Un farol se desploma en la fuente de la Plaza Alta y deja coja a la joya cerámica de Algeciras

La caída, tras los temporales de 2026, reabre el debate sobre el abandono del patrimonio histórico en toda la ciudad

La falta de mantenimiento amenaza el edificio protegido de La Escuela en Algeciras

Entre palomas y disfraces de Carnaval, la fuente monumental amanece incompleta: donde antes brillaba un farol, hoy queda el hueco. La escena, captada esta mañana, mezcla fiesta y deterioro.
Entre palomas y disfraces de Carnaval, la fuente monumental amanece incompleta: donde antes brillaba un farol, hoy queda el hueco. La escena, captada esta mañana, mezcla fiesta y deterioro. / Vanessa Pérez

La caída de un farol en la fuente de la Plaza Alta de Algeciras no ha producido estruendo mediático, ni cinta policial, ni discurso institucional. Simplemente se desplomó. Y ya no está.

De cuatro faroles, el conjunto luce ahora tres. O de cinco han pasado a ser cuatro, si contamos el mayor, ese que corona la estructura como un padre vigilante que todo lo ve desde arriba. En cualquier caso, falta uno, el que apuntaba hacia el Norte. Y cuando algo falta en el centro exacto de una ciudad, la ciudad entera cojea un poco.

No sabemos en qué momento exacto se produjo el desmoronamiento. Tal vez en mitad de la sucesión de temporales que inauguró 2026 con un parte meteorológico digno de novela rusa. El viento, la lluvia, la humedad que viene del mar y se instala en el hierro como una enfermedad crónica. Ahora luce el sol, pero el farol ausente permanece como una amputación discreta, como ese diente que uno sabe que falta aunque nadie más lo note.

Hierro forjado, salitre y palomas

Los faroles son de hierro forjado. Y el hierro, si no se cuida, se oxida. Y si se oxida lo suficiente, se vence. Y si se vence, se desploma. Es una cadena de acontecimientos tan sencilla que casi da pudor escribirla.

En 2017, hace ya nueve años, fueron retirados todos para su restauración. Se limpiaron con medios químicos y mecánicos para eliminar los halos de suciedad producidos por contaminantes, las sales traídas por la cercanía del mar y los excrementos de las aves —las puñeteras palomas—, tan corrosivos como persistentes. Volvieron a su sitio rejuvenecidos, como actores tras una temporada en balneario.

Pero el hierro exige constancia, no milagros puntuales. La protección del patrimonio en Algeciras continúa siendo una asignatura pendiente que se examina sola y se suspende sin ayuda.

La fuente de la Plaza Alta, este viernes soleado de Carnaval, luce ya con un farol menos mientras los paseantes cruzan la plaza ajenos a la amputación metálica. Al fondo, los arlequines decorativos contrastan con la ausencia.
La fuente de la Plaza Alta, este viernes soleado de Carnaval, luce ya con un farol menos mientras los paseantes cruzan la plaza ajenos a la amputación metálica. Al fondo, los arlequines decorativos contrastan con la ausencia. / Vanessa Pérez

Cada ciudad tiene una plaza que no es solo una plaza. En el caso de la refundación de Algeciras en el siglo XVIII, ese espacio fue —y sigue siendo— la Plaza Alta. Es su salón, su ágora y su escenario.

A su alrededor respiran calles con nombre oficial y con nombre de siempre: la Ancha —oficialmente Regino Martínez— y la Convento —oficialmente Alfonso XI—. En ellas se citan las manifestaciones culturales, festivas y religiosas, pero también los encuentros cotidianos, los cafés sin prisa y las conversaciones que empiezan hablando del tiempo y acaban hablando de la vida.

Entre 1929 y 1930, coincidiendo con el final del mandato del alcalde Laureano Ortega Arquellada y el inicio del de Emilio Morilla Salinas, la plaza fue completamente remodelada. Se ensancharon las calles para que los automóviles —ese invento moderno— pudieran circular, y se sustituyó la farola central por la fuente monumental de cerámica sevillana que hoy conocemos.

Una fuente que cuenta historias

Un estanque de dieciséis lados muestra sobre su encimera otras tantas escenas quijotescas. En los antepechos, motivos neoplaterescos dialogan con el escudo de la ciudad.

En el corazón del depósito se alza un pilón compuesto por dos prismas. El inferior, de mayor tamaño, exhibe en sus cuatro frentes arcos ciegos de medio punto y tondos surtidores en forma de cabezas de león. Bajo ellos, recipientes que recogen el agua. El superior combina la cerámica con la tecnología: de cada una de sus caras emergen faroles metálicos —ahora tres— iguales a los de las farolas primitivas. Y, coronándolo todo, otra linterna idéntica, como una última palabra luminosa.

Ambos prismas están limitados lateralmente por pilastras de orden jónico. Ocho ranas, instaladas en los años sesenta, completan el concierto acuático.

Y en medio de ese equilibrio clásico, falta un farol.

La fuente cerámica preside la Plaza Alta con tres faroles en su prisma superior —uno menos que antes— bajo la mirada indiferente de las palomas.
La fuente cerámica preside la Plaza Alta con tres faroles en su prisma superior —uno menos que antes— bajo la mirada indiferente de las palomas. / Vanessa Pérez

De cinco farolas a cuatro

Resulta inevitable recordar la copla Cinco farolas, aquella que cantaba que “cinco luceros azules alumbran cinco farolas’”. En la Plaza Alta ya no alumbran cinco. Se apagó una, sin copla y sin pregonero.

“Se apagaron las cinco, cinco farolas / para que nadie me vea llorando a solas’”, dice la letra de Ochaíta y Valerio. Aquí no se han apagado todas, pero la ausencia de una deja a la fuente con esa tristeza leve que tienen los objetos cuando pierden una parte de sí mismos.

Quizá exageramos. Al fin y al cabo, es solo un farol. Pero las ciudades no se deterioran de golpe, sino por pequeñas renuncias sucesivas: un farol que cae, una baldosa que se agrieta, un rosario de goteras, una fachada que espera eternamente su turno. Y así, entre temporales y silencios administrativos, el patrimonio va aprendiendo a resistir sin que nadie le pregunte cómo se encuentra.

La Plaza Alta seguirá siendo el corazón de Algeciras. La fuente continuará contando sus historias quijotescas mientras las ranas lanzan su agua y los leones sostienen el gesto. Pero donde antes había cuatro faroles —cinco, si contamos al padre—, hoy hay uno menos.

Y en las ciudades, como en las coplas, cuando se apaga una farola, algo más que la luz se pierde. Si nadie hace nada, si el hierro seguirá librando solo su batalla contra el salitre, la humedad y el olvido, los otros faroles irán cayendo también, uno tras otro, con la puntualidad triste de lo inevitable, como una baraja de naipes oxidados que se viene abajo sin que nadie sople siquiera.

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