Las relaciones de Tarifa con el norte de África en los siglos XV, XVI y XVII (IV)
Retazos de Historia
El Levantamiento de Lisboa en 1640 y la posterior guerra de Secesión de Portugal, supuso un cambio radical en las relaciones entre los enclaves portugueses y las ciudades andaluzas del Estrecho de Gibraltar
Para Tarifa, Tánger en poder de los partidarios de los Braganza se convirtió en un grave problema, acrecentado por las continuas incursiones de piratas turcos y berberiscos y el posterior pasó del enclave portugués a manos británicas
Las relaciones de Tarifa con el norte de África en los siglos XV, XVI y XVII (III)
Las relaciones de Tarifa con el norte de África en los siglos XV, XVI y XVII (II)
Las relaciones de Tarifa con el norte de África en los siglos XV, XVI y XVII (I)
La guerra de Secesión portuguesa. La rebelión de Tánger y la permanencia de Ceuta en el seno de la monarquía hispánica
Tal y como ya se señaló en número anterior, esta serie de artículos tienen su origen en un trabajo publicado por la Revista Cuadernos del Archivo General de Ceuta nº 25.
En el año 1640 el tablero estratégico diseñado para la monarquía hispánica en el Estrecho salta hecho añicos cuando el 1 de diciembre acontece el Levantamiento de Lisboa. De la colaboración y ayuda se pasó, sobre todo en el caso de Tarifa, al temor de un Tánger en poder de los rebeldes portugueses y a un mayor protagonismo de sus relaciones con Ceuta.
Del levantamiento lisboeta se dio paso rápidamente a una guerra abierta a lo largo de toda la raya que separaban los territorios portugueses de los del resto de la monarquía hispánica, que se hallaba en un momento delicado desde que el 7 de junio tuvo lugar el llamado Corpus de Sangre y el inicio de la Guerra de los Segadores, con la intervención francesa desde enero de 1641, cuando Luis XIII pasó a ser aclamado por las autoridades catalanas conde de Barcelona.
Los estudios sobre la rebelión portuguesa y su posterior separación han sido tratados suficientemente por la bibliografía existente sobre el tema, que cita como causas del estallido la política impositiva, la insuficiencia en la defensa de las poblaciones portuguesas en ultramar, la petición de soldados para atajar el levantamiento catalán y el sostenimiento de la guerra de Flandes a cargo de la hacienda portuguesa.
Como se ha señalado líneas arriba, la revuelta y posterior guerra de Secesión portuguesa tuvo su repercusión en el Estrecho, donde el triangulo Tánger, Ceuta y Gibraltar era el punto de apoyo para el control del Estrecho por parte de la monarquía hispánica y donde el eje Ceuta-Gibraltar era denominado como la “Boca de los Estrechos”.
En cuanto a Ceuta, aunque desde bien pronto recibió ayuda militar, vivía siempre con el temor a los ataques berberiscos, que se incrementaron a partir de 1630, y máxime teniendo en cuenta una posible ayuda inglesa a los norteafricanos e incluso se sospechaba de un posible desembarco inglés, con lo que la plaza fuerte fue reforzada con tropas procedentes de diversas poblaciones andaluzas, lo que unido a la relaciones comerciales con los puertos andaluces y el suministro de trigo fueron factores determinantes para que tomaran la decisión de permanecer fieles a Felipe IV.
De hecho los ingleses ya habían mostrado su interés por Ceuta cuando en 1636 llegaron a Madrid inquietantes noticias sobre las negociaciones que en secreto mantenían Carlos I de Inglaterra con el Morabito Hamete Laexe para un posible ataque a la ciudad y fortaleza de Ceuta, y en las que el monarca inglés se ofrecía a atacar las demás plazas españolas a cambio de que Ceuta quedara en poder de Inglaterra, extremo al que se negaron los norteafricanos a los que no interesaba un choque directo con la monarquía hispánica. Sin embargo, Carlos I de Inglaterra no cejó en su empeño y años más tarde Felipe IV solicitó del duque de Medina Sidonia información sobre los posibles tratos del inglés con los berberiscos para hacerse con el control de Salé.
La permanencia de Ceuta y Tánger bajo la autoridad de Felipe IV de Habsburgo era fundamental, por ello la recién creada Junta de Portugal puso todo su empeño en que las plazas estuviesen suficientemente guarnecidas y asistidas con el restablecimiento del suministro de grano, a la que se sumaron privilegios y mercedes como los otorgados a Ceuta, a quien se concedieron los títulos de Noble y Leal en 1641.
Un clásico en el estudio del levantamiento de Tánger y su pasó al bando de los rebeldes portuguese, que habían elegido como rey a duque de Braganza con el titulo de Juan IV, es el que en su día realizó Carlos Posac, quien realiza una descripción de Tánger en 1637 “… una plaza fuerte ceñida por un poderoso cinturón de murallas. En la parte alta, cubriendo el sector que hoy ocupa la kasbah, existía una ciudadela bien fortificada, el Castillo, en cuyo recinto estaba el palacio del gobernador. El núcleo urbano, formado por casitas blancas con tejados rojos, ocupaba aproximadamente el ámbito de la actual Medina”.
Posac lo define como un campamento en permanente estado de alerta, donde todo ciudadano era capaz de empuñar un arma y era potencialmente un soldado, bajo el mando supremo del gobernador, exactamente igual que lo que sucedía en Tarifa, donde sus habitantes vivían “con las armas en las manos con ocasiones que cada día tiene”.
Juan IV de Braganza envió correos a las plazas norteafricanas para que población se sumase al movimiento de secesión. Tras un primer fracaso en Tánger ordenó acudir a la plaza al tesorero de su catedral, Antonio Martins Lordelo, y a Baltazar Vas.
Los mensajes se entregaron al gobernador Rodrigo de Silveira, que no se atrevió a tomar una decisión aunque dejó que contenido llegase a los habitantes de la plaza, siendo los meses siguientes de inquietud y nerviosismo. A lo que no ayudaba el progresivo deterioro de la economía española, que se traducía en la imposibilidad de atender debidamente a las plazas africanas y ello a pasar de la buena voluntad de los estamentos gubernamentales y del celo de las autoridades andaluzas.
La trama de la rebelión llevaba gestándose dos años y a pesar del alto número de comprometidos se mantuvo dentro del más estricto secreto. En el verano de 1643 los detalles estaban ultimados. El objetico principal era adueñarse del castillo, que dominaba toda la población, donde contaban con la complicidad de su portero, Manuel Dias Villalobos.
El 23 de agosto los integrantes del levantamiento hicieron circular el aviso del inicio de la revuelta. Un grupo de hombres se congregaron en el convento de los dominicos para desde allí dirigirse al castillo esquivando la vigilancia de los centinelas. Una vez dentro cerraron las puertas y ordenaron tocar “el toque de alba” o del despertar. Para prevenir una acción de los partidarios de Felipe IV el capitán Francisco López destacó a su hijo Alonso de Araujo con un grupo de estudiantes para que ocupasen las zonas estratégicas.
Algunos rebeldes se dirigieron al palacio del gobernador, el conde de Sarzedas, donde no encontraron oposición alguna por parte de la guardia. El gobernador fue detenido y encarcelado junto con su familia en una torre, bajo estricta vigilancia e incomunicado. Se eligió una Junta de gobierno de la plaza y se organizó la defensa. Por la noche la población era recorrida por patrullas y se dispusieron retenes de guardia.
El 25 de agosto se apoderaron de tres embarcaciones españolas cargadas de aprovisionamientos que no se habían percatado de la sublevación, consiguiendo un botín de 700 fanegas de trigo, 600 de habas, vino y aceite. Para el 27 de septiembre Tánger empezó a recibir auxilios de Portugal.
El gobierno de Felipe IV realizó intentos de recuperar la plaza, pero estuvieron mal planeados y otros emprendidos con medios inadecuados, por lo que fracasaron, permaneciendo la ciudad bajo soberanía portuguesa hasta que fue entregada a Carlos II de Inglaterra.
Un intento fracasado de recuperar Tánger desde Tarifa
En este contexto, desde Ceuta, por orden del conde Asentar, se enviaron dos hidalgos ceutíes para realizar averiguaciones sobre la rebelión tangerina, explorar la bahía de Tánger y atacar a los navíos de aprovisionamiento llegados de Portugal. Los hidalgos ceutíes fueron alojados en el castillo bajo protección y hospedaje de su alcaide. Sin embargo, para la autoridades tarifeñas no hacían otra cosa que entrar y salir del castillo, realizando gastos innecesarios y teniendo choques con los ministros de justicia de Tarifa. En palabras del corregidor de Tarifa, don Gaspar de Aguilar, en el castillo se recogían “muchos delincuentes y gente facinerosa, mujeres mundanas y de mala vida desterradas y castigadas por delitos de que han resultado y resultan muchas ofensas a Dios, incluso en tiempos del corregidor capitán Calderón, el teniente de alcaide del castillo había alojado a 12 monfíes o moriscos que formaban parte de cuadrillas de salteadores.
Ante el comportamiento de los enviados ceutíes el concejo municipal de Tarifa acordó escribir al Consejo de Castilla en razón de lo inútil de su actuación y los gastos que su estancia estaba produciendo. Por supuesto no habían atacado la bahía de Tánger, a pesar de que desde Ceuta se le había enviado un “navío de fuego”, que quedó varado en la playa de La Caleta sin realizar ningún tipo de acción, que según los marineros tarifeños con sus barcos y el navío de fuego podrían haber quemado los navíos que se encontraban en la rada tangerina. Lo único que se realizó fue fletar dos fragatas, propiedad de los vecinos de Tarifa, armadas con gente de guerra procedentes del vecindario tarifeño, que estuvieron dos días en aguas de Tánger sin tomar acción alguna.
Consecuencias de la rebelión de Tánger y su paso al bando de los Braganza
La rebelión tangerina a favor de la secesión portuguesa se convirtió en otro factor de riesgo para Tarifa, que se sumaba a ser un lugar fronterizo con la Berbería en lo más ceñido del Estrecho, carente de armas y con sus murallas “muy aportilladas”, por lo que los munícipes tarifeños solicitaron al gobierno de la monarquía permiso para arrendar la más importante de las dehesas concejiles, Facinas, con cuyo rédito se repararían las defensas urbanas y comprar armas y municiones.
La rebelión de Tánger, por lo demás, cogió por sorpresa a algunos armadores tarifeños, como el caso de Juan de Gálvez y su hijo, que servían al rey “así contra los moros” como en llevar “bastimentos” a las fronteras de Ceuta y Tánger. Precisamente transportando caballos y bastimentos a Tánger tuvieron la desgracia de llegar a los dos días del estallido de la rebelión. Fueron apresados y estuvieron unos ocho meses presos para luego ser trasladados a Faro, “reino del Algarbe”, donde estuvieron prisioneros junto a otros personas capturadas por los portugueses. Por petición de sus esposas y de deudores portugueses, en concreto tres que se encontraban en Tarifa en el momento de la rebelión tangerina, se habían establecido contactos con las autoridades del bando de los Braganza para realizar un canje en el que se intercambiarían a tres portugueses retenidos en Tarifa a cambio de Juan de Gálvez, su hijo y los demás compañeros. La ciudad tomó el acuerdo de realizar instancias ante las autoridades como el real Consejo de Guerra y el presidente del Consejo de Castilla solicitándoles que autorizasen el canje, toda vez que Juan de Gálvez era una persona importante por su actividad para el servicio de la monarquía y la seguridad de Tarifa y los portugueses eran personas de “poca importancia y gente humilde”.
Las relaciones de Tarifa con las plazas norteafricanas cristianas desde la guerra de Secesión de Portugal hasta fines del siglo XVII
Tarifa y Tánger
Con el levantamiento de Tánger y su paso al bando de los Braganza cambió la percepción de los habitantes de Tarifa sobre la vecina ciudad, al que los tarifeños comenzaron a considerar un lugar hostil y enemigo.
En junio de 1647 se recibió en el cabildo tarifeño una carta del rey Felipe IV en la que se advertía que ejércitos franceses y posiblemente portugueses marchaban contra Aragón y Castilla, por lo que solicitaba hombres que acudieran a la defensa del reino. Tarifa contestó que ninguno de sus habitantes podía abandonar la ciudad por las constantes incursiones que realizaban los enemigos y tener solo a cinco leguas de distancia a los portugueses rebeldes de Tánger, por lo que temían que podrían asaltar la población, en sus palabras “darle a Tarifa un madrugón”.
Esa estimación de Tánger como lugar enemigo continuó en el tiempo y así se señala de nuevo en 1653, “esta ciudad… tiene presentados a su Majestad como son estar a su costa defendiendo esta ciudad de los enemigos por estar en lo más ceñido del Estrecho y distancia dos leguas y media de la Berbería, frontera de los rebeldes de Tángar”, extremos que volvieron a señalarse al año siguiente. Y de nuevo en 1658 cuando el duque de Medinaceli y Alcalá de los Gazules expuso que su villa alcalaína había enviado “mucha milicia” al ejército de Extremadura, por lo que encomendaba a Tarifa el envío de tropas al mando de uno de sus regidores. Tarifa respondió que era imposible el envío de tal fuerza y que en realidad debería estar dotada de las armas y municiones que necesitaba; además se oponía tajantemente a la salida de tropas de infantería de las villas de Alcalá de los Gazules y Paterna por ser auxiliares de Tarifa, de forma que se garantizase la seguridad y conservación de la plaza, situada a dos leguas y media de la Berbería y a la vista del rebelde Tánger, lo que motivaba que de “ordinario” dormían sus gentes con el temor a una posible invasión de los ingleses y de otras naciones enemigas.
Temores que se vieron confirmados cuando en 1661 Tánger pasaba a manos británicas, alcanzado el sueño de la Compañía de Levante en 1624 de tener un puerto en el Estrecho, aunque su preferido era Gibraltar, tal y como manifestó Oliver Cromwell en 1656. El paso a manos británicas se manifestó por medio del enlace matrimonial de Carlos II Estuardo y la infanta portuguesa Catalina de Braganza, hermana del rey de Portugal; en la dote también se incluía Bombay, medio millón de libras esterlinas y libertad de comercio en las colonias portuguesas de ultramar.
La nueva posesión británica trajo en jaque a las autoridades españolas, pues desde Tánger se podían atacar las costas españolas y poner en peligro la ciudad de Cádiz y su comercio transoceánico, además de lanzar una ofensiva sobre Andalucía centrándose en Gibraltar. El Consejo de Estado ordenó tener en alerta a la Armada y revisar las fortificaciones, especialmente Ceuta, Gibraltar y Tarifa, así como envías pertrechos y vituallas por valor de 13.000 escudos.
Desde noviembre de 1662 Tánger se convirtió en puerto franco, pero el comerció tangerino con las poblaciones andaluzas estaba limitado a un “barco longo” llamado Isabella que arribaba con sus productos a Gibraltar, Vejer, Tarifa, Chiclana y Conil, a cambio de legumbres y frutas. Según las fuentes inglesas ese comercio reportaba a los españoles 100.000 reales de a ocho en 1674.
Pero para Tarifa Tánger constituyó siempre un peligro, pues Tarifa era una ciudad pobre, con sus murallas aportilladas, sin armamento ni pólvora, viviendo de noche y de día “en centinela por los enemigos que de ordinario infestan esta costa y estar esta ciudad tan circunvecina a la Berbería que no dista tres leguas y siete de la plaza de Tánger en cuya bahía se recogen bajeles de turcos y moros por cuyas causa está esta ciudad con conocido riesgo y peligro ni efecto con que poder fortificar”.
En septiembre de 1665 Gran Bretaña sufrió un brote de peste, por lo que se prohibió el comercio de la metrópoli y de camino de su colonia tangerina, cuyo gobernador envió una carta a Tarifa en el mes de agosto protestando del corte de comunicaciones entre las dos ciudades.
Comunicaciones que se reestablecieron en 1678, ya que Tarifa había adquirido para su pósito harina en la vecina ciudad, cuya cantidad ascendía a 161 quintales a precio de 6 pesos de oro o a 1 real de plata el quintal, un total de 990 pesos.
La historia acaba cuando en 1679 el sultán Muley Ismail puso sitio a Tánger, un cerco que se prolongó en el tiempo. Por ello el 14 de noviembre de 1683 el cabildo de Tarifa deliberó sobre la conveniencia de arrendar la dehesa de Facinas para la compra de armas, pólvora, cuerda, plomo y reparo de las murallas, y máxime con la “novedad de la demolición de Tánger”, de forma que si los magrebíes se apoderaban de la vecina ciudad norteafricana continuarían “las invasiones” de la ciudad y sus costas.
La perdida de Tánger, primero en 1643 y definitivamente en 1661, supuso para la monarquía española la ruptura del triangulo de control en el Estrecho, que ahora se afanaría en reconstruir con las poblaciones de Ceuta, Gibraltar y Tarifa, con la revalorización de Ceuta y Gibraltar y el obligado interés por la fortificación de Tarifa.
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