Nástic - Real Balompédica | La crónica

Siniestro total (5-1)

  • La Balona encaja una vergonzante goleada a manos del Nàstic

  • Los albinegros desaparecen del campo durante más de una hora

  • Delmonte se autoexpulsa en el 30' cuando su equipo ya perdía 2-0

Gerard Oliva, rodeado de dos adversarios

Gerard Oliva, rodeado de dos adversarios

Inadmisible. Inaceptable. Intolerable. Extremadamente doloroso para una afición de la Real Balompédica a la que su propio equipo se empeña en arrebatar el legítimo derecho a seguir creyendo. La otrora Recia se fue a Tarragona a enseñar sus infinitas vergüenzas. Dos desplazamientos consecutivos en los que suma ocho goles en contra y dos autoexpulsiones. Dos viajes a ninguna parte en los que el equipo de La Línea ha rozado (¿rozado?) el ridículo más esperpéntico. Un conjunto a la deriva del que los que se sienten en el derecho de repartir los carnets de balonos trataron de ocultar con un empate agónico ante un Sevilla Atlético que seis días después salió trasquilado ante un Algeciras que jugó medio partido con uno menos.

Esta Balona se precipita hacia Segunda RFEF porque no compite, que es lo menos que se despacha cuando se trata de evitar el descenso. Ni defiende, ni ataca... ni nada. Es un equipo de redes sociales, de proclamas vacías, pero que en el césped desaparece. Tanto que el 5-1 ante un Nástic que pasa por ser de los peores anotadores del grupo no fue un mal resultado. Está escrito que se puede perder de muchas maneras. Y que la peor de todas es la que avergüenza a los tuyos. Pues vayan preguntando uno por uno a los que sienten en blanco y negro qué puñetas se les pasó por la cabeza durante los 90 interminables minutos del Nou Estadi. Ea, pues ya tienen la respuesta.

La Balona no se personó en el primer tiempo. Fue una especie de equipo invisible. El carril derecho del ataque del Nástic era una autopista con el Víctor Mena más vulnerable que se haya visto con esa casaca (antes sagrada). Y por allí llegó el primer gol. Un centro de Robert Simón desde la línea de fondo que se comieron todos los defensas, corriendo hacia el marco como chiquillos detrás de una piñata sin que ni uno solo tuviese la precaución (¿se podrá escribir profesionalidad?) de defender la segunda línea. A Del Campo le dio tiempo casi de celebrarlo antes de fusilar. Iban solo nueve minutos.

El conjunto de La Línea vagaba por el césped. Se parecía más a la Santa Compaña que a un grupo de futbolistas que defendiesen un escudo que significa mucho más de lo que ellos están demostrando comprender. Dos veces indultaron los de casa antes de que en el 21' llegase el primero de Dani Romera que aprovechó lo que los cúrsiles llaman ahora un desajuste defensivo. Lo que viene siendo un desbarajuste de toda la vida.

Por si fuera poco Delmonte, posiblemente por impotencia, perdió el norte. Primero tentó al árbitro con una falta que hubiese merecido la amarilla. Pero como Lax Franco se hizo el sueco le soltó una galleta a un contrario. Como si quisiese garantizarse la expulsión. Que lo peor de todo es que no le permitirá jugar contra el Linares, como tampoco podrá hacerlo Víctor Mena.

El tramo final de la primera parte fue una agonía. Hasta tres veces tuvo que intervenir con más que acierto Nacho Miras para que la herida no se agrandase más todavía. Para que aquello no invitase a recordar más aún a la aciaga tarde de Andorra.

Tras el descanso, con el partido virtualmente perdido y con uno menos, los cambios aportaron. Salieron bien Gabriel Chironi -con ganas de desquitarse. y Connor Ruane. Del británico salió el córner que Jesús Muñoz convirtió en el 2-1 (48'). Y suyo fue también el centro que Fran Morante estuvo a punto de transformar en el empate,pero que desbarat´p Manu García Que esa es otra. Rematan Jesús Muñoz y Fran Morante. Anda y que los delanteros se dejan ver.

En ese momento, como le sucedió al City el miércoles: el Nâstic estaba temblando. Perdió la tranquilidad, no sabía cómo capear el temporal. Y los visitantes merodeaban. Parecía que el milagro era posible. Hasta que a falta de un cuarto de hora otro centro de Robert Simón que parecía no entrañar peligro y Miras hizo la Nachada del año. Dejó el balón muerto para que Dani Romera le pusiese la puntilla al partido.

El cuarto de hora restante colaría como película de terror en cualquier ciclo sobre fútbol balono. Los albinegros volvieron a bajar los brazos, a esfumarse. Daba la sensación de que les diese igual perder por tres que por nueve. El Nástic hizo dos tantos más y en el 91 Jesús Muñoz evitó sobre la misma línea de meta el sexto.

La añeja afición de la Balona no se merece lo que sucedió en Tarragona. Esa insultante indolencia que transmite un equipo que se está jugando el futuro de un club no puede ser admitida ni justificada. Aquella escuadra que fue líder durante un buen rato el 27 de noviembre afronta las tres últimas jornadas un punto sobre el descenso y con la credibilidad bajo mínimos. Si los sufridos hinchas balonos pensaban que este año se evitaban el trago del rosario y la calculadora se equivocaban. Ya no queda otra que empezar a rebuscarlos. Y los responsables del club algo tendrán que decir. Siquiera por higiene institucional.

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