Centro de Recepción de Visitantes de Baelo Claudia: 'Blowin' in the wind'
El territorio y sus signos
El Centro de Recepción de Visitantes de Baelo Claudia es un elemento mediador entre el visitante y el territorio que permite la puesta en valor de sus valores paisajísticos e históricos
Teatro Juan Luis Galiardo de San Roque: 'Nuevo día'
"Cómo es verdaderamente la ciudad bajo esta apretada envoltura de signos, qué contiene o esconde"
('Las ciudades invisibles'. Italo Calvino)
En 1998, el arquitecto Guillermo Vázquez Consuegra comenzó la redacción del proyecto del Centro de Recepción de Visitantes en el Conjunto Arqueológico de Baelo Claudia, encargado por la Delegación de Cádiz de la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía con el objeto de que el recinto arqueológico resolviera sus carencias en cuanto a no contar con un espacio adecuado para la acogida de sus muchos visitantes, no poder ofrecer apoyo didáctico para facilitar la comprensión del yacimiento y no disponer de una sede institucional y administrativa. El programa de usos del edificio había venido elaborándose de forma conjunta entre la Dirección del Centro, la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía y el arquitecto entre 1993 y 1998. La construcción se desarrolló entre 2003 y 2007, en ese proceso se ajustaron algunos detalles sobre lo anticipado en el proyecto y se concretó la dotación museística.
El Conjunto Arqueológico de Baelo Claudia, Monumento Histórico Nacional desde 1925, se ubica en un enclave de gran valor paisajístico, un anfiteatro natural delimitado por la Sierra de la Plata y la Loma de San Bartolomé, con el Océano Atlántico como telón de fondo, en la Ensenada de Bolonia, dentro del Parque Natural del Estrecho.
Cómo intervenir en un escenario tan extraordinario y dialogar con sus actores, el paisaje natural y las ruinas de una importante ciudad romana, construyendo con ellos una narración coherente, era la gran pregunta que responder por la arquitectura. Una pregunta cuyas claves para la respuesta correcta no están sino en el propio escenario en el que se interviene. Y en el entendimiento de que dialogar desde la arquitectura con el lugar no significa hacerse pasar por él, disfrazarse de él; no es impostar una condición ajena. Intervenir con la arquitectura en el lugar, incorporarla a él como un nuevo actor con la obra en marcha, es encontrar el sitio adecuado en el escenario, a la distancia justa del resto de los actores para que todos tengan su espacio propio, de manera que la arquitectura no invada un espacio que no le corresponde. Es adoptar la forma precisa, con la geometría y la escala adecuadas, de modo que no se obstaculice la visión de ninguno de los actores. Es hablar un lenguaje comprensible en el contexto de la obra, haciéndose entender sin alzar la voz sobre la de los actores principales para no silenciarlos o alterar su mensaje.
Y todo ello es lo que hace el Centro de Recepción de Visitantes de Baelo Claudia. Veamos su respuesta concreta.
El sitio para el edificio se fija a una distancia prudente del yacimiento arqueológico, garantizando que a futuro pueda seguir ampliándose mediante nuevas excavaciones. A su vez, resulta lo suficientemente cercano como para que el camino desde el edificio hasta el yacimiento no sea agotador. Además, el sitio queda próximo a la carretera de acceso al recinto, lo que refuerza el papel del edificio como espacio reconocible para la recepción de visitantes.
A nivel formal, el edificio se resuelve concentrando su programa de usos en una única pieza longitudinal de, aproximadamente, 120 metros de largo y 20 metros de ancho que se quiebra en su extremo de contacto con el acceso desde la carretera como gesto expresivo de recibimiento a los visitantes. Una geometría sobria, rectilínea y horizontal, como la línea de la playa, como la línea del mar, de escala controlada, de forma que no genera un accidente formal que pudiera alterar el valioso paisaje. Tampoco compite visualmente con los restos arqueológicos, al contrario, su regularidad contrasta con la irregularidad de las ruinas, estableciendo con ellas un diálogo en el que el transcurso del tiempo, medido en la alteración de las formas, es el protagonista. De igual manera que la ciudad de Baelo Claudia se adaptó en su tiempo a la pendiente del terreno, mediante diversas plataformas, el edificio se acomoda a la ladera que desciende hacia la ensenada de Bolonia dando con ello continuidad en el tiempo al discurso geométrico y topográfico de la trama de la antigua ciudad romana. Esta acomodación del edificio a la pendiente del terreno hace que su volumen quede escalonado, contando en su parte más baja, en la fachada al mar y a las ruinas, con dos plantas de altura mientras que en la parte alta, la fachada al acceso al recinto, consta de una.
El lenguaje del edificio se construyó con una paleta de materiales reducida pero eficaz para el propósito de establecer una complicidad silenciosa con las ruinas y el paisaje. Las fachadas exteriores se revistieron mayoritariamente de piedra natural, con un riguroso despiece geométrico, haciendo del edificio un hito pétreo más en el lugar. Una composición contemporánea pétrea que desde el presente establece, sin imitaciones, un diálogo material con el pasado, con la historia, con las piedras desgastadas por el tiempo que dan cuerpo a las ruinas. Un diálogo material que también abarca al paisaje, al evocar el color de la piedra del edificio el de la arena de la Ensenada de Bolonia. Con esta actitud de renuncia expresiva, la arquitectura rechaza acaparar el protagonismo del escenario al que se incorpora.
El espacio interior del edificio se organiza mediante franjas que alternan usos públicos (salas de exposiciones, sala de actos, etc.) y usos internos (salas para conservación, investigación, administración, etc.). Relacionando estos usos se dispone una cafetería-restaurante, próxima al acceso al edificio. Este programa se despliega a doble altura según un recorrido que comienza en el espacio de recepción de visitantes, en el nivel superior del edificio, y finaliza, en su nivel inferior, en una terraza con la que el edificio se disuelve con el exterior y en la que se inicia un sendero hacia el yacimiento arqueológico, hacia la antigua puerta de Baelo Claudia. En ese sentido, a nivel funcional y espacial, el edificio actúa como un umbral, una puerta de entrada al conocimiento del pasado del lugar. Recoge al visitante al llegar al recinto y, mientras que atraviesa el edificio, camino de las ruinas, lo prepara para lo que se dispone a ver a la salida. El aparcamiento público, para coches, autobuses y bicicletas se sitúa entre el edificio y la carretera, a media ladera, lo que impide que sea visible desde el yacimiento o desde la playa. Esa disposición permite, además, segregar los accesos, quedando el peatonal a la cota alta y el acceso rodado privado a la cota baja.
La compacidad del edificio se contrarresta con la perforación de una serie de patios dentro de los que se resguardan unos precisos huecos que capturan estratégicamente el paisaje, creando una serie de ojos de múltiples miradas. A través de ellos, el visitante durante el recorrido del edificio contempla las ruinas como parte de la misma narración museística del edificio; interior y exterior quedan así vinculados. También seleccionan vistas a los otros protagonistas del lugar: la ensenada, mar y playa, y la montaña, vinculando así historia y marco natural. Esos patios, de gran tamaño, determinan la composición de las fachadas del edificio, dándole una imagen adecuada a su condición de equipamiento público. Al relegar a su interior los huecos-miradores se evita que estos, con sus menores dimensiones, determinen una apariencia más próxima a la escala doméstica. Estas perforaciones son también una respuesta a las condiciones climáticas del emplazamiento, procurando un control medioambiental de los espacios interiores, al defenderlos de la exposición directa a ellas, en especial, a los vientos dominantes, levante o poniente.
En definitiva, el Centro de Recepción de Visitantes de Baelo Claudia es un elemento mediador entre el visitante y el territorio que permite la puesta en valor de sus valores paisajísticos e históricos. Un fragmento del camino a las ruinas de Baelo Claudia que se hace arquitectura para contener un discurso museográfico que explica la historia de la antigua ciudad romana previamente al contacto directo con ella, contextualizándola con el paisaje en el que surgió mediante la selección de vistas panorámicas a él.
Una respuesta arquitectónica al interrogante de intervenir en un escenario extraordinario, que se plantea como un diálogo coherente con sus actores principales, el paisaje y las ruinas, sin elevar la voz, sin usurparles su protagonismo.
Un nuevo signo en el territorio, contemporáneo, silencioso, geométrico, contenido. Frente a lo histórico, lo erosionado, lo irregular y lo disperso, que es patrimonio exclusivo de las ruinas. O frente a la expresividad, que lo es del paisaje.
Una respuesta arquitectónica, amig@ mí@, cuyas claves están en el lugar, soplando en el viento. Blowin’ in the wind, ya lo advirtió, guitarra en mano, Bob Dylan.
El Centro de Recepción de Visitantes de Baelo Claudia fue finalista en 2010 del Premio Piranesi a la valorización del patrimonio cultural arqueológico. Obtuvo también la Mención de Honor en el Premio Stone in Architecture. Su autor, Vázquez Consuegra, con el tiempo obtendría el Premio Nacional de Arquitectura, en 2005, y la Medalla de Oro de la Arquitectura Española, en 2016. No podría estar muy equivocado en esto de dar respuestas arquitectónicas correctas.
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