Vía Augusta
Alberto Grimaldi
Ni con Vox ni sin Vox
No tengo ningún interés en saber a qué se dedica Elisa Mouliaá, sus fobias o filias, su ideología, con quién sale o qué le gusta. Ni la conozco ni creo que la vaya a conocer nunca. Pero no paro de pensar los tremendo que es ser una –¿habría que decir presunta?– víctima de agresión sexual... Lo de Eva nos ha marcado la inocencia de Adán. Él no es responsable de nuestra expulsión del Edén, sino que ella con su perversidad natural, por ser mujer, nos llevó a la perdición. Este modelo ha servido para justificar que si una mujer camina desnuda por la calle, la violación es una consecuencia natural que no puede extrañar. Van como putas.
Me pregunto qué hay que analizar en una mujer que denuncia por agresión. Él es presunto y debe ser procesado. La idea del consentimiento es clara: cuando una considera que alguien se lo ha saltado, denuncia. El análisis de las pruebas y los hechos deben determinar la culpabilidad; ella no tiene que demostrar nada, porque si está loca, estaba borracha, inquieta, deprimida o eufórica y si es un poco pispa, iza, rabiza, colipoterra, hurgamandera o putaraçana, eso no la califica en absoluto y menos habla de ser o no víctima. Y si me apuran debería ser agravante para el agresor, incluidos los puteros: esclavistas. La veo en su desesperación cambiando de estrategia, decidiendo al día, y los abogados (del Diablo) frotándose las manos para tirárselo procesalmente a la cara aludiendo a una falta de seguridad jurídica del acusado. Y lo peor y en la RTVE pública veo (solo la punta del Iceberg) a dos mujeres reprochándole el daño que hace a otras víctimas con sus derivas (admiradísimo Xabi Fortes, ahí estuvo usted poco fino como moderador). ¡No!
Los hechos no cambian por la personalidad del denunciante. En quien hay que centrarse es en un tipo rijoso, vicioso, lascivo, obsceno e incontinente que te espeta ante un posible abuso: “Usted ¿cómo liga?”. Porque esta pregunta, esa duda ofende a la historia de la humanidad, especialmente a la que el mundo clásico y la tradición judeo-cristiana-musulmana catalogó como receptáculo inánime con fines reproductivos, equivalente al esclavo o siervo en su obligación de obediencia y supeditación por falta de caletre.
Me avergüenzo. Soy un tío y para colmo, lamentable, heterosexual que yo haya probado. He intentado superar mis atavismos hipermachistas (una forma de racismo, no lo olviden) sin éxito. Me esfuerzo denodadamente, al menos, por ser empático. Por favor.
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