• La Escuela Algeciras Patina pone en marcha con el apoyo de la ONCE unas pioneras clases de patinaje para niños con discapacidad visual y auditiva

  • La actividad supone una ayuda para la psicomotricidad y para relacionarse con otros menores

Patinaje adaptado para personas con discapacidad en Algeciras Adrián y Antonio ya pueden patinar

Adrián Torrejón y Antonio Jiménez junto a Richard Ardanza y otros monitores. Adrián Torrejón y Antonio Jiménez junto a Richard Ardanza y otros monitores.

Adrián Torrejón y Antonio Jiménez junto a Richard Ardanza y otros monitores.

Erasmo Fenoy

Escrito por

· Raquel Montenegro

Jefa de Local

Adrián toca su patín, “¿esto es el freno?”. Lo recorre palmo a palmo, pregunta, está familiarizándose todavía con un equipamiento que acaba de conocer. Se coloca despacio las botas, las protecciones, mientras el monitor le ayuda a apretarlas con cuidado. Llega el momento más difícil, levantarse. Lo consigue con ayuda y se balancea, inseguro pero sonriente, antes de poder quedar completamente en pie. A su espalda, Richard lo sujeta por las axilas y le va dando indicaciones: “Los brazos rectos. Primero movemos la pierna derecha, ahora la izquierda”. En un lateral, su madre y su abuela miran atentamente, móvil en mano para dejar constancia del momento. Son los primeros pasos de Adrián en el patinaje, pero también marcan un hito: el pequeño es ciego y está estrenando las clases para personas con discapacidad visual de la escuela Algeciras Patina, uno de los escasos sitios de España en los que practicar patinaje adaptado.

Adrián Torrejón Lobato y Antonio Jiménez Gómez, vecinos de Algeciras de 10 y 16 años, son los primeros alumnos de un proyecto creado expresamente para ellos ante la falta de alternativas deportivas y de ocio para las personas con discapacidad visual en la ciudad. Una familiar contactó con Richard Ardanaz, el fundador de Algeciras Patina, para preguntarle si daría clases a un niño ciego. Y este no se lo pensó, buscó ayuda en la ONCE y en dos meses ha logrado tener a sus monitores formados para ello. “El sentido de esta escuela es que sea para todos”, destaca.

Para los dos niños ha sido un descubrimiento. No se lo piensan al preguntarles si les gusta o no esta nueva actividad: “Me encanta”, responden de inmediato. Antonio explica que “no había patinado antes” y tampoco conoce a nadie que lo haga, para él es “todo nuevo”. Adrián practica además atletismo y el año pasado también tenía clases de judo, “pero con el Covid se paró todo”. Es un niño vivaz, disfruta hablando con la periodista que ha ido a hacer un reportaje para Europa Sur, “sé lo que es, lo conozco”. Muy activo, “necesita moverse y tener actividad deportiva, como todos los niños, y por eso estas clases son una bendición”, explica su madre, Cristina Lobato, mientras observa como su hijo se mueve por la pista improvisada en el Parque Feria de Algeciras, el recinto que se transmuta por las tardes en polideportivo callejero ante la falta de otro lugar donde entrenar.

Clases de patinaje adaptado de Algeciras Patina Clases de patinaje adaptado de Algeciras Patina Vídeo

Clases de patinaje adaptado de Algeciras Patina / Erasmo Fenoy

Los menores con discapacidad visual y auditiva se enfrentan a una importante dificultad a la hora de desarrollar actividades más allá del colegio. Adrián y Antonio cuentan con apoyo en la formación reglada, con materiales adaptados y mediadora, y están integrados en sus clases, pero al salir del centro educativo llega un vacío muy difícil de rellenar. “Mi hijo llega a casa del instituto y de ahí ya no sale”, explica su madre, Vanesa Gómez. Antonio es sordociego, con solo un 20% de visión y un poco de audición en un oído. Un adolescente que no puede salir solo con sus amigos, como hacen el resto de los chicos de su edad. Tampoco puede hacerlo Adrián: “Los compañeros salen con la bici o el patinete, pero él solo podría ir si yo le acompaño, algo que no es posible”, corrobora su madre.

Esta actividad deportiva constituye para ellos una posibilidad de relacionarse con otros niños, una ventana abierta al mundo sobre patines. Algo que sumar a las tardes en la ONCE, donde reciben clases de informática, refuerzo y el rehabilitador les enseña a manejar el bastón o cómo moverse.

El beneficio no es solo el establecimiento de relaciones con otras personas, también está una importante parte física, trabajando la psicomotricidad y con la mejora del tono muscular. “Para estos niños es especialmente importante desarrollar actividad física”, explica la coordinadora deportiva de la ONCE en la Bahía de Cádiz y el Campo de Gibraltar, Jéssica Romero. “La motricidad es muy importante, que no pierdan tono muscular. También les ayuda a nivel espacial, para aprender a moverse solos”, destaca. La mejora de la flexibilidad y el tono muscular cumple asimismo otra función: les ayuda a evitar caídas y, si estas llegan, que el daño sea el menor posible: “No reacciona igual un cuerpo que está acostumbrado a moverse que uno que no lo hace”. Por ello, incide en la necesidad del ejercicio frente a una tendencia a “dar mucha importancia a las actividades intelectuales pero menos a las físicas”.

No obstante, reconoce que no es fácil encontrar deporte adaptado o lugares en los que los niños con discapacidad visual y auditiva puedan practicarlo. Y la pandemia, que ha arrasado con todo tipo de actividades, ha dificultado aún más las cosas, más teniendo en cuenta que “los ciegos totales tienen que ir tocando, agarrando, con guías, y no siempre es fácil encontrarlos”. De ello da fe Adrián, que puede practicar cada semana atletismo porque su tía o algún otro familiar corre con él. Hay actividades que han quedado completamente suspendidas y cuando se organizan en otras ciudades es complejo transportar a los niños.

Richard Ardanaz y Adrián Torrejón en las clases de patinaje adaptado de Algeciras Patina Richard Ardanaz y Adrián Torrejón en las clases de patinaje adaptado de Algeciras Patina

Richard Ardanaz y Adrián Torrejón en las clases de patinaje adaptado de Algeciras Patina / Erasmo Fenoy

Tras las nuevas clases de Algeciras Patina hay un trabajo de equipo. Primero de la Escuela, que decidió poner en marcha unas pioneras clases regulares de patinaje adaptado para Adrián y Antonio. Para ello recurrió a la ONCE, desde donde se hizo un trabajo de recopilación de información de otras zonas donde se había trabajado con este deporte o similares, además de trabajar junto a la Escuela los movimientos que habría que adaptar. Este trabajo culminó con un curso para los monitores en el que abordaron aspectos generales sobre la ceguera, psicológicos, de comportamiento, y pudieron conocer cómo enseñar a sus nuevos alumnos. Un curso que acabó con una práctica a ciegas para que pudieran aproximarse a lo que sentirían los futuros patinadores.

“Las clases son distintas para ellos. Hay que describirles todo con detalle, desde cero, verbalizar absolutamente todo. Para guiarlos nos colocamos por detrás, cogiéndolos por las axilas y las indicaciones sobre hacia donde dirigirse las damos igual que los técnicos que les enseñan a manejar el bastón”, explica Richard Ardanaz. En el caso de Antonio, también cambia el lenguaje oral, más lento y con una vocalización más marcada para que pueda leer los labios.

Antonio se atreve ya a patinar solo ante la atenta mirada de su madre y sus hermanas. Vanesa y Cristina aprovechan para lanzar una demanda que para ellas es eterna: más atención a los menores con discapacidad, que la sociedad, y sobre todo las administraciones, los tengan en cuenta: “Llevamos toda la vida luchando para lograr más horas de mediación educativa, más apoyo, más actividades extraescolares”. Con dificultades, por ejemplo, para que sus hijos sean admitidos en una escuela municipal por no contar con monitores de apoyo. Una lucha constante que abarca otros aspectos cotidianos, hasta algo tan básico como hacer un regalo: “A nuestros hijos ha sido siempre muy difícil regalarles algo, no había juguetes adaptados para ellos”. Por eso, estas clases de patinaje se han convertido en un oasis para los niños y para sus madres: “La cara de felicidad de mi hijo el primer día no está pagada”, concluye sonriente Cristina. El próximo regalo está algo más claro: unos patines.

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