El cliché “si no votas, no tienes derecho a exigir ni a protestar” es una falacia habitual que niega el derecho a abstenerse; un tópico útil, quizá, para aleccionar a los más jóvenes. Negando por pasiva la frase, cabe afirmar que, en gran medida, quien vota no exige nada, y tampoco protesta. Un porcentaje alto de los votantes vota mecánicamente: haga lo que haga su partido y digan lo que digan sus líderes, los votará. Y aun más obediente y ciegamente, harán lo propio los correligionarios: hagan lo que hagan sus más egregios compañeros de carné y primarias, los votarán; y no sólo votarán a “los suyos”, sino que más bien votarán en contra del enemigo, el que en cada momento sea.

La mayoría votante –unos dos tercios de los electores– no hace pagar los abusos, las soflamas demagógicas ni los delitos probados o probables que ostentan los políticos y sus satélites de interés. Ni siquiera su ineficacia ante el paro, la deuda, la precariedad del empleo juvenil o la viabilidad de nuestro estado de bienestar. Se vota como por amor. O, aun más crudo, por desamor, por odio al contrario ideológico... que, de ideología, hay poco o nada en el odio vestido de rivalidad, y aún menos en el mandato gregarista del que viven quienes reducen la política a eslóganes de miedo al lobo: “la ultraderecha” ahora, ultracansinamente; la “extrema izquierda”, antes, y ya en desuso. ¿Qué ideología, qué ideas, hay en esos epidérmicos regüeldos de hincha, que por otra parte son de ocasión, o sea, flor de unas elecciones o media legislatura?

Ya que la Constitución es la fuente de toda ley, pero cada día más el mono de goma al que arrear si sus mandatos no nos convienen, por qué no defender que el voto es un derecho, pero no tanto una obligación. Sobre todo, si asistimos con pasmo y pulserita –¡Be-Go-ña, Be-go-ña!– a la defensa del amor a la esposa del líder epistolar, o, en la otra esquina del ring, con más pulseras todavía, a la estrategia de arrebatarle a ese líder los votos de quienes hasta hace dos días eran satanás, los independentistas catalanes (que de pronto se antojan la piedra de roseta que facilita el acceso al poder). Que vote quien quiera votar. Y quienes no, que relaten, exijan y protesten como cualquier hijo de vecino, o, con buen criterio, se vayan a tomar un café con churros --ojo, que un voto con lamparón puede ser nulo-- antes de las doce de hoy domingo… las enésimas, fechadas con un interés más partidista y personalista que democrático. Y aceptemos “democrático” como animal de compañía: por ejemplo, un mono de goma. Un no parar de fiestas… de la democracia.

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