Un delta sin río

06 de marzo 2026 - 03:07

Las ciudades se aferran a sus nombres con la tozudez perseverante de los amantes desesperados. Nada queda de la torre vieja que nominó una joven población alicantina; tampoco de antiguas bellas vistas desde donde hoy no se disfruta nada.

El topónimo de Algeciras hace referencia a dos espacios geográficos que su propia historia ha sepultado. La tierra posee el valor telúrico de elemento matriz, aunque por estos pagos ha sido removido a cuenta de pragmáticos intereses. El lexema urbano designa dos realidades extralingüísticas: la primera es la isla, una ínsula verde que en la cartografía histórica se representó como un islote de forma oblonga bordeado por lineales arrecifes que se extendían protectores frente a la desembocadura del río de la Miel. Por su situación, sirvió como espacio fortificado para una ciudad que tuvo en ella custodia y refugio. Además, sirvió como defensa frente a los temporales marinos. Con los años, se convirtió en lugar estratégico al servicio de un puerto en expansión que la utilizó primero como base de su primer rompeolas hasta que, con el tiempo, acabó engulléndola. El segundo referente fue su río, que dividía dos poblaciones erigidas como una sola junto a él. Esa dualidad forma parte del topónimo como muestra su -s final.

Si la isla fue rodeada de tierra por el puerto, el río fue cubierto de tierra por la propia urbe. Hace más de medio siglo, su tramo final fue tapado por soterradas bóvedas y se diseñó un trazado paralelo y subterráneo que partía de las inmediaciones de Pajarete y atravesaba buena parte de la población hasta desembocar en las proximidades de la también sepulta playa de Los Ladrillos. Entre modernos centros comerciales y zonas de bajas emisiones, unas fauces cuadradas de hormigón son todavía instrumentos impasibles de trasladadas desembocaduras. A través de esos orificios, la corriente ha regurgitado sedimentos en forma de apuntadas lenguas de arena que se han depositado sobre los antiguos sablones sepultos. Las persistentes precipitaciones de este invierno tan lluvioso han aumentado la extensión de los depósitos sólidos. Si no se realizan nuevas intervenciones, con el paso del tiempo, el río invisible y sepulto puede generar un joven delta; toda una paradoja o una jugarreta del destino: un delta sin río.

Isla, río, hipotético delta… componen un listado de accidentes geográficos relacionados con la ciudad, aunque este último terreno ganado al mar no formará parte de su topónimo, demasiado acostumbrado a tozudas perseverancias de realidades perdidas y poco hecho a lo que está por venir.

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