Crónica personal
Pilar Cernuda
Una jugada poco maestra
Amaría Jesús Montero le ha caído la mundial por su propuesta de una “ley de lenguas andaluzas” destinada a “trasladar el valor de expresarnos como andaluces con orgullo y sin complejos, siendo capaces de defender nuestros orígenes”. La verdad es que la propuesta puede sonar un tanto exótica, como tantas de las que se hacen en campaña electoral. Pero también hay que reconocer que la candidata Montero está destinada a que le caiga la mundial, de aquí y hasta que en junio se celebren las elecciones, por todo lo que diga y por todo lo que deje de decir. Es el sino del candidato, que se agiganta cuando se tienen todas las que perder.
Si dejamos a un lado la distinción académica y científica entre lengua como el sistema de reglas de un idioma y habla como el uso que se da a ese conjunto normativo, María Jesús Montero no ha dicho nada que no haya dicho antes y defendido con ahínco Juanma Moreno. El andalucismo, adoptado con la furia del converso, del que hace gala en los últimos años el presidente de la Junta lo llevó a dar publicidad a finales de 2024 –hace nada y menos–, con gran aparato propagandístico, a un protocolo firmado con la Fundación Rojas Marcos por el que la Junta asumía la defensa y el fomento del habla andaluza en todos los ámbitos de la vida pública como “una acción institucional”. Entre muchas cosas, incluía “el uso del habla andaluza en actos oficiales y medios de comunicación” y su promoción universitaria “mediante investigación y actividades de divulgación”. Juanma Moreno dijo entonces que el habla andaluza “es un elemento básico de identidad de Andalucía”.
De lo anterior se deduce que Montero y Moreno hablan el mismo idioma y dicen lo mismo. La propuesta de la candidata vista desde el Palacio de San Telmo no debería ser considerada un exotismo inaplicable, sino una materia en la que los dos partidos mayoritarios en Andalucía podrían ponerse de acuerdo en cuestión de minutos. Pero no estamos hablando de habla, ni de cultura ni tan siquiera de Andalucía, sino de política y de campaña electoral. Otra cosa es la opinión que a cualquier andaluz le pueda suscitar ese andalucismo de cartón piedra e impostado que parece haber poseído a los principales líderes de la región. Esa es una cuestión de la que convendría hablar, aunque fuera en andaluz más o menos normativo.
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