Los cuadros ocultos de Cruz Herrera que aguardaron diez años

El Museo Cruz Herrera celebra diez años en Villa San José de La Línea con una muestra de veinticinco obras hasta ahora desconocidas

El Museo Cruz Herrera de La Línea bate todos los récords con más de 36.500 visitantes en 2025

Galería: Fotos del décimo aniversario y nueva colección del Museo Cruz Herrera de La Línea

Las autoridades y familiares de Cruz Herrera, en la inauguración de la nueva muestra.
Las autoridades y familiares de Cruz Herrera, en la inauguración de la nueva muestra. / Manuel Romero

Hay edificios que guardan cuadros y otros que guardan tiempo. El Museo Cruz Herrera, en La Línea de la Concepción, pertenece a esta segunda estirpe. Quien cruza estos días el umbral de Villa San José no entra solo en una pinacoteca: entra en una conversación silenciosa entre la luz y la memoria, en un lugar donde los cuadros parecen haber estado esperando diez años para decir algo nuevo.

El museo celebra esta semana el décimo aniversario de su llegada a los Jardines Saccone con una exposición que no alardea, pero revela. Unas 25 obras inéditas de José Cruz Herrera —procedentes de los fondos municipales y nunca antes expuestas— han salido de los almacenes como quien rescata cartas antiguas guardadas en un cajón. Algunas aún conservan el pudor de lo no visto. Otras miran al espectador con la serenidad de quien sabe que ha llegado su momento.

La inauguración ha tenido lugar este viernes, 16 de enero, en la sala de exposiciones temporales con una amplia afluencia de público y las autoridades, encabezadas por el alcalde, Juan Franco, y la concejal de Cultura, Raquel Ñeco, además de la directora, Mercedes Corbacho. También han estado presentes José Antonio Pleguezuelos, biógrafo del pintor, y Javier López Escalona, violonchelista y bisnieto de Cruz Herrera, quien además ha interpretado varias piezas para amenizar el acto.

Afuera, La Línea seguía con su rutina; dentro, el tiempo parecía detenerse un instante. No era una fecha cualquiera: el 15 de enero de 2016, el museo abría por primera vez sus puertas en este edificio, antiguo Ayuntamiento, palacete civil reconvertido en casa de la pintura. “Fue un hito cultural para la ciudad”, recuerda Mercedes Corbacho con esa naturalidad de quien habla de algo que ha vivido desde dentro.

El público observa las nuevas obras en la pinacoteca.
El público observa las nuevas obras en la pinacoteca. / Manuel Romero

Los cuadros que esperaban

Las obras seleccionadas pertenecen al conjunto de 258 piezas que forman el patrimonio municipal y proponen un recorrido que no es lineal, sino emocional. Aquí no se sigue una cronología estricta, sino una forma de mirar. Se rescatan temas poco habituales en las salas permanentes y se amplía la imagen conocida del pintor. El visitante descubre a un Cruz Herrera menos solemne y más humano, más cotidiano, más próximo.

“Estas piezas reflejan diferentes etapas de la vida del pintor, desde sus inicios más académicos hasta su consolidación como un maestro del color y la luz”, explica Corbacho para Europa Sur. En ese tránsito se percibe con claridad la evolución de su mano y de su mirada. “Se pasa de una pintura de infancia y juventud, oscura y muy perfilada, a sus últimas etapas de puro color, con influencias de Sorolla y del impresionismo”.

“Mi objetivo y mi misión es poner a Cruz Herrera en la Historia del Arte por los méritos propios que le corresponden”

La exposición está dividida por temáticas y reúne obras de distintas épocas y formatos, todas acompañadas de cartelas explicativas que no abruman, sino que orientan. Hay paisajes —mayoritariamente de España, aunque también algún apunte marroquí—, desnudos tratados con respeto casi escultórico, retratos femeninos profundamente costumbristas: mujeres con chaquetilla de torero, una chica madrileña, figuras que parecen salir del lienzo con una dignidad tranquila. Hay bocetos y apuntes de espaldas femeninas, con el pelo recogido en un moño; un autorretrato donde el pintor se desnuda sin solemnidad, mostrando su forma de vivir y de trabajar; escenas inesperadas como la circuncisión de un niño judío en Casablanca o la imagen poderosa de una mujer negra fumando, dueña de su gesto y de su silencio.

Todo está ahí, dispuesto para una mirada sin prisa. Como si Cruz Herrera hubiese pintado también para este tiempo.

Un museo que suma visitantes

En estos diez años, el Museo Cruz Herrera ha recibido casi 250.000 visitantes de todos los rincones del mundo. El libro de firmas es una pequeña Torre de Babel: inglés, francés, ruso, griego. “Las visitas han ido aumentando año tras año”, cuenta Corbacho, “desde las 22.000 de 2016 hasta las 36.500 de 2025”. No hay milagro: hay constancia, pedagogía y una idea clara de simbiosis entre arte y vida.

El violonchelista Javier López Escalona, bisnieto del pintor, interpreta varias piezas en la inauguración.
El violonchelista Javier López Escalona, bisnieto del pintor, interpreta varias piezas en la inauguración. / Manuel Romero

“Mi objetivo y mi misión es poner a Cruz Herrera en la Historia del Arte”, afirma sin rodeos. Para ello, el museo ha aprendido a tender puentes. Actividades culturales de todo tipo funcionan como anzuelos para atraer a quienes, de entrada, no se acercarían a una pinacoteca. “El diorama navideño o las colecciones de alta costura son ejemplos de obras más accesibles y comprensibles para el gran público”, explica. Una vez dentro, la pintura hace el resto.

Un gesto de gratitud

El museo es también un acto de gratitud. “Este museo es un agradecimiento por el gesto altruista que Cruz Herrera tuvo con su pueblo, con La Línea de la Concepción”, recuerda la directora. “Donó lo mejor de su obra. Regaló su trabajo a sus paisanos”. En 1971, el pintor donó más de 200 cuadros, aunque no llegó a ver el museo terminado: falleció en Casablanca en agosto de 1972, nueve meses después de iniciarse las obras. El museo abrió en 1975 en la plaza de Fariñas y, décadas más tarde, encontró su lugar definitivo en Villa San José.

“Lo mejor de la obra de Cruz Herrera está en La Línea porque él quiso que estuviera aquí”

Mercedes Corbacho —alegre, espontánea, siempre con una sonrisa que parece abrir puertas— es la cara visible de esta etapa. Restauradora de formación, directora desde 2008, su relación con Cruz Herrera viene de la infancia. “Mi padre me llevaba a ver los cuadros y me hablaba de él con una sensibilidad artística enorme”, recuerda. De ahí nace una devoción sin complejos: “Para mí está a la altura de Velázquez porque me he criado con esa creencia”.

No duda en compararlo con los grandes de su tiempo: Mariano Bertuchi, Gonzalo Bilbao, Julio Romero de Torres, Gustavo Bacarisas, Mariano Fortuny. “Fue un visionario y un adelantado a su época. Ahora dirían de él que fue feminista, inclusivo, antirracista…”.

Un pintor adelantado a su tiempo

José Cruz Herrera nació en La Línea en 1890 y supo pronto que la pintura no era un adorno, sino una forma de estar en el mundo. Se formó en Sevilla y Madrid, pasó por París y Roma, ganó premios, vivió de su obra cuando eso era un privilegio raro y encontró en Marruecos una segunda patria luminosa. Pintó mujeres, niños, mercados, músicos, judíos, moras, fiestas y silencios. Pintó la vida sin exotismo impostado, con una mirada limpia que aún hoy resulta moderna.

Diez años después de su llegada a Villa San José, el museo que lleva su nombre no celebra una cifra redonda, sino una fidelidad. La exposición permanecerá abierta hasta el 1 de marzo y se suma a las seis salas permanentes dedicadas a sus distintas etapas.

Al salir, el visitante entiende algo sencillo: que hay pintores que se agotan en el marco, y otros —como Cruz Herrera— que siguen respirando fuera del lienzo. En este museo, la luz no se exhibe: se queda.

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