Vía Augusta
Alberto Grimaldi
Ni con Vox ni sin Vox
LAS elecciones del 21 de diciembre en Extremadura y las celebradas este domingo en Aragón confirmaron la tendencia anticipada en todas las encuestas, nacionales y autonómicas: ha irrumpido en España un caudal de voto indignado que se canaliza a través de Vox y que representa entre un 15% y un 18% del electorado. Ese porcentaje no responde a una súbita conversión masiva a posiciones ultraderechistas, sino a la ausencia de otra vía para expresar un cabreo acumulado: el de quienes no sienten en su bolsillo el crecimiento macroeconómico; quienes soportan una carga fiscal más elevada por no corregirse los efectos de la inflación; o quienes ven inaccesible la vivienda aunque trabajen y se esfuercen. En ese caldo de cultivo, los jóvenes son mayoría.
Esta dinámica interpela al PP, el partido que decidió adelantar el calendario electoral para encadenar victorias territoriales y hacer visible el desgaste del sanchismo. Pero el PP encara esta fase con un problema que arrastra desde hace siete años: no sabe cómo relacionarse con Vox. Ni con Pablo Casado ni con Alberto Núñez Feijóo ha encontrado una fórmula estable para gestionar ese espacio. Y, pese a las dudas, el PP dispone de experiencia en lidiar con esa tensión y, además, con métodos distintos. Ahí están Galicia, donde la marca popular absorbe a su derecha; Madrid, donde Isabel Díaz Ayuso integra en su discurso parte de las tesis de Vox; y Andalucía, donde Juanma Moreno se dirige al votante que rechaza a Vox y acierta presentándose como la única garantía de impedirle el Gobierno.
Pero el contexto no sólo afecta al PP. También interpela a la izquierda y la sitúa ante una contradicción falaz: frenar a la derecha extrema no se consigue bloqueando la alternancia, sino facilitando que gobierne la lista más votada. Ni el PSOE de Pedro Sánchez ni los grupúsculos que va fagocitando a su izquierda –ni tampoco los independentistas– aceptan ese principio. Ese rechazo no contiene a Vox: lo impulsa. Porque el votante que alimenta a Vox rechaza de plano la acción política del bloque que permite la perpetuación del sanchismo y percibe cada maniobra como motivo adicional para intensificar su protesta en las urnas.
España está ya en un ciclo electoral en el que Vox es imprescindible para armar mayorías, pero al mismo tiempo es un socio indeseado para amplias capas del electorado. Y sin una contribución sensata de la izquierda que permita una alternancia real, los populares no pueden resolver la ecuación: ni con Vox ni sin Vox.
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