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La Unión Europea ha mantenido una actitud titubeante y falta de la más mínima contundencia en la grave crisis internacional provocada por la intervención militar de Estados Unidos en Venezuela, lo que ha profundizado su cada más irrelevante papel en el nuevo orden mundial. No se va a poder permitir el mismo lujo con respecto a las amenazas, cada vez más alarmantes, de Donald Trump sobre Groenlandia. El presidente de los Estados Unidos, envalentonado por el aparente éxito de su incursión venezolana, ha puesto su objetivo en un territorio administrado por un país, Dinamarca, miembro de la UE y de la Alianza Atlántica. Hasta ahora Bruselas ha preferido ignorar las pretensiones de la Casa Blanca considerándolas bravuconadas propias de la personalidad expansiva de su inquilino. Pero las cosas están llegando a un punto en que Europa tiene que responder con firmeza en defensa no solo de sus intereses más primarios, sino también de su propia identidad. Hasta ahora no lo ha hecho. La declaración suscrita el martes en París por los principales países de la UE, entre ellos España, y el Reino Unido, no está a la altura de la gravedad del reto, además de que no puede ser considerado como un pronunciamiento unánime de toda la Unión. La gravedad de la situación no se puede ignorar. Una acción contra Dinamarca en Groenlandia supondría en la práctica la desaparición de la OTAN y la Alianza Atlántica que es, hoy por hoy, el único muro que frena las ansias expansionistas de Vladimir Putin sobre el este de Europa. El cambio que ha supuesto la irrupción de Donald Trump en la política internacional ha golpeado con dureza el proyecto europeo que dirigía la UE. Se ha producido una pérdida evidente de la influencia del continente en un mundo dominado por Washington, Pekín y Moscú y en el que la fuerza se impone a cualquier otro argumento. La crisis de Groenlandia supone sufrir, por primera vez en carne propia, las consecuencias de la debilidad en la que se ha sumido el continente.
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