La esquina
José Aguilar
Sísifo revive en la izquierda radical
En los mentideros se preguntan cómo sube en cada elección un partido antisistema, sin programa, henchido de orgullo patrio, devoto de Milei y Trump. Vox es un sumidero al que van los votos de una España cabreada, en especial joven. Se explica como un fenómeno global, influido por las redes... Pero no es nuevo que el populismo de extrema derecha crezca cuando los guardianes de la Constitución hacen mal su trabajo.
Hubo un buen ejemplo en Francia, cuando en 1986 terminaba la primera legislatura bajo presidencia de Mitterrand: ante el avance en los sondeos de gaullistas y centristas, el presidente socialista y su primer ministro Fabius cambiaron la ley electoral. Eso que ahora parece tan atroz cuando lo propone Trump en Estados Unidos. La Asamblea Nacional aprobó pasar del sistema mayoritario a dos vueltas a uno proporcional, para que el Frente Nacional de Le Pen restara escaños a las derechas y los socialistas siguieran en el poder. Y el FN sacó por primera vez un nutrido grupo parlamentario de 35 diputados.
El RPR y la UDF sacaron mayoría absoluta en esas legislativas del 86 y revocaron el sistema proporcional. Pero, como en el poema de Goethe, los aprendices de brujo no pudieron deshacerse de los espíritus que habían convocado. Le Pen padre y después su hija ya no abandonaron la primera fila de la escena política francesa. Incluso llegaron tres veces a la segunda vuelta de las presidenciales. Ahí estamos en España. Los partidos centrales gastan sus energías en demostrar a la opinión pública lo perverso que es su antagonista, al que presentan como ilegítimo e innoble. Y han convencido a parte del electorado, sobre todo joven, de la maldad de ambos.
Vox engorda, mientras el PP no tiene otro propósito que echar al malvado sanchismo, y el PSOE como el viejo Mitterrand quiere achicar a su adversario abultando a la extrema derecha. Así han puesto de moda a un partido que está en contra de los inmigrantes en un país con una tasa de natalidad de 1,1 hijos por mujer; que niega el cambio climático en era de danas, trenes de borrascas y megaincendios; que carece de planes de vivienda o empleo, que rechaza la política agraria de la UE, que ha invertido 60.000 millones de euros en el campo andaluz en los últimos 40 años, o que refuta una violencia de género que mata a una o dos españolas a la semana.
Esto no es Portugal, los guardianes de la Constitución son brujos aprendices.
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