Un cortado
Alessio González
Vapear mata
El Corán no menciona el burka. Nunca. Lo que sí menciona es modestia, para hombres y para mujeres por igual. El burka nació antes del islam, entre tribus pastunes de Afganistán y Pakistán, para ocultar a las mujeres durante los asaltos de clanes rivales. El cuerpo femenino como bien a custodiar, no como persona a respetar. Los emires afganos del siglo XX lo convirtieron en símbolo de estatus. Los talibanes, en 1996, lo convirtieron en ley para todas las afganas sin excepción. No fue ninguna revelación divina. Fue política de tribu: cosida en tela y llamada norma. Yo he visto fotografías de afganas que eran médicas, profesoras, periodistas. Mujeres con nombre, con voz y con futuro. Hoy sus hijas no pueden estudiar más allá de los doce años. No pueden trabajar. No pueden salir solas a la calle. No pueden cantar ni recitar ni hablar en voz alta donde las escuche un hombre que no sea de su familia. Sus zapatos no deben hacer ruido para no excitar a los varones. Sus ventanas, opacadas para que nadie las vea desde la calle. Su voz, legalmente declarada obscena. En agosto de 2024 los talibanes lo codificaron en 35 artículos de ley. En febrero de 2025 cerraron la única radio que les daba voz. La ONU lo llama apartheid de género. El 64% de las afganas no se siente segura saliendo de casa. Y a mí se me rompe algo por dentro cada vez. Todo eso llega aquí cosido en tela. Y en España algunos lo llaman libre elección. La semana pasada el Congreso rechazó limitar el burka en espacios públicos pero PP y VOX han abierto una vía alternativa. Los que votaron en contra no trajeron ninguna alternativa para las mujeres que lo llevan bajo coacción familiar. Ningún recurso, ningún plan de acogida, ninguna propuesta concreta. Solo la palabra islamofobia, lanzada como escudo para no tener que responder. No discutieron el fondo. Discutieron el proponente. Eso no es feminismo. Es pura comodidad. Separar religión de tradición opresiva no es intolerancia. Es lo que llevamos siglos exigiendo aquí mismo, en casa, con nuestra propia historia. Nadie llama racista al juez que condena la ablación genital porque forme parte de una cultura. A estas mujeres las abandonamos dos veces: primero los suyos, luego nosotros. Y el abandono siempre tiene el mismo rostro: el que no se puede ver.
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