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Teatro Juan Luis Galiardo de San Roque: 'Nuevo día'

El territorio y sus signos

El teatro municipal Juan Luis Galiardo expresa una síntesis orgánica entre modernidad arquitectónica y tradición constructiva local andaluza contemporánea pública

La arquitectura fragmentada del edificio articula espacios escénicos y urbanos mediante formas orgánicas, luz cambiante y escala humana integrada contemporánea

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La fachada del Teatro Juan Luis Galiardo de San Roque. / Manuel Romero

"Cómo es verdaderamente la ciudad bajo esta apretada envoltura de signos, qué contiene o esconde"

('Las ciudades invisibles'. Italo Calvino)

El teatro municipal Juan Luis Galiardo de San Roque es una notable muestra arquitectónica de conciliación entre tradición y modernidad. Una arquitectura cuya composición descansa en una libertad de expresión plástica que solo atiende a cualidades puramente formales o espaciales, reivindicando en su materialidad la identidad constructiva local.

Antes de entrar en materia, un poco de memoria para exponer su origen. En 1975, el arquitecto municipal de San Roque Pablo García Villanueva propuso el solar que ocupa el edificio ante el interés del Ayuntamiento por la construcción de un nuevo espacio escénico que cubriera el vacío dejado por el desaparecido Salón Alameda. El solar estaba ubicado entre el frente sur de la Alameda Alfonso XI y la calle Velázquez, entre las que existe una diferencia de altura de más de 7 metros. Un solar sensiblemente rectangular con una superficie cercana a 2.000 metros cuadrados. En 1976 fue redactado el proyecto a dos manos por el propio García Villanueva y Brian Sprakes Empson. Las obras comenzaron ese mismo año, las cuales no estuvieron exentas de problemas tales como la quiebra de la empresa constructora o un pleito sobre la titularidad del solar y su aptitud para edificar en él. Cuestiones que provocaron que el edificio no pudiera ser completamente terminado hasta 1995 merced al programa de rehabilitación de teatros de la Junta de Andalucía, y en base a un proyecto del arquitecto Luis Modet con el que se finalizaron unidades de obra menores no ejecutadas, en ningún caso concernientes a la forma, las condiciones espaciales y la apariencia general del conjunto. En 2001 el teatro fue renombrado con su actual denominación en honor del actor sanroqueño Juan Luis Galiardo, con la presencia de este.

Detalle del lateral y los distintos volúmenes del edificio. / Manuel Romero

El edificio se proyectó en un momento histórico en España. El de la recuperación de las libertades como consecuencia de la muerte de Franco. Una etapa de gran dinamismo e inquietud en lo social que tuvo su traslación a la arquitectura. Que recobró la ilusión ante el reto de superar años perdidos y afianzar una modernidad plena, interrumpida, truncada, con la dictadura. Disponiendo, al fin, de total libertad para incorporar a su narrativa las formulaciones coetáneas del discurso arquitectónico global. Pero al mismo tiempo comprometiéndose con el acervo local, capaz de atender impulsos periféricos. Invocando lo popular como sustancia del proyecto, con sus temáticas y códigos tradicionales. Una arquitectura democratizada para construir y representar en claves contemporáneas una ruptura histórica de forma autónoma e individualizada, en base a la identidad y los valores locales. Una arquitectura sin el rostro oficial único del franquismo, sino bajo apariencias poliédricas, determinadas por las necesidades específicas de los territorios.

Un boceto del interior del Teatro Juan Luis Galiardo de San Roque. / José Ramón Rodríguez

Es el caso de la obra que nos ocupa, que los arquitectos García Villanueva y Sprakes Empson definieron emparejando la formulación del proyecto moderno bajo la corriente orgánica con la materialidad propia del lugar. De manera que ante la ausencia de referencias de un solar en un borde urbano el edificio reaccionara construyéndose de forma natural una personalidad plástica propia. Una iconografía enraizada en la memoria constructiva autóctona. Recurriendo para ello a una deliberada consideración episódica de la arquitectura en virtud de la cual el programa requerido se dispersó y se descompuso en fragmentos, distintos en formas y dimensiones, tanto en planta como en sección. Lo que permitió caracterizarlos aisladamente del modo más conveniente bajo un tratamiento escultural, dependiendo de su función y su jerarquía en el conjunto. Así este se desplegó, se descomprimió, sobre el solar en distintas plataformas que resolvían escalonadamente la diferencia de altura entre la Alameda, cota superior, y la calle Velázquez, cota inferior. Estas plataformas se destinaban exteriormente a plazas públicas y en su interior contenían parte del programa específico del teatro, así como otros espacios independientes destinados a locales y a aparcamiento.

La trasera del teatro, desde la calle Velázquez. / Manuel Romero

Esta naturaleza fragmentaria y plástica del teatro es deudora de la obra del arquitecto finlandés Alvar Aalto, quien entendía la composición arquitectónica como un acto subjetivo guiado por la intuición artística personal y no por los métodos científicos y objetivos que habían sostenido la arquitectura funcionalista. Producto de lo cual debían resultar formas orgánicas, en el entendimiento de que estas favorecían una mejor integración del artificio, la arquitectura, con el entorno, la ciudad. Aalto había despojado al organicismo formulado por Frank Lloyd Wright de su exuberancia material dotándolo de una materialidad tradicionalista que permitiera su desarrollo en su país de una forma económicamente viable. Sentó así las bases para la exportación de un modelo de arquitectura orgánica más asequible. Algo que, en España, con una arquitectura similar a la escandinava en cuanto a la economía de medios con que se construía, constituyó una auténtica revelación arquitectónica en los años en los que la dictadura comenzaba a abrirse al mundo.

Inherente también a esta condición orgánica del teatro es la sensación de movimiento que transmite su juego de volúmenes: cuerpos que se fracturan para identificarse, que vuelan, que suben, que bajan. Una coreografía espontánea, semi biológica, subrayada por los vibrantes y cambiantes juegos de luces y sombras que atrapan las formas. Una sensación que se reproduce igualmente en el interior del teatro, en su sala de butacas. Cuyo techo reproduce el del Finlandia Hall, construido en Helsinki por Aalto en 1971. Producto de esta concepción de la arquitectura, la obra exige ser rodeada, atravesada, para aprehender su formación. Su formalización como escultura de gran plasticidad, depurada, sin elementos superfluos ni recursos ornamentales.

La sala de butacas del Teatro Juan Luis Galiardo de San Roque.

En cuanto a su compromiso con lo local, el teatro sustenta principalmente su configuración en los recursos materiales de la tradición constructiva del lugar. Empleando elementos de la arquitectura vernácula, manteniendo su tratamiento anónimo, sincero y alejado de artificios, en base a una puesta en obra artesanal. Los revestimientos exteriores de los muros se conformaron con revocos a la tirolesa de color blanco, terminación silenciosa y lírica de la arquitectura popular andaluza que dota al conjunto de carga escultórica atemporal. Y cuya textura rugosa constituye el soporte ideal para dar cuerpo a la luz para así generar un cambiante juego de superficies blancas y muros vivos. De todo ello resulta un lenguaje neutro, desactivado, abstracto. Deliberadamente despojado de carga simbólica de ostentación o de pretendida representación. Obteniéndose una arquitectura que construye su representatividad como equipamiento público mediante una monumentalización de lo vernáculo a escala humana. Rechazando la grandilocuencia de los rotundos edificios dotacionales que hasta no hacía mucho venían equipando al franquismo.

En definitiva, el teatro Juan Luis Galiardo de San Roque resume y concentra a nivel arquitectónico un momento histórico en España. El de la recuperación de las libertades, de lo que la arquitectura no iba a quedar al margen a la hora de modelar y representar sin ataduras, a su imagen y semejanza, los valores particulares de esa nueva etapa.

El teatro construye de forma autónoma una identidad propia mediante una articulación volumétrica confiada a una descomposición funcional en fragmentos y a un ágil manejo de la escala. Según la corriente orgánica de la arquitectura moderna que llegaba a San Roque desde el otro extremo de Europa, desde Finlandia. Una formulación arquitectónica global con la preocupación de incorporar códigos y matices locales con los que enraizar la obra a la tierra. Reivindicando la tradición material y constructiva del lugar, lejos de los prototipos universales y desmemoriados de las primeras realizaciones de la arquitectura moderna.

Una precisa y preciosa intersección entre la abstracción puramente moderna y la arquitectura tradicional. Una composición plural y libre al tiempo que unificada y cohesionada. Que determina en su presencia urbana una relación armónica entre la ciudad, la arquitectura y el hombre. Estableciendo bajo una singular iconografía un signo en el territorio, símbolo de una nueva condición histórica. De un nuevo día en el que, adaptando a Lole y Manuel, el aire huele a arquitectura nueva, el pueblo se despereza, ha llegado la mañana.

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