Cien años de Padre Junco

El sacerdote lleva unido 75 años a La Línea, de la que fue arcipreste durante dos décadas y que en el año 2000 le nombró Hijo Adoptivo

Mientras se convierte en centenario oficia misa cada día, confiesa a quienes se lo solicitan y pide a los linenses que "quieran mucho" a la Inmaculada

Premio a una vida de servicio

El Padre Junco, en una reciente visita del administrador apostólico de la Diócesis de Cádiz y Ceuta, Monseñor Ramón Darío Valdivia Jiménez
El Padre Junco, en una reciente visita del administrador apostólico de la Diócesis de Cádiz y Ceuta, Monseñor Ramón Darío Valdivia Jiménez

Este miércoles, que el calendario señala como 4 de marzo de 2026, en La Línea no será un día cualquiera. O al menos no lo será para una gran parte de sus habitantes. Juan José del Junco Domenech, el Padre Junco para todas las generaciones vivas de linenses, cumple 100 años. Un siglo de vida, en el que 75 años los ha pasado en la ciudad, donde su nombre forma ya parte de la memoria colectiva. A sus cien años sigue haciendo lo que ha hecho siempre: celebrar misa. Cada día. Sin excepción. Eso sí, en casa y a puerta cerrada. Porque, como dice quien desde hace mucho se ha convertido en algo más que su monaguillo, su lugarteniente, Diego Jorge García, “la misa es su vida”.

Juan José del Junco nació en Santa Cruz de Tenerife el 4 de marzo de 1926. Siendo muy niño se trasladó con su familia a Cádiz, donde cursó sus estudios en el colegio de San Felipe y después en el Seminario de San Bartolomé. Fue ordenado sacerdote el 25 de junio de 1950 en la parroquia de San Antonio por monseñor Tomás Gutiérrez.

Tras sus primeros destinos en San Fernando, llegó a La Línea a comienzos de los años cincuenta. Primero como párroco del Sagrado Corazón, iglesia en la que permaneció hasta 1958, y después al frente del santuario de la Inmaculada Concepción, templo que marcaría definitivamente su vida y, con ello, el de gran parte de la ciudad.

Durante más de cuatro décadas fue el rostro visible de la Inmaculada. Vivió la consagración del templo en 1993, impulsó su remodelación interior y promovió a finales de los años ochenta, junto al añorado Juan Macías Simavilla, la romería de la patrona, además de dar un nuevo impulso a la novena. Fue arcipreste durante veinte años y profesor de Religión en el antiguo Instituto Diego Salinas, en la calle Carboneros.

En dos ocasiones estuvo a punto de ser trasladado, pero los feligreses respondieron con recogidas de firmas que lograron mantenerlo en La Línea. En mayo de 2000 fue nombrado Hijo Adoptivo de la ciudad y una calle muy cercana a su parroquia lleva hoy su nombre. Desde 2001 -cuando fue relevado en la Inmaculada por el malogrado Juan Valenzuela- es reverendo adscrito, aunque jamás ha dejado de oficiar.

En noviembre de 2018 recibió el título de Prelado de Honor, una distinción concedida por la Santa Sede a sacerdotes especialmente meritorios. Un reconocimiento más en una trayectoria marcada por la fidelidad cotidiana, lejos de focos y protagonismos.

Un centenario marcado por el amor a Dios

Quien quiera entender al Padre Junco a los cien años debe asomarse a su rutina. Vive cerca de la Inmaculada y apenas sale ya. “Cuando lo hace es que quiere visitar al Santísimo”, explica Diego Jorge García. Celebra misa todos los días del año, normalmente en su propia casa y con apenas dos o tres personas como testigos. La hace con celo, con pausa, con una concentración que impresiona a los que tienen oportunidad de escucharle. Si no entiende una palabra de la lectura, interrumpe para preguntar y comprender. Nada es mecánico. Todo lo interioriza.

La memoria, como es natural a su edad, le juega a veces malas pasadas. Puede olvidar qué hizo hace unos minutos, pero conserva intacto el ritual de la Eucaristía. “Hay veces que soy yo el que me equivoco y él me corrige”, cuenta Diego Jorge García. Y lo que no ha perdido es el fondo: su sacerdocio. Reza al menos cuatro rosarios al día, lee el breviario, dedica horas a la oración. Si alguien llama para confesarse, abandona cualquier actividad, incluido el sueño, para poder atenderle. Sacerdotes incluidos buscan todavía su dirección espiritual. “No estamos hablando de un hombre espiritualmente disminuido, todo lo contrario”, subrayan quienes lo conocen de cerca.

Juan José del Junco oficia misa, en su casa
Juan José del Junco oficia misa, en su casa

Tras la misa de la mañana —que comienza sobre las nueve— queda agotado. Desayuna y descansa. Su jornada gira en torno a la oración. No sigue la actualidad política ni las noticias, aunque pide por las guerras y por quienes sufren. Vive, como dicen quienes lo cuidan, “en otra clave”. Una clave que tiene en el centro la Eucaristía.

Hace poco, cuando el actual administrador apostólico de la Diócesis de Cádiz y Ceuta, Monseñor Ramón Darío Valdivia Jiménez, visitó la ciudad, lo primero que hizo al llegar fue acudir a la casa de Juan José del Junco, para pedirle consejo. “Padre, ¿qué le digo a la gente de La Línea?”, le preguntó. La respuesta fue sencilla y directa: “Que quieran mucho a la Virgen”.

A los cien años, el Padre Junco sigue siendo eso: un sacerdote que vive para el Señor, que se inquieta si un día no ha podido celebrar misa, que no sabe decir que no cuando alguien necesita confesarse. Un hombre frágil y fuerte a la vez, con el cansancio lógico de un siglo a cuestas y una fe que permanece intacta. En La Línea, donde tantos lo han visto bautizar, casar, despedir y consolar, su centenario no es solo una cifra redonda. Es el cumpleaños de una parte viva de la ciudad.

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