Algeciras se reencuentra con Juan Zahara, el maestro que vuelve a emocionar a toda una generación
La exposición 'El arte que perdura' revive el legado del catedrático que enseñó a dibujar a cientos de alumnos y cuyo tríptico a Paco de Lucía marcó la memoria colectiva de la ciudad
Algeciras y la noche en que la cultura se quedó con hambre
La zona baja de Algeciras ha recuperado este sábado el olor a acrílico y aguarrás. Ha regresado, por unas horas, a aquellas tardes interminables frente al caballete, al sonido de un radiocasete con Enya de fondo y a la voz alegre de un profesor que hablaba de perspectiva y de puntos de fuga como quien revela un secreto.
La sede de la asociación cultural Alarte, dirigida por Cristina Harillo, ha inaugurado al mediodía la exposición El arte que perdura, un homenaje a Juan Jiménez Sánchez, conocido artísticamente como Juan Zahara, doctor en Bellas Artes, catedrático de Dibujo y referencia para varias generaciones de niños que aprendieron con él mucho más que a pintar.
La sala se llenó de afectos. Allí estaban Dolores Galán —Loli para todos—, compañera de vida del pintor; los dos hijos de Juan y tres de sus cuatro nietos; amigos de siempre y antiguos alumnos que no quisieron faltar a la cita. También asistió la concejala de Cultura, Pilar Pintor, en representación del Ayuntamiento de Algeciras, institución con la que Jiménez colaboró durante años en distintas iniciativas culturales. No en vano, varias de sus obras forman parte de la colección del Museo Municipal. Entre ellas destaca el tríptico Dioses de mi olimpo, realizado en 2009 como homenaje a Paco de Lucía y que en 2014 presidió la capilla ardiente del guitarrista en el salón de plenos de la Casa Consistorial, una imagen que muchos aún conservan grabada en la memoria colectiva.
A todos los presentes se les apareció en el recuerdo el rostro de Juan: sus gafas grandes, el bigote oscuro, la risa sonora. Era hiperactivo, nervioso, cercano, amable, de humor fino y, coinciden quienes lo trataron, profundamente buena persona. Quienes fueron sus alumnos —en su academia y también en el IES Isla Verde, donde fue jefe del departamento de Dibujo— evocan una frase que repetía con convicción: pintar era dar a conocer el mundo interior que cada uno lleva dentro.
“Esta exposición no es una más. Es un homenaje a quien fue mi profesor y una figura fundamental en mi formación artística”, explicó Harillo, visiblemente emocionada. “Tener su obra en mi estudio es un honor y una forma sincera de agradecer todo lo aprendido”. Pero ha insistido en que el foco no debe ponerse en ella. “El protagonista es él y su legado. Fue la persona que primero apostó por mí y me ayudó en lo profesional y en lo personal. Y como yo, muchísimos alumnos que, aunque no se dediquen al arte, aprendieron valores fundamentales”.
El maestro que enseñaba a pensar
Nacido en 1945 en Zahara de la Sierra, Juan Jiménez adoptó como segundo apellido artístico el nombre de su pueblo natal, firmando siempre como J. Zahara. Siendo muy pequeño llegó a Algeciras, ciudad a la que quedó ligado para siempre. Allí desarrolló una doble vocación: la pintura y la enseñanza.
Doctor por la Facultad de Bellas Artes de Sevilla, inició su trayectoria artística en 1975 al obtener el premio Pintor Cruz Herrera en el XVII Certamen de Pintura de San Roque, donde conoció a su amigo Pepe Barroso. Desde entonces, su obra recorrió el Salón de Otoño de Sevilla, la Bienal de Marbella o exposiciones colectivas en el Campo de Gibraltar, e incluso cruzó el Atlántico en una muestra del The Hispanic Institute en Nueva York. Sus cuadros cuelgan hoy en ayuntamientos como los de Ubrique, Los Barrios o Zahara de la Sierra, en la Mancomunidad del Campo de Gibraltar y en el Museo de Algeciras, además de en templos como la iglesia de Santa María Micaela o la capilla de las Madres Adoratrices.
La exposición de Alarte reúne dieciséis obras, la mayoría óleos de gran formato que revelan la mirada poética del artista: el efecto de la luz sobre una humilde cañaílla; su serie ortogonalidades, donde prescinde de la perspectiva tradicional para describir el suelo y lo que sobre él reposa —una muñeca abandonada, una cajetilla de tabaco—; o la pequeña ceremonia íntima de un anciano liando un cigarro.
Sin embargo, quienes abarrotaron este sábado Alarte no hablaban tanto del artista como del profesor que, una tarde cualquiera, colocaba un folio en blanco ante un niño de seis años y le pedía que dibujara lo que quisiera. Así empezaba todo.
Con una casa imposible, una nube azul y una puerta desproporcionada. Después llegaban la regla, la escuadra y el cartabón. Y la revelación: el punto de fuga, la perspectiva oblicua, los árboles pequeños al fondo. “Lo azul suele ser el cielo y las nubes blancas”, advertía. “Pero puedes hacer lo que te dé la gana. Los adultos son muy cuadriculados con los colores”. Aquel margen de libertad marcó a muchos.
Un hervidero cultural en La Caridad
Después de independizarse de su colega Lina Alpresa, el taller de Juan Zahara estuvo en la calle Teniente Miranda, frente al antiguo Hospital de la Caridad y encima del asador Don Pollo. En los años noventa, aquel rincón fue un auténtico hervidero cultural alrededor de la Fundación José Luis Cano, instalada en el viejo hospital.
Las calles Tarifa, Huertas, Emilio Castelar y Juan Morrison bullían cada tarde con niños cargando carpetas de dibujo y cartulinas aún húmedas. Había pastelerías para la merienda, la marquetería El Hogar Moderno, la tienda Artilec donde comprar pinceles y blocs. El arte tiraba del comercio. La cultura generaba empleo. El talento tenía un lugar al que acudir.
Hoy, la mayoría de aquellos negocios han desaparecido. Quedan los recuerdos. Y ahora, esta exposición temporal.
El legado que se toca
En Alarte no solo cuelgan cuadros. Cristina Harillo conserva objetos del antiguo taller: los tableros de los caballetes con anotaciones grabadas en la madera por antiguos alumnos, un círculo cromático desgastado por tantas manos infantiles, varios cabezones de escaloya. Son piezas que no están enmarcadas tras cristal. Se tocan. Se reconocen.
“Él sigue aquí, muy cuidado”, dijo Loli con serenidad. “Ha sido una persona dedicada primero a su arte, con unas manos increíbles y una imaginación impresionante. Pero además, la enseñanza, el contacto con los niños… eso lo vivía. Llegaba a casa y seguía hablando de sus alumnos. Y como padre y marido, maravilloso. Siempre feliz”.
Muchos de aquellos niños hoy viven de la pintura. Otros —médicos, abogados, periodistas— no han vuelto a dibujar. Pero todos recuerdan la sensación de paz frente al caballete, el carbón manchando los dedos, el Discóbolo en sanguina, las escaleras imposibles al estilo de Escher, los huevos surrealistas flotando sobre una caja de madera que tanto divertían al maestro. La vida, los estudios, las responsabilidades llevaron a cada cual por su camino. Pero la semilla quedó.
Juan Zahara sigue vivo, aunque su mente ya no recorra las calles donde enseñó a pensar. Sus alumnos sí lo hacen. Por eso, El arte que perdura no es solo el título de una exposición. Es la constatación de que hay enseñanzas que sobreviven al paso del tiempo, a la transformación de los barrios y a la fragilidad de la memoria.
Temas relacionados
No hay comentarios