Un plumillas casi mata al primer ministro eslovaco. Su hijo dice que su acción solo puede explicarla un “cortocircuito” que cree que ha sufrido. Europa desciende a los abismos. Se barrunta implosión comunitaria. El 9 de junio los europeos votamos en unas elecciones para las que carecemos de conciencia europea. En Algeciras se fue a la playa en las municipales el 52% de la ciudad. El 9 de junio ya pega tomarse un mojito en el Tumbao.

Los comicios europeos de este año se plantean con una lógica preocupación por el avance de la ultraderecha, que en breve gobernará los Países Bajos y que gobierna ahora, precisamente, en Eslovaquia. Robert Fico, primer ministro del país, se define a sí mismo como un socialdemócrata de la misma forma que la Alemania comunista se autodenominaba República Democrática Alemana. Ser racista, homófobo y antieuropeísta jamás justificará que te peguen cinco tiros, pero su caso es útil para escenificar algo estúpidamente evidente: aunque se tienda a decir que la culpa es siempre es el otro, casi siempre de posiciones ultraconservadoras, la polarización nace de una responsabilidad colectiva.

En Eslovaquia se han asustado y han pedido mesura. Han dejado de culpar a la ideología para condenar el fanatismo. Aquí, la noche del atentado contra Fico empezaron a lubricar el fusil para disparar la mañana siguiente. Cuando a la todavía ministra Ribera le preguntaron por el intento de asesinato de Fico pidió a la derecha y a la ultraderecha que se calmen para que no tengamos “un disgusto”. Habla de insultos cuando en el Gobierno al que pertenece está el ministro que más vomita contra el adversario de la historia de la democracia, y recuerda que en nuestro país ha habido muchos magnicidios o intentos de magnicidio. Menos Prim, casualmente todos contra conservadores. En nuestra historia reciente a Aznar casi lo mata ETA, y no fue de tal gravedad, pero a Rajoy le pegó un puñetazo un chaval que hace menos de un año acuchilló a un periodista de La Voz de Galicia.

Ribera lanzó el anzuelo y el PP picó. Miguel Tellado, con su dialéctica de bazuca, dijo que lecciones las justitas porque el Gobierno blanquea el terrorismo al apoyarse en los “herederos” de ETA. Existe hoy la concepción entre la clase política de que rebajar el tono es mostrar síntomas de debilidad. Toda una generación de dirigentes lleva tiempo sentando el peligroso precedente de que entenderse con el rival es malo, pues mala es su democracia. Hacen falta políticos débiles que alerten de que la gran desgracia llegará el día en el que esto sea ya irreversible. Habría que alarmar menos con los lobos que vienen a comerse a las ovejas y compartir más rebaño por si algún día, de verdad, vuelven.

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