En los años ochenta había que tener un camión para ser feliz. Palabra de Loquillo. Muchos politiquillos de hoy para sentirse alguien tienen que tener coche oficial y secretaria. Les ocurre como a esos matrimonios pesados que necesitan tener servicio para sentirse señores y, sobre todo, darte la brasa en las cenas con sus experiencias con la pareja de filipinos, la boliviana o la colombiana. Qué tropa. Ábalos dejó al desnudo la concepción que demasiados representantes y dirigentes públicos tienen de su actividad, una mera vía para alcanzar un estatus que les permite trabajar poco, disponer de coche con conductor en la puerta de casa o del restaurante y por supuesto de una secretaria.

Daba entre lástima y risa que el tipo que es investigado en una trama de mordidas de más de 50 millones de euros y que ya es un apestado oficial en su partido, trate de ganar indulgencias al revelar que le han dejado sin secretaria y sin coche. ¿En qué mundo vive esta gente? ¿Tanto atrofia la política el sentido de la percepción de la realidad?

No es que algunos no tengan un puesto de trabajo al que retornar, es que muchos no quieren ni a tiros volver a sus empleos. Porque tendrían que cumplir objetivos y levantarse temprano. Porque tendrían simplemente que trabajar. Y hay demasiados que se niegan una vez que han probado la mamandurria. ¿Qué sensación de impunidad se experimenta no ya al consentir un caso de corrupción, cosa que serán los jueces quienes lo determinen, sino al presentar el no tener coche ni secretaria como razones para generar alguna suerte de piedad? No se enteran de que su parafernalia de poder nos importa poco, sus discursos de consumo interno nos provocan risa y les hacen caer en el ridículo, sus engolamientos de artificio les traicionan porque hacen ver entre el tontorrón y el niño chico que llevan dentro... Son críos en el mejor de los casos. Ábalos tiene un problemón encima. Y nos ha dejado unas perlas con su discurso que, al margen de la gravedad del caso Koldo, retratan a una mayoría de la clase política. Los periodistas sufrimos en privado unos discursos trufados de tantas estupideces como las de los matrimonios pretenciosos.

No se fíen de alguien que les refiere varias veces “mi secretaria” o que alude al “coche oficial”. Los mindundis solo traen problemas. Pedro Sánchez lo hizo. Y lo pagará. Quizás se fije el inicio del tardo-sanchismo en el caso Ábalos. Alguna vez hemos referido el ejemplo de don Manuel Clavero, al que alguien muy sorprendido le preguntó por su dimisión como ministro del gabinete de Adolfo Suárez. “¿Pero cómo se ha ido usted del Ministerio?”. “En un taxi”. Se fue en un taxi.

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