El río de la vida

Los casi trescientos litros caídos en el cauce alto del río de la Miel han hecho cambiar el panorama de un territorio habituado a estos fenómenos

El río de la Miel, bajo el viejo puente de piedra. El río de la Miel, bajo el viejo puente de piedra.

El río de la Miel, bajo el viejo puente de piedra.

Han bastado apenas tres días. La víspera del día de Reyes un cielo enmarañado hacía barruntar un cambio de tiempo. Rodeando la sierra de las Esclarecidas se pisaba un campo verde pero seco. Las escasas lluvias del otoño habían permitido una capa verde en bujeos y pastizales, pero la totalidad de veneros, torrentes y arroyos permanecían secos. Solamente los cauces más hondos permitían un exiguo caudal fácilmente vadeables.

Pero en solamente tres días todo ha cambiado. El Cobujón de las Corzas ha funcionado como lo ha venido haciendo desde el principio de los tiempos y ha recogido todo el agua que unos ábregos vientos cargados de humedad han chocado contra el círculo de montañas que lo conforma. Los casi trescientos litros caídos en el cauce alto del río de la Miel han hecho cambiar el panorama de un territorio habituado a estos fenómenos. La constante lluvia ha colmado el suelo y el subsuelo y el campo ha reventado en una explosión líquida y sonora.

Los valles y bujeos; los prados y los pastizales desbordan la humedad que generará la vida y por las sendas se impone el bronco sonido de las torrenteras. De todas ellas destaca la del antiguo río del Desfiladero, del Mellis protoibérico que tiene poco de Miel en estos días de regeneración primaria. Por el puente de Escalona baja bravo, con el ímpetu de las primeras veces. Salta las esclusas de la presa del Cobre; golpea con fruición los muros de la casa de la Marquesa; llena de ruido las huertas hasta caer sepulto en Pajarete y pasar invisible bajo los pies de la ciudad encharcada.

En apenas tres días la naturaleza se ha vuelto a abrir paso dando sentido a la corriente y a los ciclos y es que, a pesar de los techos, los muros y los encofrados de hormigón, seguimos expuestos al cielo.

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