HISTORIAS DE ALGECIRAS El crimen del callejón de la vieja (y III)

  • El cargo de conciencia hizo que un testigo señalara a uno de los culpables y de ahí la Policía llegó a los otros tres

  • Dos huyeron a América, uno se ahogó tras escapar de una cárcel en Ceuta y el cuarto cumplió su condena en Málaga

Desde el cercano Matadero Municiapl se podía controlar visualmente la casita de Juana. Desde el cercano Matadero Municiapl se podía controlar visualmente la casita de Juana.

Desde el cercano Matadero Municiapl se podía controlar visualmente la casita de Juana.

Tan solo horas más tarde, el cuerpo exánime tendido y rodeado de sangre de la anciana viuda fue descubierto. Avisadas las fuerzas del orden público, estas se personaron junto al médico y el juez (quizás Rafael Oncala y Amaya, quién había sido nombrado recientemente). El primero certificó la muerte de Juana recogiendo en su informe para el juzgado la herida que presentaba en el cuello y que le produjo la muerte; mientras que el segundo dio orden de levantar el cadáver y trasladarlo hasta el Cementerio Municipal. Operarios municipales colocaron el cuerpo de la víctima sobre un carro tirado por un mulo para llevarlo y depositarlo en el cercano Campo-Santo algecireño. Cuando la población algecireña tuvo conocimiento del crimen de Señajuana, Algeciras fue un clamor de indignación y estupor por la tragedia ocurrida a la estimada pastora de la Villa Vieja.

Desde la década de los años sesenta del siglo XIX, la sede de la Inspección de la Policía en Algeciras, se encontraba en la calle Santísimo (donde años después se instalaría la Sociedad de Caza y Pesca denominada: la Oropéndola), junto a la Iglesia parroquial de la Palma, en un habitáculo que cedido por el obispado -a través de su párroco don José Flores Tinoco- era utilizado por los agentes de la policía, estando estos bajo las órdenes de su inmediato jefe José Alonso Soto, dependiendo el departamento del Inspector para el Campo de Gibraltar Manuel Bianchi, quién sería posteriormente sustituido por Francisco Prado.

El asunto del asesinato de Juana estaba sobre la mesa de aquel pequeño departamento, aquel delito no era lo habitual en una población fronteriza como Algeciras en la que dentro de su contexto delictivo imperaba todo lo relacionado con el contrabando, aunque también, como se expresa en el siguiente informe elaborado por el orden público, se daba, entre otros: “Por esta Inspección de Órden Público, se ha prestado los servicios siguientes. Detenido José Canón, alias la Pava, por insultos a los agentes. Juan Amado Revelles por escándalo e insultos a los vecinos en la calle Cruz Blanca. Antonio Carrasco, alias el Breva, por escándalo a altas horas de la noche y José Estero Ojeda y Rafael Regen Canales, detenidos por reyerta en la Banda del Río”. Entre los conocidos delincuentes habituales de nuestra ciudad, se encontraban, además de los referidos José Canón, alias la Pava y Antonio Carrasco, alias el Breva, los también asiduos de la calle Santísimo: Francisco Campillos, alias el Manco o el Melones, de quién no se conocía su filiación.

Cercano en el tiempo, estos agentes tuvieron que enfrentarse a un delito de muerte con arma blanca, cuando según se recogió en el informe: “Juan Arás, alias Tumbacepas, de oficio carbonero que vivía en unión de su mujer y su hijastro en una casa del Secano, entró embriagado a su casa y como tenía costumbre maltrató de palabras y obras a su esposa. El hijo de esta hallábase presente le invitó á que abandonase su actitud lejos de conseguirlo la emprendió á insultos con éste, saliendo ambos á la carretera. A los pocos instantes cayó herido el Tumbacepas, siendo trasladado al Hospital Civil, siendo reconocido por su director, quién apreció dos heridas mortales, una en la parte posterior toráxica interesándole el pulmón y otra en la región lumbar, á consecuencia de las cuales falleció”.

Pero lo de Señajuana era diferente. Una y otra vez, los agentes pasaban por la escena del crimen, intentando encontrar alguna pista que les llevara a la detención de la persona o personas que hubiesen ocasionado la muerte a Juana, pero nada, no existía sobre el montículo de la Huerta del Canina -escenario del trágico final de la pobre anciana- nada que señalase el inicio de una posible investigación. Por más que reflexionaban sobre el asunto los agentes, aquella muerte no tenía ni pies ni cabeza, una mujer anciana, pobre, sin más recursos que lo poco obtenido con la venta de la leche...un sin sentido.

Por aquellos días donde la tristeza y el comentario sobre lo ocurrido a la pobre cabrera eran generalizados en la ciudad de Algeciras, alguien se mostraba preocupado, callado e inquieto... no paraba de darle vueltas al asunto y a las posibles consecuencias que para él podría acarrear, en definitiva... no quería problema alguno ni con la justicia, ni con la policía, ni con nadie...pero estaba su conciencia. Él sabía lo que había ocurrido realmente, y lo que es más importante, conocía a uno de los asesinos. Este alguien, durante unos días luchó contra su conciencia. En el pasado tuvo su encuentro con los guardias en aquel asunto del contrabando y quedó escarmentado, pero aquello era diferente. Esta persona conocedora del gran secreto que toda Algeciras quería saber, necesitaba hablar y recibir consejo sobre lo que habría de hacer...y lo encontró, recomendándole su consejero que acudiese a la justicia y contara lo que sabía. Estuvo toda la noche en un duermevela, y así al día siguiente tras vestirse con el humilde ropaje de su condición de jornalero, se dirigió -para desgracia de los asesinos- al cuartel de la Guardia Civil, donde tras explicarle al número que estaba “de puerta” su presencia allí, fue recibido por el sargento que años después se haría tristemente popular por interrogar al vecino de la calle Buenaire, Antonio Sánchez Gutiérrez, con motivo de la desaparición de una cabra (TAPIA LEDESMA, M. El precio de una cabra. Europa Sur, 3 de febrero de 2019).

Según relató en su confesión el único testigo de los hechos, este comentó que “casualmente paso frente al lugar donde se cometió el crimen, proveniente de la Huerta del Manco, pequeña suerte de tierra situada más al norte de la Huerta del Mirador, donde trabaja de jornalero, que vio lo que sucedió reconociendo a uno de los cuatro hombres que le habían quitado la vida a Señajuana...”. Nada más tener los datos el sargento -cuyo carácter estaba por encima de la ley-, mandó rápidamente a dos números para encontrar y detener al hombre que portaba el nombre que le había dado el informante. Los dos agentes del benemérito cuerpo con la seriedad del caso y en cumplimiento de su deber, tras salir de la comandancia, emprendieron la subida al barrio de San Isidro, buscando la denominada calle Nueva. Los curiosos vecinos que los veían pasar con recio y coordinado paso, se preguntaban por el motivo de la presencia de aquellos agentes en sus calles. Una vez llegados a la calle Nueva, antigua Matadero, buscaron el número 29 donde se encontraba el popular patio llamado del Silencio, propiedad de Josefa Ureba Ruiz, quién tiempo después lo vendería a Antonio Pérez Toyos. Una vez dentro del recinto, preguntaron al primer vecino con el que se toparon ¿dónde vive el Iriañez? El dedo de una mano señaló uno de aquellos oscuros e insalubres cuartos muy propio de los patios de la Algeciras de aquella época, aunque aquel inmueble, en un rasgo de cierto “lujo” podía presumir de tener pozo blanco de donde sacar agua para beber y negro donde tirar las inmundicias, sin plantearse los vecinos las posibles filtraciones que pudiera haber entre uno y otro. Al gritar los agentes su nombre ante la cortina que cubría la puerta de la habitación que ocupaba el criminal, este surgió de la oscuridad con la mano en la cara defendiéndose de la claridad de la calle. Tras identificarse el Iriañez, escucho la lapidaria frase -¡Date preso!- Saliendo los tres a continuación del patio. La escena fue vista por otros tres vecinos del inmueble, conocidos por todo el vecindario como el Moñigo, el Saturnino y el Masa.

La huerta del Canina fue el escenario del crimen. La huerta del Canina fue el escenario del crimen.

La huerta del Canina fue el escenario del crimen.

La imagen de los dos guardias civiles escoltando al reo, yendo este con las manos atadas, hacía salir de sus casas a los vecinos de San Isidro por donde pasaba el triste trío. Una vez en la comandancia y ante el impopular sargento, tan solo una mirada le bastó a este y una expresión -¡Habla!- para que el más ingenuo de los cuatro asesinos “cantará la gallina”. Rápidamente se comenzó la búsqueda por toda la ciudad de los asesinos de Señajuana, ya se conocían sus nombres: Iriañez, Moñigo, Saturnino y Masa. Solo los alias, pero era suficiente. El llamado Masa, fue apresado cuando se encontraba trabajando en el Matadero Municipal, donde ejercía como matarife junto a dos coautores del crimen: el Saturnino y el Iriañez, del Moñigo se desconocía su oficio o beneficio. Su gran corpulencia, unida a su prepotencia le hacía ejercer un carácter chulesco ante los demás. Los apodados Saturnino y Moñigo, huyeron de la ley. No faltó quién juró y perjuró echado sobre la mesa de una lúgubre taberna, que “alguien” los vio subir a uno de los vapores para pasar a Gibraltar, y desde allí embarcar en uno de los “pailebote” que “van pá América”. -A esos ya no hay quién les eche el guante-, aseguraba el informador del resto de la clientela, mientras la voz se le volvía más ininteligible y le abandonaba el sentido del equilibrio.

De nada le sirvió al Masa su prepotencia inicial, tardó un poco más que el débil Iriañez, pero al final contaron ambos ante el juez la realidad de lo que aquel día aconteció en la pequeña loma de la Huerta del Canina -situada hoy a la altura de la actual Escuela de Artes y Oficios-, siendo el absurdo móvil del crimen, según el relato: “El dinero que, al parecer y según escucharon, escondía la victima entre sus ropas, le dieron muerte en la garganta con una chaira o cuchilla propia de los zapateros que usan para cortar las suelas”. Cuenta la versión popular que tuvieron incluso el descaro de asistir al entierro de Señajuana. Tras la declaración de los asesinos, el juez determinó el rápido ingreso en la prisión de ambos a la espera del juicio que se desarrollaría una vez finalizadas todas las diligencias y siguiendo el procedimiento que determinaba la Ley de Enjuiciamiento Criminal de la época, aprobada el 14 de septiembre de 1882: “La que comprende las actuaciones judiciales sobre las causas criminales por delitos o faltas”. Precisamente desde aquel mismo año en que se aprobó aquel texto legal, Algeciras empezaría a contar con Sala de la Audiencia de los Criminal, años después sería suprimida por razones económicas.

Acabadas las intervenciones de la acusación, defensa, así como las declaraciones de los acusados, el juez dictó sentencia. El apodado Iriañez fue condenado á 30 años y un día; mientras que el llamado Masa también fue condenado á 28 años y 1 día. Aunque ambos echaban la culpa a los dos fugados, el juez -al parecer- creyó ver claros indicios de que fue el Iriañez el que empuñó el arma asesina; opinión encontrada de lo que pensó la también opinión pública algecireña, que veía al Iriañez como un pobre infeliz.

Mientras el Iriañez fue conducido a la prisión del Hacho en Ceuta, de donde se fugó pocos años después pereciendo ahogado en el intento. El apodado Masa sufrió el trasladado hasta la cárcel de Málaga, donde cumplió su condena. Ya anciano, dicen que regresó hasta nuestra ciudad, terminando sus días en el Asilo de San José.

El asesinato de la pobre Juana conmocionó al pueblo de Algeciras. No tardaron las murgas de la época en recoger en sus letrillas el drama acontecido a la vecina de la Villa Vieja: Señoras y señores/ pongan atención en lo que les voy a decir/ que en la Huerta del Canina/ un crimen hubo allí...

La repercusión del suceso trascendió más allá de los limites del termino municipal de Algeciras. Conocidos los hechos por los asiduos del ferrocarril de la Algeciras- Bobadilla Rail Company, llevaron la triste noticia hasta los diferentes pueblos de la serranía rondeña, contando los viejos trovadores de la legua la historia tal que así: Y tras usar la chaira/ levantaron el refajo/ para buscar el botín/ encontrando la nada/ como premio a un acto tan ruin...

Y pasado el tiempo los hechos se confundieron en la mente de los algecireños, y se terminó por reubicar el asesinato en la Villa Vieja, por lo que bien se podría cantar siguiendo el modo de los trovadores...Y el ciego dice verdad/ que esto ocurrió en esta especial población/ que con el paso del tiempo cambia de sitio la realidad. 

Pero esa es otra historia.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios