Real Balompéduca - CD Marino | La crónica La Balona se desentierra (1-0)

  • Los albinegros logran un triunfo imprescindible ante el colista Marino

  • Los locales, atenazados, juegan una mala primera mitad

  • Pito Camacho marca de penalti en el 47' el primer gol en casa en diez meses

  • Los linenses indultan después a los tinerfeños, que se desfondan

  • El partidazo de Candela y la entrada de Koroma, lo mejor del choque

Instante en que Pito Camacho bate a Ángel Galván desde el punto de penalti Instante en que Pito Camacho bate a Ángel Galván desde el punto de penalti

Instante en que Pito Camacho bate a Ángel Galván desde el punto de penalti / Andrés Carrasco

Más de diez meses después la Balona volvió a marcar y a ganar en casa. Y con eso le basta para que un equipo al que algún que otro agorero se había apresurado a medio enterrar esté, con el mismo número de partidos, a un punto del tercer clasificado, con el que además se va a ver las caras de inmediato. No es que los de Calderón hicieran un partido deslumbrante -más bien todo lo contrario en la primera mitad- pero le fue suficiente ante un inocentón CD Marino, que se fue de La Línea sin lanzar a puerta. Los debutantes Víctor Mena y Nacho Huertas -que mejoró tras el descanso- estuvieron discretos, pero por el contrario Paco Candela puso de manifiesto que es el mejor fichaje de invierno que va a hacer de largo este equipo.

Ya lo advertía El Sabio. Siempre que llueve, escampa. Siempre. Y la Balona tenía que reencontrarse con el triunfo como local fuese como fuese, porque no le valía otra cosa. Así que aprovechó la visita del colista Marino para lograr esa victoria. El partido volvió a sacar a la luz, entre otras cosas, la alarmante falta de gol del equipo de La Línea, pero ésa es una cuestión para otro análisis. Para otro día.

Después de empatar en el campo del líder y de sumar el primer triunfo en el Municipal [lamentablemente por culpa del madito coronavirus no se puede utilizar el tópico de ante su parroquia] es de justicia que un grupo que apenas ha escuchado otra cosa que reproches desde que comenzó la competición tenga un respiro y pueda mirar al futuro igual que no con optimismo desmesurado, pero al menos con tranquilidad.

El primer tiempo de la Balompédica fue propio de un vestuario al que los resultados han ido acarreando dudas, que ha perdido mucha de su autoestima. Un bloque que se siente inseguro, atenazado. Se podía escribir que asustado sin temor a caer en la hipérbole. Mucha precipitación, muchísimas entregas malogradas. Tanta concesión dio pie a que el Marino, que jugó con desparpajo, tuviese más el balón. Pero el bloque tinerfeño era incapaz de encontrar la vía de agua de los albinegros, aplicados sobre todo en no hacer concesiones. Lo que hace cualquiera cuando está cortito, cuando se siente frágil.

En medio de la mediocridad local Chironi estuvo oscuro. Él que debía llevar la manija, no se encontraba a sí mismo. Tampoco tenía su mejor tarde Bryan Barrios. En el apartado contrario Paco Candela. A los diez minutos de partido ya quedó de manifiesto –si es que hacía falta– cuánto le ha echado en falta la Balona. Cuánto equilibrio aporta a este grupo. Y no solo en el césped.

Lo más parecido a una oportunidad antes del intermedio fue una llegada de Nacho Huertas al filo del descanso. Pero eso, parecido, porque tampoco merece la categoría de ocasión.

Calderón tomó en el intermedio una decisión que acabó por ser determinante. Dejó a Chironi, que lo estaba pidiendo a voces, en la caseta y dio entrada a Koroma. El internacional sierraleonés cambió el semblante del juego. Le dio alegría, viveza. De hecho apenas llevaba un minuto en el campo cuando una jugada iniciada por él mismo acabó con una mano de Pedro Alemán cuando intentaba sortearle. Uno de esos penaltis del siglo XXI que tanto irritan cuando los tocan en contra, pero que ahora lo son siempre.

Pito Camacho tomó el esférico y lo alojó en el marco. Diez meses, diez, habían pasado desde que Dopi celebró el último tanto balono en el ahora desierto coliseo albinegro.

El propio gol [y en consecuencia verse por detrás en el marcador], la presencia de Koroma moviéndose entre líneas y una cerrazón a veces compresible en enredarse en protestas al árbitro acabaron por desarmar al conjunto canario, al que le pasaban ya factura las dimensiones del terreno de juego y su hierba natural. Que dicho sea de paso está de auténtica categoría.

A medida que el Marino se difuminaba y siempre con la precaución propia de quien ni puede ni se atreve a perder lo que tiene, la Balona fue llegando, porque se quitó los grilletes. La centenaria escuadra albinegra pudo y debió cerrar antes la contienda, pero en partidos como éste hasta la angustia está justificada. Es uno de esos días que hay que ganar o ganar. Da igual las formas. Da igual casi todo lo que no sea el resultado.

La tuvo Koroma en el 48’, más clara aún Pito Camacho en el 75’ –en ésta medió un paradón de Ángel Galván-, Antoñito en el 79’ y Koroma en el 90’ –otra vez con lucimiento del meta visitante-. Pero no entraron. Porque el gol no es precisamente el fuerte de los que comanda Calderón.

El pitido final supuso un balón de oxígeno para la Balona. Solo había que ver cómo lo celebraban los que estaban sobre el césped. Ésta es una de esas victorias conseguidas en la bifurcación de los caminos que separan poder aspirar a todo de desempolvar otro año el rosario y la calculadora. Lo dicho, siempre que llueve escampa. Y si Juan Kundomal está echando una manita desde arriba... era justo ahora cuando tenía que escampar.

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