No hay que ser un experto para adelantar que las semanas de confinamiento que acabamos de vivir en compañía de la angustia y la incertidumbre van a tener efectos colaterales en las personas. Ahora pueden no ser visibles, pero tarde o temprano aparecerán. Me llegan noticias de gente que se ha habituado a refugiarse en esa especie de útero materno que representa la calidez del hogar y ya no les apetece salir de allí. Bueno, si son de alto riesgo, podría justificarse, porque el virus sigue por ahí, vivito y coleando. Tengo para mí que estamos asistiendo, en paralelo a una posible mutación del virus, a una mutación del Síndrome de Estocolmo. Ya saben ustedes, la secuestrada que se enamora del secuestrador o el que justifica sus acciones delictivas. A todos la pandemia nos ha quitado tiempo de vida normal pero a los más mayores ese tiempo robado además tiene un valor especial, porque el horizonte temporal les es cada vez más corto.

Este cocoonismo es especialmente peligroso, en menores y adolescentes. Si al miedo le sumamos las horas delante del ordenador, alejado de la realidad y jugando al Fortnite por lo común, las consecuencias pueden ser muy graves y se tendrán que tratar como una adicción. No le arriendo las ganancias a los padres que pasan olímpicamente de estos comportamientos de sus hijos, porque la valla que ahora no quieren saltar se les aparecerá más adelante con el doble de altura. Te encuentras también con gente que ha tenido o está padeciendo trastornos del sueño. Los nombres comerciales de los tranquilizantes y ansiolíticos son hoy tan de dominio común, como lo era antes el de la Aspirina. Martirio, se adelantó a su tiempo, cuando puso en boca de un ama de casa, aquello de: "Necesito una pastilla pa ponerme a funcionar". Mientras esperamos la vacuna que no acaba de llegar, el remedio típico, sin conservantes ni colorantes, es armarse de paciencia. Ya sé que esta virtud no tiene buena prensa, porque sus adalides en la Biblia recibieron más palos que una estera cuando la cultivaban. Predicarla además en estos tiempos de inmediatez, en los que todo se quiere pronto y ligero, podría parecer insensato.

Entre las miles de frases pretendidamente lapidarias que se reciben por WhatsApp, en estos días, he recibido una de mi amigo Pascual, el médico sin fronteras, al que le huele el pelo a pólvora, por los peligrosos destinos que lleva en la mochila. Es de Avicena, el sirio padre de la Medicina, y la escribió en el siglo X. Dice así: "La imaginación es la mitad de la enfermedad; la tranquilidad es la mitad del remedio; y la paciencia es el comienzo de la cura". El que viva lo verá.

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