Vía Augusta
Alberto Grimaldi
Silencio en Adamuz
SOY consciente de que llego tarde, pero no quiero que me alcance la muerte, siempre tan ladina y emboscada, sin decir algo sobre el asunto de Bad Bunny en la final de la Super Bowl. Me extrañan los entusiasmos que ahora levanta el cantante portorriqueño en personas que nos criamos con la caña guitarrera y cuidadas letras de Los Elegantes. La escenografía de B. B. me pareció digna de una de esas comedias románticas que transcurren durante unas vacaciones en una feliz república bananera, con todos aquellos señores bailongos con camisas de lino crudo y jipijapas. Pero esto no son más que melindres y gruñidos decadentes. Lo verdaderamente curioso es la ola de orgullo hispano que ha levantado la actuación de Bad Bunny en su español algo macarrónico y procaz, más del porno que de la épica. Se ha destacado, y con razón, la valiente y desacomplejada reivindicación que hizo B. B. de un idioma que, pese a su enorme músculo en EEUU, ha sido marginado y perseguido por el gringo Trump, vociferante reedición del supremacismo anglosajón (anglocabrón, diría García Serrano), aunque con algunas concesiones a la galería, como el haber nombrado al hispanísimo Marco Rubio (una luz en las tinieblas, pese a lo que dicen) como secretario de Estado (vulgo ministro de Exteriores).
Emocionante ha sido que muchos de los que han sacado pecho con el uso del idioma español por Conejito Malo en la final de la Super Bowl son los mismos que justifican, si no impulsan, la marginación del idioma de todos en las comunidades autónomas con lenguas vernáculas. Hasta Asturias, antaño cuna orgullosa de la patria, empieza a dar señales inquietantes con su Xixón y su Uviéu. El otro día nos enterábamos que Baleares ha vuelto a recuperar el castellano para sus publicaciones tras tres décadas de ostracismo. Lo ha hecho gracias a Vox (por si después alguien se rasga las vestiduras con el avance del partido de Abascal). Como ha dicho el Rey, la mejor manera de honrar a la Constitución es cumpliéndola. Con la lengua común no se está haciendo.
Por último, enternece el entusiasmo de aquellos negrolegendarios que, después de hacer una impugnación absoluta a la acción de España en América, ovacionan los ripios hispanos del puertorriqueño. ¿En qué quedamos? ¿Es el español una herencia del apocalipsis colonialista o un idioma que unifica a toda una comunidad desde California hasta Tierra de Fuego, pasando por Zamora?
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