El Estado

05 de enero 2026 - 03:05

Si me diesen a elegir una teoría política con la que encajaría mi forma de ser, sería la del anarquismo incipiente del S.XIX. El anarquismo pedagógico de Eliseo Reclús, padre de la Geografía Social, o Ferrer i Guardia, creador de la Escuela Moderna, basada en los individuos autónomos, racionales y críticos, organizados en pequeñas colectividades, responsables de cada una de las decisiones tomadas en común; creciendo en armonía; compartiendo todo con el grupo en inscritos en la Naturaleza.

Pero claro, después de conocer la realidad diaria de los que son incapaces de colaborar con sus vecinos y actuar bajo una fórmula magistral arreglalotodo e incapaces de ver más allá de sus narices, me percaté de la imposibilidad de esa utopía al completo, que se basa en la afirmación rotunda de la bondad y ayuda mutua.

Así es que, ahora mismo, donde muchos niegan la necesidad de la existencia de las instituciones básicas de la democracia, soy defensora del sistema en el que teóricamente estamos viviendo; pero me preocupan terriblemente los ataques que se derivan de negar la división de poderes, de un Estado democrático o la defensa de este sistema por aquellos que no creen en él.

No me gustan, en líneas generales, la actuación de muchos de los políticos, de todos los espectros ideológicos, que actúan en el panorama actual; pero sí veo la necesidad de su existencia. Cuarenta y siete millones de personas no pueden dirigir nuestro país, tan diverso y rico. Es la democracia indirecta, la de escoger a unos representantes, para cada nivel político, la que nos puede hacer funcionar de forma armoniosa. Para ello, claro está, tenemos que implicarnos en la participación ciudadana y garantizar que los que nos vayan a representar en todos los escalones del Estado sean dignos. Ni siquiera trato que sean perfectos, porque sería negar una de las realidades innatas del Ser Humano: la de equivocarse.

Ese eslogan tan populista del “Pueblo salva al Pueblo”, así, en masa, lo mismo da para una acción heroica que para, en un momento de enajenación mental, ajustarle las cuentas a cualquiera. Para eso están las normas y leyes, para no volver a la Ley del Talión, ni la del más fuerte, sino a la que se ha ido construyendo fruto de la reflexión; y si son imperfectas, habrá que mejorarlas en una asamblea nacional, pero no de la mano de los que pretenden “salvarnos” a golpe de imponer sus ideas y negar las que puedan surgir del consenso. Dos siglos de la aparición de “salvapatrias” me han vacunado de por vida.

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