Historias de Algeciras El crimen del Callejón de la Vieja (I)

  • Juana, una sencilla cabrera de Algeciras, se ganaba la vida vendiendo la leche y el calostro de su rebaño por las humildes calles de la ciudad

Las afueras de la ciudad de Algeciras, donde se ubicaba la casa de Juana. Las afueras de la ciudad de Algeciras, donde se ubicaba la casa de Juana.

Las afueras de la ciudad de Algeciras, donde se ubicaba la casa de Juana.

Durante décadas en Algeciras, los jóvenes curiosos han venido preguntado a sus mayores “¿De donde viene el nombre de Callejón de la Vieja?”, respondiendo los adultos equivocadamente “¿del asesinato de una anciana que mataron en ese callejón?”.

Aquella fría mañana, Juana se levantó como todos los días pensando en su pequeño hato de cabras. “Los animales no tienen espera”, pensaría en más de una ocasión. La cercana distancia del río de la Miel a su casa, aumentaba aún más la sensación de humedad, ya de por sí alta en aquellas primeras horas del día. Miró por la ventana para cerciorarse de que aún la noche dominaba, aunque desde Gibraltar llegaban las primeras luces del día. Tras tomar un tazón caliente de leche acompañado del resto de la cena de la noche anterior, Juana procedió a abrigarse poniéndose sobre los hombros un grueso chaquetón acompañándose de un pañuelo cubriéndole la cabeza. A pesar de los años, aún guardaba el punto de coquetería que le obligaba a mirarse en el pequeño espejo que tenía colgado en la pared de la alcoba, gesto que marcaba la señal de salida de su pequeña casa.

La casa de Juana había sido levantada con gran esfuerzo por el que fuera su marido, tras la concesión de aquellos terrenos que hizo el Ayuntamiento de Algeciras años atrás, cuando un gran número de vecinos se instalaron en aquella zona de la Villa Vieja -la de los pobres, como a Juana le gustaba puntualizar cuando alguien le preguntaba dónde vivía-. Aquellos nuevos pobladores de nuestra ciudad, fueron llegando desde distintas poblaciones de la provincia, como así mismo de la cercana de Málaga, entre otras, ante la posibilidad de encontrar trabajo en las distintas obras que el Ramo de Guerra había comenzado a realizar con motivo de la defensa artillada de la costa a raíz de producirse la amenaza de una ocupación de la zona por parte de los yankées con motivo de la Guerra de Cuba (1898), siendo las pequeñas industrias locales relacionadas con la construcción -alfarerías, cales o canteras- las más demandadas. Coincidente con la presencia de numerosas industrias alfareras al sur de la ciudad, en los alrededores de los terrenos que serian comprados en un corto futuro por The Algeciras-Gibraltar Railway, para la construcción del Hotel Cristina, empieza a urbanizarse la zona de la Villa Vieja, con la numerosa presencia de humildes familias que trabajarían en esas pequeñas industrias, y cuya zona donde construirían sus viviendas, llevará por denominación el nada equivoco nombre de Los Barreros o alfareros.

En aquel contexto urbano de la Villa Vieja se ubicaba la casita de Juana, demasiado grande para ella, pensaba en no pocas ocasiones. Juana se había quedado viuda y sola. Y para describir su situación solía decir como cantinela: “Al no concederme Dios hijos que me ayudasen y dieran compaña en la vejez”. Con la muerte de su marido, hombre sencillo “buscavida o ganapan”, Juana se había visto, como ella solía expresar en sus soliloquios, con una manita delante y otra detrás. En su soledad, aquella anciana mujer había aprendido a hablar consigo misma quizás, como dijo el poeta, “con la esperanza de poder hablar con Dios algún día”. En eso estaba su pensamiento cuando Juana entró en su pequeño cabrerizo, saludó a las cabras por los nombres que les había puesto y comenzó la tarea del día. Los animales familiarizados con el trato de la mujer anciana aceptaron su presencia con la mayor tranquilidad. La cabra recién parida fue la primera que recibió las atenciones de Juana al ahijarle el cabrito que hacía pocos días había traído al mundo. Además del sentimiento, el interés también estaba presente en el gesto de Juana, el calostro de la madre se vendía muy bien y hervido con azúcar -aquel azúcar que con motivo de la guerra había subido de precio- y canela era muy apreciado. Una mirada hacía la pared del establo le trajo a la anciana cabrera el recuerdo de su marido cuando vio la familiar honda de esparto que aquel había hecho con sus manos para controlar desde la lejanía al rebaño.

De vuelta a la faena, Juana pensó que al cabritillo había que llevarlo en los próximos días a hacerle la señá en la oreja no quería tener problemas con naide en un futuro, cuando coincidiera con otros del oficio en la Charca o en el río Ancho. Aquellos cabreros de Algeciras como José Benítez, que además era cochero; o Gregorio Muñiz, que le guardaba las cabras al propietario de la Huerta de los Naranjos, situada en la ribera del río de la Miel y que era propiedad -al igual que rebaño cabrío- del abogado Amador Salas y Alcoba. Juana se preguntaba cuando veía las cabras de don Amador “¿pá qué quiere un abogao un jato de cabras?”. El abogado don Amador, no era el único vecino de Algeciras con “posibles” que tenía cabras. Rafael Baglietto tenía un hato de colmenas y un asiento de cabras en su propiedad en la Algamasilla. Su otro hermano Juan, que se encontraba en la Argentina, también tenía su hato en la zona del Bujeo. Otro rico con cabras era José Gómez Roncero, importante propietario y labrador que vivía junto a su esposa en el número 3 de la calle Rocha (antes Comedia), y tenía 64 cabras con la señal “hoja de higuera y horqueta en la oreja derecha”. En aquellos tiempos, las señales más usuales de identificación que se empleaban para las cabras, eran las de los tipos: mosca (mancha), jorquilla (en forma de Y), espuntá (despuntar o cortar las puntas de las orejas), aguzá (sobresalgan las puntas de las orejas) y hendía (rajar la oreja). Juana sabía que la vida del cabrero en Algeciras no era fácil. A un conocido suyo, cabrero como ella, llamado Simón, las deudas le habían quitado su medio de vida.

Al pensamiento de la solitaria anciana, se había venido la imagen de Simón Ros Marín, quién había sido propietario de 17 cabras del tipo beleñas (negras) de leche y de una chiva de diferentes señales; además de una vaca suiza de leche de 10 años, berrenda, con las dos orejas rajadas y herrada con las letras S.R., y un becerro de cuatro meses de color negro sin marca ni señal. Desgraciadamente, un impago de dinero había obligado al honrado cabrero a cederle al prestamista llamado Juan Jimeno, previa sentencia judicial, sus animales que eran su medio de vida y de su familia. Otros cabreros conocidos eran los hermanos Antonio y Manuel López que guardaban su jato en el sitio conocido como la Lagunilla en el Majadal Alto, muy cerca de la Chorrosquina.

Fachada del Ayuntamiento de Algeciras. Fachada del Ayuntamiento de Algeciras.

Fachada del Ayuntamiento de Algeciras.

Juana siguió realizando sus primeras faenas del día, envuelta siempre en sus pensamientos. “¡Ojalá tuviera un zagalillo que me ayudara!”, dijo en voz alta, siendo oída solo por sus cabras. El sol se impuso y la mañana, aunque seguía fría, prometía portarse bien con la anciana cabrera y su pequeño rebaño. Colocada la última esquila (cencerro pequeño), Juana dio una voz “¡arreando al jato!” y sus cabras entendieron el mensaje y lentamente comenzaron a bajar por la calle Aníbal, llamada así en recuerdo de un navío inglés del mismo nombre apresado durante la Batalla Naval de Algeciras en 1801, y en dirección al Puente Viejo. “Espero que ahora no pase el tren”, exclamó la añosa pastora. Si había algo que inquietara a sus animales era el “pito” del tren y aquellas máquinas que de vez en cuando se veía una por Algeciras y que llamaban coche; aunque para Juana, los verdaderos coches tenían que llevar caballos por delante. La vieja pastora miraba las ubres hinchadas de sus cabras, con la esperanza de poder vender lo más pronto posible aquella leche. Tenía sus clientes fijos y otros que no lo eran tanto; pero al final del día, normalmente, siempre vendía su leche. Juana no tenía otro medio de vida nada más que, como ella decía, “¡Mis cuatro cabras! Si tuviera ayuda joven haría quesos”, pero estaba sola y cansada para tanto diario trajín.

Tras cruzar el puente y cerciorarse de que no venía el tren por el puente de hierro, se dirigió a la calle Ángel. Podía haber cogido por la calle Aduana, pero allí había mucha gente, no se podía transitar y la presencia de la verdura fresca ante sus cabras dispuestas a ramonear (comer las hojas y puntas de las ramas de las plantas) en cualquier momento, le podía crear un problema con las verduleras. Una vez entrado el pequeño rebaño en la calle, a pesar de su familiar presencia, la imagen de las cabras y el sonido de sus esquilas diariamente seguía llamando la atención de los niños que jugaban en la vía. Algún que otro adulto miraba adustamente las cagarrutas que dejaban en la calzada a su paso sus animales.

Juana o Señajuana, como le llamaban respetuosamente sus clientes, diferenciaba a estos entre los diarios y los posibles. Entre los fijos estaban, por ejemplo, José González, propietario del bar Sanlúcar sito al comienzo de la calle, teniendo dos puertas, dando la otra a la banda norte del río. La esposa de Pepe Estudillo, que vivía junto a su marido en el número 20; o algún peón del almacén sito en el número 21 de dicha calle, propiedad de Salvador Alfarache. A la altura del Callejón de la Mosca (hoy, Isaac Peral), también acudían algunos vecinos de la calle Salmerón (Río), como Margarita, la señora del maestro Armenta, que vivía y tenían el colegio en el número 10 de dicha vía. También se sumaban los de la calle Reina, donde uno de los aprendices en la tahona propiedad de Felipe Cabello, u otros vecinos o panaderos, como los que trabajaban en la también tahona sita en el número 5 de la citada calle, propiedad de Josefa Delgado León, viuda de Simino, venían a comprarle.

Señajuana tenía su pequeña pero buena clientela, asegurándose con ello su medio de vida. Una mujer como ella, que había trabajado desde niña, con su casita, sus pocos animales y su pequeño ingreso diario, daba lugar a comentarios otorgándole a la humilde cabrera una posesión dineraria que en modo alguno era cierta. “¡A saber donde lo guarda! ¡Igual lo tiene enterrado en la cabreriza!”. Incluso había quién aseguraba que “¡lo lleva escondido entre las ropas!”. Aquellos comentarios, a veces hechos desde la broma o chanza; otras, desde la ojeriza de quién se dedica a la misma actividad... “¿Quién es tu enemigo? El que es de tu oficio”, dice el refrán. Lo cierto es que el comentario caló en las mentes de unos canallas.

De regreso a la ruta, el respetuoso trato hacia la anciana siempre era el mismo: “Señajuana, medio litro... Señajuana...un litro... Señajuana, un cuartillo”. Y así “agáchate para ordeñar, levántate para cobrar, ¡demasiado para mis años!”, pensaba Juana más de una vez. Mujer fuerte y dura, la edad no la perdonaba y sufría de los lógicos achaques, “pero los pobres no nos podemos dar el lujo de ponernos enfermos y meternos en una cama”, solía decir. Meses atrás y aconsejado por un vecino que sí estaba integrado, solicitó su también inclusión en el padrón municipal de beneficencia, lo que le garantizaba la visita médica y las medicinas que les fueran recetadas. Pero en Algeciras había muchos pobres, el ayuntamiento no tenía dinero y las solicitudes eran innumerables... Al parecer le habían dicho en el Ayuntamiento, un día que entró a preguntar “sobre lo suyo”, dejando las cabras fuera para enfado del municipal de la puerta que se quejaba de las cagarrutas que habían plantado sus animales delante de la Casa Consistorial “¡Como si sus señorías no hicieran lo mismo que mis cabras!”, pensaría la pobre aspirante al tan ansiado padrón. Como ella parlotearía en voz baja: “Ni yo me meto con el Alcalde, ni el Alcalde se mete con mis cabras”. El Ayuntamiento en aquella última década del siglo XIX, había aprobado unas ordenanzas municipales, que salvaguardaba el ancestral derecho o servidumbre de paso del ganado por las diferentes cañadas que atravesaban el municipio, no así la presencia de burras por las calles algecireñas: “Las burras de leche para el servicio higiénico de los vecinos, se llevaran siempre reatadas, y cuando se detengan en las puertas de las casas para suministrar la leche, se colocaran de modo que no impidan el libre tránsito por la calle”. Las cabras de Juana tenían derechos adquiridos.

Continuará

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