Bigote y pistola

26 de febrero 2026 - 03:08

Lo más estable es el cambio, decía Heráclito de Éfeso en el siglo V a. C. Hoy cualquier gurú repite que todo va muy deprisa y le hacemos la ola. Listo el gachí. No. El mundo se mueve bajo nuestros pies y lo intuimos, pero nos tienen entretenidos con pantallas, poco libro, demasiada tele y más deporte. Lo que no vemos es lo que viene. Dejamos atrás una época tan apasionante como incierta sin darnos cuenta. Mientras escribo estas líneas, se cumplen cuarenta y cinco años de aquel guardia civil que entró en el Congreso pistola en mano. Parece que han pasado cuatrocientos. El mundo ya no se parece en nada, aunque seguimos peligrosamente cerca de algunos puntos de partida nefastos. España continúa siendo una anomalía europea, en sentido orteguiano.

Hace cuarenta y cinco años yo era un adolescente. Mi padre vino a buscarme al instituto. Los mayores tenían miedo; los jóvenes mirábamos la realidad con el asombro de lo que no habíamos vivido nunca. Hoy solo queda la imagen congelada: la pistola, la mano temblorosa, el bigote bajo el tricornio. Pura memoria que se desvanece, como la escena final de La vaquilla. Puro Berlanga. Nunca le pedimos a la realidad que nos desengañara. Tal vez por eso no sé qué fue más triste: lo que contaban nuestros abuelos de la larga posguerra o aquel bigote empuñando una pistola.

Quizá aquel tricornio apostolado en el Congreso fue menos trágico de lo que parecía y bastante menos patético de lo que somos ahora, porque quedó en la retina retratada una risa que el recuerdo no ha podido borrar.

Olvidamos selectivamente, tanto que ya no me acuerdo de si el bigote apuntaba al techo o la pistola al suelo. Luego llegó el alcalde de Barcelona, con su barba latino-che que no pegaba ni con cola —porque era urbanita de Barcelona—, y allanó el camino separando el ruido de sables de la carretera. Nos creímos en la senda del éxito. Craso error. De aquellos renglones torcidos, esta caligrafía actual que no hay quien entienda. No hay nada peor que desencantarse cuando se sale de un desastre y el tempo nuevo se transita plano. No hay nada más triste que lo que nunca se ha tenido. Nada hay más amado que lo que se perdió como dijo el trovador y reveló sin saberlo la paradoja española de los últimos 50 años: que lo que encontramos después no hemos sabido integrarlo. El resultado es este escenario ambiguo en el que andamos tan desnortados como confundidos. El trovador hablaba de amor. El futuro nos lo dirá.

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