Descreídos

14 de enero 2026 - 03:05

Hace justamente un mes escribía un artículo que se publicó el 5 de enero en el que reflexionaba sobre la necesidad del Estado y lo terrible que era que muchos ciudadanos no creyesen en las instituciones que lo conformaban y que se priorizase ante todo lo individual frente a lo común o público. Ha bastado menos de un mes para que la crítica incorpore a lo que ahora sé que es primordial, las propias instituciones y quiénes la representan.

Llevo toda mi vida trabajando sobre los hechos históricos y esto, creía yo, que me preparaba ante la aparición de cualquier anormalidad, pero no me podía imaginar que el descaro de un presidente de EEUU, la democracia más antigua de Occidente, fuese a arremeter contra el Derecho Internacional que se ha ido gestando desde los albores del Renacimiento, léase Padre Vitoria en el S. XVI, o sobre todo desde la II Guerra Mundial y la laboriosa creación de supra estructuras internacionales que interviniesen para a través de la actividad diplomática evitar las guerras. Y dice, sin dejar el matonismo y macarrismo histriónicos que le son consustanciales, que necesita el petróleo, no para defender la democracia (si es que la intervención por la fuerza en un país soberano se puede tildar como acto democrático) y además anexionarse Groenlandia, que desde 1740 pertenece a Dinamarca, miembro perteneciente desde el inicio a la OTAN y pretende ir por todas aquellas naciones que tengan materia prima que quiera.

Esto podría producir hasta risa si no fuese una potencia nuclear que cree tener poder sobre tirios y troyanos. Pero lo que a mí me ha causado estupor y pánico no es solo lo que parece obra de un líder mercantilista rodeado de una corte de avariciosos patricios; a mí lo que me deja sin resuello es comprobar que tras el órdago de este Trump sin partitura, es la respuesta, o mejor dicho LA NO RESPUESTA, el silencioso cómplice o cobarde de los líderes de las instituciones mundiales. Nadie dice nada; nadie hace nada. Ni lo que puede estar en sus manos antes de un enfrentamiento bélico, el bloqueo o el boicot económico, o la unión de sus instituciones, así que lo que pesa en el ambiente es el silencio ominoso de unos líderes que desde la UE, ONU, OTAN, OPEP… han olvidado por qué existen.

Ahora resulta que quiénes no creen en las instituciones son aquellos que las representan. A los pobres gazatíes y ucranianos, les digo que a lo mejor los siguientes en caer en las garras de la guerra seremos los descreídos del primer mundo.

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