“La transición energética es una utopía muy rentable”
Entrevista | Miguel Golmayo Fernández, comandante de la Armada y experto en energía
Autor de dos libros incómodos, ‘La sangre que mueve el mundo’ y ‘La fiebre del oro verde’, afirma que el proceso de transición diseñado por la Unión Europea hacia las energías limpias carece de una base sólida
Ferrolano de 1961, especialista en relaciones internacionales y observador crítico de la geopolítica, Golmayo lleva dos décadas analizando el papel de la energía como eje del poder global. Desde su experiencia en organismos internacionales, como la OCDE, y en el Ministerio de Defensa, cuestiona la transición energética, alerta sobre la dependencia europea de terceros y defiende una constante en la historia contemporánea: Quien controla el petróleo, controla el mundo.
Pregunta.-Usted mantiene que el petróleo es la sangre que mueve el mundo y la geopolítica. Los movimientos recientes de los Estados Unidos de Trump con Venezuela parecen ir en ese sentido. ¿Corre peligro la transición energética hacia las energías limpias?
Respuesta.-Es que pretender que los combustibles fósiles desaparezcan como fuente de energía es un absurdo. Hoy, alrededor del 80% de la energía que se consume en el mundo proviene de combustibles fósiles. El mundo sigue moviéndose con gas, petróleo y carbón. Y cuando hablamos de electrificación, que es importante, conviene recordar algo que casi nunca se dice: la principal fuente de producción de electricidad en el mundo es el carbón. Es decir, que incluso cuando hablamos de electricidad, seguimos hablando de combustibles fósiles. Por eso pensar que el mundo va a liberarse de ellos en unas pocas décadas es una utopía. Eso sí, una utopía muy rentable para muchos.
P.-¿Las energías renovables no pueden sustituir a los hidrocarburos?
R.-No se trata de sustituir, sino de convivir. El ser humano empezó quemando madera, luego pasó al carbón, después al petróleo y al gas. Cada nueva fuente de energía que ha ido apareciendo se ha incorporado al mix energético sin hacer desaparecer a las anteriores. Seguimos usando todas. La energía nuclear, por ejemplo, no eliminó el carbón ni el petróleo. Ajustó porcentajes. Reordenó el reparto. Con las renovables pasará exactamente lo mismo: tendrán su parte del pastel y las demás fuentes se adaptarán. Pero nadie va a apagar el petróleo de un día para otro. Recuerdo una conferencia en Viena sobre energía que es muy ilustrativa. Primero habló un representante de la Agencia Internacional de la Energía y demostró con datos que el consumo de petróleo iba a disminuir. Después habló un representante de la OPEP y demostró, también con datos, que iba a aumentar. Los dos tenían razón. La diferencia estaba en cómo medían: unos hablaban en porcentaje y otros en barriles. Si el consumo total de energía crece, el porcentaje puede bajar mientras el volumen absoluto sube.
El crecimiento en el consumo de petróleo se ha ralentizado, pero no se ha detenido. Y mientras no se detenga, habrá inversiones, exploraciones y nuevos países productores"
P.-La producción de petróleo sigue al alza
R.-Por eso hay que ser extremadamente cuidadoso con las cifras, porque se pueden usar para contar historias completamente distintas. La producción y el consumo de combustibles fósiles siguen aumentando año tras año. Es cierto que en los últimos tiempos el crecimiento se ha ralentizado, pero no se ha detenido. Y mientras no se detenga, habrá inversiones, exploraciones y nuevos países productores.
P.-La Unión Europea ha ido rectificando algunos de sus planes, como el fin del vehículo de combustión.
R.-La Unión Europea ha actuado muchas veces como un pollo sin cabeza. Y lo digo con pena, no con alegría. Tenía planes bien pensados, elaborados durante años por técnicos y expertos. Tras el Covid, muchos de esos planes se tiraron por la borda y se sustituyeron por decisiones políticas puras y duras: ganar votos, marcar perfil ideológico, demostrar quién era más verde. Desde el primer momento, cualquiera que mirase los números veía que aquello no se sostenía. Y el tiempo ha dado la razón a los números.
P.-En España, una de las grandes apuestas es el hidrógeno verde.
R.-El hidrógeno verde tiene problemas estructurales muy serios. No va a ser rentable nunca de forma natural, solo de manera artificial. Hoy los precios de la energía están completamente distorsionados por impuestos, subvenciones, ayudas directas y exenciones fiscales. Así es imposible saber cuánto cuesta realmente algo. Si mañana al hidrógeno le quitas impuestos, lo subvencionas generosamente y al resto de energías las castigas fiscalmente, el hidrógeno será lo más barato del mercado. Pero eso no significa que sea eficiente ni competitivo. Si hoy se le quitan las subvenciones y se le aplican impuestos equivalentes, no produciría hidrógeno verde nadie. Esto es lo que yo llamo la subvencionitis europea: si hay subvención, se produce; si no, no. Además están los problemas técnicos. Producir hidrógeno es caro. Almacenarlo es complicado y transportarlo es aún más complicado.
Si compras europeo, no es rentable; si compras chino, la subvención europea acaba financiando a la industria china"
P.-Pero las fuentes son renovables: sol y viento.
R.-Sí, pero se necesitan también consumidores dispuestos a hacer inversiones enormes para poder utilizarlo. Se vendió la idea de que sería baratísimo porque se produciría con energía renovable sobrante. Cuando se intenta atraer inversión privada surgen preguntas básicas: ¿cuánto se va a producir?, ¿cuándo?, ¿quién lo va a consumir? Sin respuestas claras, pocos invierten. Además, instalar paneles solares y aerogeneradores dedicados exclusivamente a producir hidrógeno encarece todo el proceso. Y ya no es tan barato.
P.-¿Quiénes dominan esas tecnologías?
R.-Esa pregunta es clave, porque Europa no quiere depender de China, pero los electrolizadores chinos cuestan una quinta parte que los europeos. Si compras europeo, no es rentable; si compras chino, la subvención europea acaba financiando a la industria china. Es un contrasentido. Esto ya pasó con los paneles solares. Hoy casi todo es chino. Aquí montamos, no fabricamos. El valor añadido es mínimo.
Los políticos desprecian la absorción de CO2 porque deberían reconocer que las soluciones planteadas no funcionan"
P.-¿Cómo podemos frenar el cambo climático?
R.-Frenar el cambio climático es una cosa y reducir las emisiones de CO2 otra. Y no van al mismo ritmo ni son tan interdependientes como nos quieren hacer creer. Centrémonos entonces en intentar reducir las emisiones de CO2, cuestión en la que sí creo que se puede hacer algo. En primer lugar, hay que ser mucho más eficientes. Tenemos que reconocer que, en general, la sociedad se ha convertido más en una sociedad consumida que en una sociedad de consumo. Hay que reducir las emisiones, lo que exige mucho más eficiencia. Dentro de las muchas opciones que existen, yo me quedo con la opción que parece que es el patito feo de las opciones: la absorción de las emisiones de CO2. Este sistema, que existe y funciona, es el que ha sido despreciado sistemáticamente por los políticos porque entonces tendrían que reconocer que las soluciones planteadas no funcionan y que el consumo de hidrocarburos se va a quedar entre nosotros por largo tiempo.
P.-La energía sigue marcando la geopolítica mundial.
R.-Totalmente. Quien controla la energía tiene al resto como cliente cautivo. Las renovables son importantes, pero dependen de materiales críticos que no tenemos. China lleva décadas asegurándose minas de tierras raras y materiales estratégicos en África, Asia y América Latina. Cuando Occidente reacciona, descubre que casi todo está ya en manos chinas. ¿Dónde quedan esos recursos? En Ucrania, Groenlandia y Canadá. No es casualidad que Estados Unidos esté obsesionado con esas zonas. Estados Unidos produce mucho petróleo, pero es petróleo ligero. Sus refinerías necesitan petróleo pesado y su proveedor histórico ha sido Venezuela. Hasta ahora, la producción venezolana ha estado en manos rusas, el refinado en manos iraníes y buena parte del beneficio en manos chinas. Eso, para Washington, era inaceptable.
Trump es el chulo del patio. El problema es que ahora el jefe de la banda se ha vuelto contra su propia banda"
P.-¿Estamos ante el final del multilateralismo?
R.-No sé si está muerto, pero en coma está. El sistema surgido tras la Segunda Guerra Mundial está muy tocado. Europa muestra un vasallaje preocupante hacia Estados Unidos. Pensar que con buenas palabras se arregla algo con Trump es ingenuo. Trump es el chulo del patio. El problema es que ahora el jefe de la banda se ha vuelto contra ella. Alemania está en crisis, Francia también. Y si los motores europeos fallan, Europa está perdida.
P.-¿Qué papel juega el Estrecho de Gibraltar en este escenario?
R.-Siempre ha sido estratégico y lo seguirá siendo. Basta ver el tráfico marítimo que lo cruza cada día. Cuando hay problemas en el canal de Suez, los barcos rodean África, pero eso es temporal. El estrecho de Gibraltar es estructural y cerrarlo sería un golpe brutal al comercio mundial. Los puertos del entorno son clave, y ahí está el ejemplo de Tánger Med, que nos ha quitado tráfico de forma muy inteligente, con apoyo estadounidense. Es una guerra comercial en toda regla. Desde el punto de vista militar, todos los estrechos son puntos críticos: Ormuz, Bab el-Mandeb, Suez... En cualquier conflicto son objetivos prioritarios.
P.-¿Cómo acaba un militar especializándose en energía?
R.-Por curiosidad. Llevo casi 20 años estudiando estos temas. Cuando no entiendo algo, investigo. El punto de inflexión fue Somalia. Se hablaba de intervención humanitaria, pero al analizar las concesiones petrolíferas descubrí una maraña de filiales que, al final, siempre conducían a las grandes petroleras occidentales. Ese patrón no ha cambiado. Cambian los actores, los discursos y las banderas, pero el fondo es el mismo: hacerse con la energía. Lo que ocurría a finales del siglo XIX está ocurriendo ahora. Han cambiado los nombres y los contextos, pero el guion es idéntico. La historia energética es cíclica. Y cuando uno la estudia con perspectiva, se da cuenta de que este guion ya lo hemos leído muchas veces.
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