El último diluvio

20 de febrero 2026 - 03:08

Los mitos intentaron dar respuesta más o menos intencionada a todo lo que producía inquietud en el ser humano, pero también han sido una excusa. El desamparo ante las inclemencias meteorológicas severas nos ha angustiado siempre. Quizás por ello, surgió la leyenda del diluvio en el texto sumerio de Ziusudra; en el Poema de Gilgamesh babilónico; en el libro del Génesis, donde se acotó por vez primera su duración: cuarenta días con sus cuarenta noches o en el Corán, donde Nuh ejerció como salvador de la humanidad. Los interminables periodos de lluvia se recogieron en la tradición china de Gun-Yu, en la hindú de Manu, en los tres diluvios griegos de Deucalión, Dárdano y Ogiges; en las inundaciones americanas chibchas, mapuches, mayas o aztecas y la africana de Moussaye. Gabriel García Márquez multiplicó la duración del diluvio literario sobre Macondo hasta los cuatro años, once meses y dos días.

Muchas semanas ha estado lloviendo sobre nuestra tierra durante estos últimos meses: 3.331 litros sobre Grazalema o 2.918 sobre sierra Luna. Son cifras superlativas que han causado estragos en lugares próximos y queridos que se han convertido en protagonistas de la información nacional. La constante y abundante lluvia ha provocado inundaciones, desalojos, multitud de angustias, pero también ha llenado nuestros embalses y ha generado una respuesta eficaz y responsable de dirigentes, del personal encargado de la seguridad, protección y salvamento, así como toda una ola de cooperación ciudadana, que no es poco.

Este invierno de tantas borrascas también ha despertado recuerdos de infancias igualmente lluviosas: de mañanas húmedas cuando nuestras madres nos cubrían de ropa impermeable y botas de agua para no faltar ni un solo día al colegio; de calles eternamente encharcadas; de canalones de hierro que vomitaban el agua de tejados donde crecían matas y crenchas que no se secaban hasta llegada la Feria; de paredes cubiertas de verdín y de muros interiores donde las manchas de humedad daban paso a goteras que repetían el metódico compás de su caída sobre viejos cubos de cinc; de miradas al cielo preocupadas, pendientes del bramido de una corriente que se desbordaba en el Río Ancho con la metódica periodicidad de los ciclos constantes. Durante estos meses hemos vuelto a vivir la destemplanza de una naturaleza que creemos dominada, aunque de vez en cuando muestra todo el poder de su fuerza y desvela nuestro desamparo. Igual es una sana advertencia; igual por eso seguimos recurriendo a mitos más actuales pero con la excusa y la intencionalidad de siempre.

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