Nuevo Museo Cruz Herrera en La Línea: 'Time after time'
El territorio y sus signos
El nuevo Museo Cruz Herrera reinterpreta la Villa San José mediante una rehabilitación contemporánea que dialoga con su pasado arquitectónico
La intervención arquitectónica redefine espacios y recorridos museísticos integrando accesibilidad, luz natural y contraste temporal para revitalizar un patrimonio emblemático
Un paseo sobre la desembocadura del río de la Miel de Algeciras
"Cómo es verdaderamente la ciudad bajo esta apretada envoltura de signos, qué contiene o esconde"
('Las ciudades invisibles'. Italo Calvino)
El nuevo Museo Cruz Herrera de La Línea de la Concepción supone la última reinvención del edificio patrimonial que lo alberga. Un personaje, el edificio, que ha encontrado un nuevo argumento, una nueva razón de ser. Una nueva vida como pinacoteca dedicada a la obra del pintor linense José Cruz Herrera.
Recordemos. El nuevo Museo Cruz Herrera se instala sobre la Villa San José, ubicada en los Jardines Saccone. Fue construida a finales del siglo XIX como residencia señorial adoptando para su significación de clase una tipología palaciega resuelta estilísticamente mediante el historicismo renacentista, en virtud de lo cual el edificio quedaba configurado mediante tres cuerpos.
Un cuerpo delantero que formalizaba la fachada principal de la edificación, constituyendo su imagen más representativa y resolviendo ceremoniosamente el acceso a ella. Organizada espacialmente por una simetría axial que disponía en el centro de la composición una arquería de medio punto, a modo de logia, sobre la escalinata que salvaba el desnivel entre la ciudad y la planta baja del edificio, y, sobre esta, un balcón corrido con balaustrada pétrea. En los laterales se situaban dos torreones que sobresalían del resto del conjunto, enfatizándose sus volúmenes mediante esquinas conformadas con sillares, a modo de almohadillado. Toda una lección de reutilización de gestos y de elementos del repertorio renacentista italiano. Tras el anterior se disponía un cuerpo central que contenía un patio en la planta alta que permitía llenar de luz el interior de la edificación. Finalmente, remataba el conjunto en su parte trasera un cuerpo de forma irregular, tanto en lo formal, deparando para el edificio una terminación abrupta, como en lo compositivo, deparando un alzado sin valor estético. Más una medianera que una fachada.
En la segunda década del siglo pasado el edificio cambió de uso. Fue de lo privado a lo público, de lo doméstico a lo institucional tras pasar a ser propiedad municipal y albergar el Ayuntamiento, por lo que su distribución interior fue alterada para acoger los correspondientes espacios institucionales y administrativos. En la primera década de este siglo el Ayuntamiento fue trasladado a su actual sede, quedando el edificio abandonado. Con ello se abría para este una nueva oportunidad para su transformación, la que ahora nos ocupa, que fue definida en un proyecto de rehabilitación redactado por el arquitecto linense Fernando Suárez, en 2010.
Esta intervención abordó una cuestión arquitectónica que no habían contemplado las actuaciones anteriores sobre el edificio. Centradas en el reajuste de sus espacios interiores a las demandas del aprovechamiento institucional y administrativo del edificio. Esta cuestión fue la redefinición compositiva del inconcluso cuerpo trasero de la edificación, a efectos de dignificar su imagen integral y con ello obtener una expresión estética acabada y acorde con su condición de edificio exento en un entorno ajardinado. Que le procuraba una alta visibilidad y que requería de una mayor integración en él. El nuevo cuerpo trasero resultante de la operación de reconfiguración volumétrica practicada resolvió además otra carencia del edificio, relevante por su uso público: su accesibilidad universal, dado que a la entrada principal del edificio se accedía mediante una escalinata. A nivel compositivo el nuevo cuerpo revela sin tapujos en el conjunto del edificio su naturaleza de ingrediente añadido, su condición de posterioridad. Construyendo una evidente ruptura con el lenguaje historicista del edificio para datar un nuevo tiempo en su conformación.
Porque la rehabilitación del edificio se ha basado desde el punto de vista conceptual en una dicotomía entre lo viejo y lo nuevo, en un diálogo entre lo existente y lo añadido, sin aceptaciones miméticas y acríticas de lo segundo respecto de lo primero, si no con el deber de reconocer el papel de la historia en la construcción y de ponerla en valor. No adulterándola ni sembrando distorsión alguna en su lectura. En el entendimiento de que no es un único tiempo el que ahora determina la construcción, lo cual debía ser inequívocamente expresado.
Lo viejo, el edificio existente, optó en su tiempo por lo académico, lo codificado. Por lo pétreo, lo grávido. Por el relieve, la ornamentación. Por la artesanía, el detalle. En definitiva, por la presencia. Lo nuevo, el cuerpo ampliado, opta en su tiempo por lo anónimo, lo extraño. Por lo sintético, lo ingrávido. Por el plano, la desnudez. Por la industrialización, el silencio. En definitiva, por la ausencia.
Esta evidente confrontación de tiempos en el edificio no implica que las partes ejecutadas en cada uno de ellos resulten autónomas o repelentes entre sí. Como integrantes de un mismo conjunto las piezas quedan entrelazadas. Existe un vínculo de continuidad, un principio de acuerdo, por el cual lo nuevo se resuelve empleando las mismas reglas generadoras de la composición de lo viejo. Estas reglas son la proporción y el rigor geométrico, si bien lo nuevo opera con ellas en forma inversa a lo viejo. Para contrastar entre sí. Para distanciarse entre sí. Mientras que en lo viejo estas reglas modulaban las figuras sobre los paramentos en la parte nueva modulan los paramentos, considerados como figuras, resolviéndolos mediante una estricta retícula de paneles prefabricados, cuyo despiece se muestra. De tal forma que lo que generó en lo viejo el detalle, convenientemente invertido, genera en lo nuevo el fondo. Como si lo nuevo fuera un detalle más de lo viejo.
Como elemento de encadenamiento entre las partes está también la cornisa. Lo nuevo la acepta como nítido elemento de cierre volumétrico superior, si bien construyendo con ella el salto de tiempo entre las partes, empleando elementos metálicos para prolongar en el nuevo tiempo la pesada cornisa del pasado. Sobre una de las fachadas de la parte nueva se han extendido desde la parte vieja la cornisa y las impostas. Gesto que cabe entenderse como indicativo de que esa fachada no es completamente nueva, sino que ha sido reconfigurada a partir de la original.
En cuanto al interior del edificio la intervención para su adaptación funcional a museo ha consistido en un preciso ejercicio de cirugía arquitectónica, respetuoso con el cuerpo neorrenacentista original. Con el que suprimir elementos innecesarios del anterior uso administrativo, manteniendo solo aquellos simbólicos que podían integrarse al discurso museístico, como la alcaldía, anexa a la balaustrada, o el salón de Plenos. Con el que insertar, injertar, los nuevos espacios necesarios y los recorridos de circulación con los que establecer la narrativa de la exposición. Una narrativa que se ha construido de fuera adentro. Disponiendo los recorridos, el movimiento, en paralelo al perímetro de la edificación y dejando las salas de exposición, las estancias, al interior. Una forma de visitar la obra de Cruz Herrera al tiempo que se recorre visualmente la ciudad a través de las ventanas junto a las que se discurre. Vinculando obra pictórica y marco urbano. Esta intervención interior para la reutilización funcional del edificio se anuncia al exterior en sus ventanas. Mediante recercados metálicos que evidencian con su materialidad contemporánea la construcción de un nuevo tiempo sobre el edificio.
Si hay un elemento importante en la intervención, un material que destaque por encima del resto, ese es la luz natural. A la que se le ha prestado un cuidado especial y una atención delicada para que sea protagonista de los espacios y los inunde en condiciones adecuadas. Desde el mismo momento del ingreso al edificio por la fachada principal la luz sale a recibirnos en el vestíbulo a través de la escalera, que la deja caer desde las vidrieras del patio central de la planta superior. Un patio acristalado que, acondicionado bajo la forma de jardín japonés, dispone de parteluces para canalizar y modular la entrada de la luz sin molestias, conduciéndola verticalmente a voluntad e impidiendo un exceso de ella que dificulte la visión en los espacios distribuidores que se disponen en torno a él. La luz también es protagonista en los espacios expositivos. Al establecerse su continuidad horizontal entre los recorridos de circulación, a los que acompaña, y las salas expositivas, a las que ilumina, no permitiéndose que sus paramentos delimitadores alcancen el techo.
En definitiva, la otrora Villa San José con esta intervención para acoger el nuevo Museo Cruz Herrera configura un palimpsesto arquitectónico en cuya materia puede leerse el tiempo. Comprenderse. Aprehenderse. Solo así cabe concebirse la puesta en uso del patrimonio ajena a visiones nostálgicas y a concepciones embalsamadoras. Como una narración viva que protege y aproxima un contenido histórico alejado en el tiempo mediante la construcción sobre él de un tiempo nuevo. Fracturados entre sí. Para permitir claramente su identificación. Pero también solapados. En una conversación en la que lo nuevo comprende los valores arquitectónicos de lo viejo y resuelve en las claves de su tiempo su integración con aquel. Para que el signo urbano que el edificio constituye en el territorio linense y en el imaginario colectivo de sus habitantes, además de haber sido, siga siendo protagonista de la vida de la ciudad.
Tiempo después del tiempo. Time after time. Como sutilmente cantaba Cyndi Lauper.
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