periferia convertida en centro. Pero detrás había una logística agotadora. “Fue una locura. Todo era muy complicado. Transportar las obras… no había infraestructura. No teníamos internet, no teníamos nada de las cosas que hoy tenemos”.
Cada vez que yo iba a una feria, ponía todo: mi tiempo, mi dinero. Ponía a un lado mi vida familiar por los artistas
Aun así, se lanzó a las ferias. Apostó por llevar a artistas de la comarca a espacios nacionales e internacionales, aunque muchas veces no vendiera nada. “Los llevaba a las ferias… y arruinándome bastante”, confesaba sin dramatismo. “La mayoría de las veces no vendía nada. Pero los promocionaba. Y eso les ayudaba para ir, en un futuro, vendiendo obra”.
Su relato no tenía rastro de victimismo, pero sí de honestidad brutal: “Cada vez que yo iba a una feria, ponía todo: mi tiempo, mi dinero. Ponía a un lado mi vida familiar por los artistas. Siempre iba sola a todos los sitios. El esfuerzo que yo hacía era increíble”.
Ahora, en sus últimos días, el teléfono no dejaba de sonar. “Me están llamando muchísimos artistas para darme las gracias por mi tiempo, mi esfuerzo, mi dedicación, mi honestidad. Es precioso”. Sonreía al decirlo, sorprendida de que alguien pusiera palabras a lo que para ella había sido simplemente coherencia: “Es que no lo hubiera podido hacer de otra manera”.
Fray Tomás del Valle: el salto cualitativo
Tras la etapa de la calle Ancha, trasladó la galería a Fray Tomás del Valle, frente a la Escuela de Arte de Algeciras. “La hice como las de Nueva York. Con suelos de parquet”, recordaba con orgullo. Durante diez años convirtió aquel espacio en un foco de primerísimo nivel.
“He tenido la suerte de trabajar con gente generosa y valiente”
Por allí pasaron artistas como Luis Gordillo, Dario Villalba o Nacho Criado, además de nombres fundamentales vinculados a la zona como Guillermo Perez Villalta, Chema Cobo o Antonio Rojas. “Aquí se vieron exposiciones impresionantes”, afirmaba con la serenidad de quien sabe que no exagera. Y añadía: “He tenido la suerte de trabajar con gente generosa y valiente”.
Además, editó 50 números del Periódico Galería Magda Bellotti, una publicación que servía a la vez como invitación, nota de prensa y memoria viva de cada exposición. Otra muestra de su intuición: comunicar era también cuidar.
La locura necesaria de Madrid
El siguiente paso fue tan valiente como inevitable. “Metí a todo el mundo en el coche y me lo llevé a Madrid. Mi padre, el perro, el gato, los niños… todo el mundo”. La galería abrió en la calle Fúcar, 22. Era un salto personal y económico descomunal. “Me daba vértigo. Era un paso tremendo a todos los efectos. Pero creo que salió bien”.
Madrid amplió su radio de acción sin romper el cordón umbilical con Algeciras. Nunca lo hizo. Desde la capital siguió defendiendo a los suyos y consolidando una programación exigente y coherente, siempre con la misma premisa: hacer lo que creía justo. “En el sentido que hice lo que quería hacer”, resumía.
El milagro de AlCultura
El milagro de AlCultura nació desde aquella conversación frente al Teatro de la Zarzuela, junto a Juan José Téllez, hasta la asamblea multitudinaria del 28 de diciembre de 2009 en la Cámara de Comercio; desde los estatutos redactados con rigor hasta la cesión casi providencial de los antiguos boxes del Puerto de Algeciras; desde las inauguraciones épicas en Madrid hasta las noches infinitas de montaje, Magda Bellotti ha hecho siempre lo mismo: abrir puertas donde antes solo había muros. “Yo no he hecho nada extraordinario; simplemente he creído que era posible”, afirmaba.
AlCultura nació de una necesidad, no de una ocurrencia
AlCultura no nació de una ocurrencia, sino de una necesidad íntima: la de sembrar cultura en un territorio que ella sentía árido. Y lo hizo como ha hecho todo en su vida: implicando a su familia —su marido Paco Soto, y sus hijos Miguel y María—, convocando a la gente adecuada, trabajando en silencio antes del gran día y, sobre todo, creyendo que era posible. “Cuando la cultura echa raíces, ya no hay quien la arranque”, afirmaba. Ocho años como presidenta, una sede convertida en hogar común, conciertos, exposiciones, clubes de lectura, debates, encuentros… Una casa donde el arte dejó de ser algo lejano para convertirse en experiencia compartida. “La cultura no es un lujo: es un acto de resistencia y de amor”, resumía al pensar en aquellos tiempos.
Magda Bellotti nunca ha entendido la cultura como escaparate, sino como proceso. Disfrutaba más del montaje que de la foto final, más del trabajo invisible que del aplauso. Por eso su trayectoria no se mide solo en exposiciones, esculturas monumentales o asociaciones fundadas, sino en algo más difícil de cuantificar: la confianza que ha generado, los artistas a los que sostuvo, la comunidad que ayudó a tejer.
Quizá por eso, cuando hace apenas unos días decía que AlCultura era “un sitio maravilloso donde pasan milagros”, no hablaba de magia. Hablaba de trabajo, de fe en los otros, de belleza compartida. Hablaba de una vida entera dedicada a encender luces.
Volví a Algeciras sin nostalgia. Volví porque este era mi lugar
En 2018 regresó definitivamente a Algeciras. Y volvió sin nostalgia ni cuentas pendientes, sino con la serenidad de quien ha hecho el camino. “Lo importante no es llegar, sino caminar acompañada”, admitía. Y con una brisa marina en los ojos hablaba de su huerto, de su tiempo, de su ciudad, con la misma pasión tranquila con la que defendía un proyecto imposible.
El legado de una mujer libre
Hasta el final mantuvo intacta su esencia: elegante, estilosa, lúcida, dueña de una libertad que no dependía de nada externo. En el salón de Getares, mientras el mar quedaba a unos metros y el tiempo parecía suspenderse, conversaba sobre su vida para este periódico sin nostalgia y sin miedo. “Volví a Algeciras sin nostalgia. Volví porque este era mi lugar”. Y aquí reposa ya para siempre.
Magda Bellotti no buscó protagonismo. Lo suyo fue abrir puertas, tender puentes, sostener carreras cuando aún no eran carreras. Apostar cuando nadie apostaba. Invertir sin garantías. Creer. Una vida en la que el arte fue siempre más importante que el beneficio, y el compromiso más fuerte que el cansancio.
Algeciras ha perdido este 12 de febrero a una de sus figuras culturales más decisivas. El arte contemporáneo español, a una galerista que entendió que el talento necesita algo más que talento: necesita a alguien que confíe en él cuando todavía no es evidente. Ella lo hizo. Y lo hizo, como todo en su vida, sin pedir nada a cambio.
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