CAMPO CHICO

Alberto Pérez de Vargas

La Peña Miguelín

Sin la Peña Miguelín no se puede escribir la historia social de la Algeciras de las últimas décadas

Interior de la Peña Miguelín Interior de la Peña Miguelín

Interior de la Peña Miguelín / Nacho Marín

No es un tiempo de esos en los que cabe esperar que se mantengan las referencias tradicionales; los cambios son de tal alcance y de tal naturaleza, que una buena parte de lo que fue y se significó en las vidas de los que lo vivieron formando parte de su cotidianidad, ya apenas si pasa de ser una simple percepción en las nuevas generaciones. Mi edad y circunstancias me han permitido ver la pérdida irreparable de muchos seres queridos, de amigos entrañables que jamás se irán de mis sentimientos y de mis ensoñaciones. No es diferente lo que sucede con las instituciones, con tantas iniciativas que el tiempo ha diluido como si tal cosa. En no pocos casos, paradójicamente, esas iniciativas han desempeñado un papel de primera en la preservación de nuestras esencias y en la configuración de nuestra idiosincrasia. Pero es lo que hay, sobre todo si los realizadores principales de la presencia y rol social de esas iniciativas no han sabido, o no han podido, mantener el tipo de la nave a cuyo timón los había puesto el personal de a bordo. La resistencia a la renovación y al cambio, de los más conservadores acaba reduciendo las sociedades a la insignificancia y a la nada.

Se anuncia el cierre de la Peña Miguelín, una sociedad sin la que no se puede escribir la historia social de la Algeciras de las seis última décadas. Sin embargo, estoy seguro de que serían pocos los jóvenes que podrían decir una palabra sobre ella. Mortecina desde hace demasiado tiempo, a la espera de no se sabe qué, habiendo incluso prohibido el acceso –en una ciudad abierta como la nuestra− a los que no fueran socios, ahora ya parece que sus directivos han decidido tirar una toalla que ya estaba, de hecho, por los suelos. A pesar de la buena voluntad de la familia del titular y a pesar de la generosidad del arrendador del local; con medio centenar escaso de socios de edad avanzada, la peña ha dispuesto su desaparición. Porque no cabe esperar una intervención reparadora del Ayuntamiento. No sólo porque no puede hacerlo en toda la dimensión que sería necesario, sino porque además no da la impresión de que exista ni el espíritu ni la sensibilidad necesarios para ponerse a ello. Basta considerar la parsimonia, cuando no la indiferencia, del Consistorio en otras ocasiones y el largo camino que recorren donaciones y cesiones de gran importancia cultural e histórica, hasta que se les hace un poco de sitio en alguna parte. Me temo que hacer del Ayuntamiento un asidero para la toalla no va a ser posible.

Un museo, en un supuesto del que hablan, eso sí, bajito, en la Alcaldía no reemplazaría a la peña. Ya tendrían que haber pensado en ello como lo están haciendo en el caso de Paco de Lucía. Algeciras es una ciudad de una extraordinaria tradición taurina y Miguelín fue una primerísima figura de la tauromaquia, un torero de toreros, como decía de él Miguel Márquez; una personalidad cuya relevancia, en su universo, es comparable sin paliativos a la del genio de la guitarra flamenca en el suyo. Precisamente a causa de una cogida de Márquez, se dio el hecho histórico sin precedentes ni consecuentes, de que un torero, Miguelín, cortara seis orejas, dos por cada toro de los tres que toreó, en la primera plaza del mundo, en La Monumental de Las Ventas; era un 3 de julio, el de 1968, y se corrían toros del Marqués de Domecq en la Corrida de la Beneficencia, tradicional cita taurómaca con más de tres siglos de existencia.

Papeleta del sorteo de Navidad de 1990 con las pastorada de la Peña Miguelín Papeleta del sorteo de Navidad de 1990 con las pastorada de la Peña Miguelín

Papeleta del sorteo de Navidad de 1990 con las pastorada de la Peña Miguelín / E.S.

Los años ochenta, cuando la sociedad española se estaba planteando su futuro, fueron para la Peña, con el torero aún joven pero ya retirado, especialmente brillantes. Antes, en 1975, había sido una de las que transformó la feria hasta hacerla mucho más familiar y compartida. La Pastorada, dirigida por el inolvidable Manuel Fernández “Bollo”, en la que su compadre, el gran Bernardo Pérez, tocaba la zambomba, mantuvo contra corriente la tradición, casi desaparecida en ese tiempo, de las rondallas. Viajó a Madrid, actuó en la SER y paseó por el centro histórico de la capital sus canciones y villancicos, y el ritmo inconfundible de la Navidad. Una de ellas recogía unas estrofas de cada uno de los pasodobles de las ciudades del Campo de Gibraltar; un testigo activo podría contarlo de corrido, Manuel García Campillo. Una papeleta del sorteo de Navidad de 1990 recoge una fotografía de la Pastorada con el entonces presidente de la Casa del Campo de Gibraltar en Madrid, el linense Manuel Matías, en la escalerilla que hay junto a la sede actual de la Peña. Un recorte de prensa, extraído de una revista gráfica, “Plaza Alta” (1993), que editaba Miguel Ángel del Águila y en la que escribían, nada menos que Prieto Poza y José Vallecillo, recuerda el homenaje que rindió ese año a La Pastorada, la Peña “El Chumbo”, otra de nuestras más significativas sociedades.

Recorte de la revista Plaza Alta de 1993 Recorte de la revista Plaza Alta de 1993

Recorte de la revista Plaza Alta de 1993 / E.S.

El alma de estas entidades es la restauración. Solo se mantienen las pocas que han sabido llenar de ese contenido su sede y de establecer una estrategia de localización urbana inteligente. La Peña Miguelín apenas si tenía actividades en los últimos años, había perdido a sus socios más significativos, los más fallecidos, y andaba con problemas de ambigú, causa ésta de inevitable decadencia. Si bien es verdad que hace falta mucha imaginación y mucho interés para enderezar los efectos del ser y el escenario de la institución. Pionera en el Carnaval Especial, mantenedora en soledad de la tradición de las rondallas de Navidad, adelantada de la feria y de la tauromaquia local y aglutinadora de muchísima solera, de muchísima densidad social, no debiera desaparecer. Perdería la ciudad y porque es la ciudad la que pierde, debiera ser tarea para las autoridades municipales la búsqueda de una solución reparadora.

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