Por montera
Mariló Montero
Se nos sigue helando la sangre
No recuerdo su nombre. Pero sí perfectamente su apellido: Cienfuegos. Un tanto irónico para el que fuera mi profesor de natación en la piscina del club de empresa de la Renault en Gines. A mediados-finales de los 80 no se había inventado el mindfulness ni el buenrollismo. Los métodos de enseñanza estaban en pañales y aquello del Montessori era poco menos que una excusa para abrir colegios de pago.
El programa de natación de Cienfuegos era sencillo. Primero nos ponía a chapotear en el bordillo para calentar las piernas y luego a dar brazadas. En los descansos, cuando menos te lo esperabas, te tiraba al agua a ver qué pasaba. La mayoría de las veces me cogía desprevenido y cuenta mi madre –que nos observaba a mi hermano y a mí desde la valla de la piscina– que emergía como un renacuajo buscando el aire.
Mis padres pretendían que aquel mes de julio aprendiese a nadar para estar más tranquilos cuando, en agosto, la piscina cambiase por las aguas abiertas de la playa de Palmones. La chimenea de la térmica ya presidía un litoral en el que la franja de arena para llegar desde la orilla al chiringuito de Chano era mucho más ancha; pero donde los socorristas, si estaban, en escasas ocasiones se dejaban ver.
El caso es que Cienfuegos, al ver mis escasos progresos, siempre me gritaba que nadase. “Si no aprendes, el último día te daremos una medalla de papel”. Así de majo era el paisano. Aquello se me quedó grabado y siempre intentaba dar lo mejor de mí para desplazarme por las inhóspitas aguas de la piscina de adultos. Con cinco años, lo que me molaba era ir a la pileta pequeña, donde se podía llevar flotador y todo era seguro y plácido. Vamos, que aquello de aprender a nadar y hacerme adulto no iba demasiado conmigo.
El día de la exhibición al final del cursillo me desperté con fiebre. Seguramente somatizada por pensar en aquella tortura. Cienfuegos acabó dándome una medalla de metal, como a los demás, aunque el síndrome del impostor me perseguirá de por vida porque a duras penas soy capaz de dar unas pocas brazadas.
Todo esto viene a cuento por la arrastrada que se ha pegado María Corina Machado, quien esta semana ha entregado la medalla que simboliza su premio Nobel de la Paz al presidente estadounidense, Donald Trump. El magnate que se ha propuesto moldear el mundo a su antojo se ha llevado una medalla, pero los premios se ganan y no se regalan. En su caso, ya no es una medalla, sino un trozo de metal sin valor alguno.
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