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El último marismeño: vida y muerte en Doñana

La cría de la vaca cornalona resiste a duras penas como uno de los oficios tradicionales a punto de la extinción en el humedal

El ganadero de 92 años Pepe el Torero. / Antonio Pizarro
Miguel Lasida

23 de febrero 2026 - 06:01

Una frase se repite entre quienes conocen bien Doñana: llover, lo que se dice llover, sólo llueve de verdad cuando tiene que acarrearse el ganado al Muro, una estrecha plataforma que hace de caminos, de dique, de frontera del Parque Nacional y de ocasional cobijo para el millar de vacas y caballos de la marisma que, de lo contrario, estarían ahogados bajo la infinita llanura ahora sumergida. Hasta que el agua baje lo suficiente para que la verdura emerja, el ganado comerá, rumiará, dormirá, cubrirá y parirá confinado en este Muro. Y también muere. Un ternero está merodeando el cadáver de una vaca joven, que tal vez sea madre. A unos metros más allá, el cuerpo inerte de una adulta añosa se está descomponiendo en el fango de la linde. Hay más cadáveres desperdigados. La muerte no distingue entre sequías e inundaciones, es la vida y sus ciclos. “Como en un pueblo, hay los que mueren y los que nacen”, comenta el ganadero Pepe Herrera.

Diez generaciones dedicadas al ganado perviven en Herrera, a quien todos conocen como Pepe el Torero. La ganadería resiste a duras penas como oficio vernáculo de la marisma; otros, como los cesteros, carboneros, pateros o piñeros, están extinguidos o a punto de la extinción. La riqueza antropológica de la marisma se pierde en tanto lo hacen los legatarios de herencias centenarias. Hay nuevas ocupaciones, cuenta Pepe, el turismo, la agricultura intensiva e incluso un auge del tráfico de droga, nada que ver con la cría extensiva del vacuno tradicional. Son la vida, la muerte y sus ciclos. Pepe, que nació en Almonte, vive ahora en Villamanrique y ha vivido la mayoría de sus 92 años en la marisma. Se reconoce como el “último marismeño”, dicho con resignación, lástima y orgullo. Bendecido de una memoria prodigiosa, Pepe identifica cada lucio, cada laguna, cada metro cuadrado de la marisma, y le desazona tener que refutar el topónimo de un cartel informativo donde las gangas. Nadie como él queda ya; con Pepe desaparecerán siglos de cultura del humedal español por antonomasia.

Doñana dejó de ser hace tiempo el edén que fue para cientos de marismeños que la habitaban en una difícil armonía con la áspera naturaleza y con sus propietarios, fueran ducales, reales o, de un tiempo a esta parte, administrativos. Los recursos y sus equilibrios han sido objeto de histórica disputa entre los amos y los pobladores de este vergel colmatado de la impermeable arcilla depositada por el Guadalquivir durante milenios. La desaparición de la vida marismeña, la del hombre y sus costumbres, tiene para Pepe el Torero un responsable: José María Valverde, el célebre biólogo conocido como el padre de Doñana. Se lo dijo en la cara. “Me dijo: mira, Pepe, antes estaba todo precioso con unos pocos y ahora hay un ciento de guardas y está abandonado; si lo llego a saber, no hago el parque. Yo le respondí –prosigue Pepe–, lo único que ha hecho usted es crear el parque y echarnos a todos; es usted quien tiene la culpa”. Es el mito del padre expulsando a los moradores del paraíso.

Un ternero merodea el cadáver de una vaca joven, quizá su madre, en el refugio del Muro, la plataforma elevada que sirve de dique y camino en la marisma. / A. Pizarro

La pérdida de la vida en la marisma, sea la del hombre, la fauna doméstica o la silvestre, tiene una multitud de padres: el clima recalentado, los acuíferos exprimidos, el cambio de los estilos de vida, las reglas y las prohibiciones. “Las administraciones son más tiránicas que los duques, los reyes y los señoritos”, interviene el biólogo Javier Castroviejo, promotor y guía, anda en plena competición con Pepe el Torero para comprobar quién es más preciso en las localizaciones del mosaico y en sus nombres: Cochinato, Hato Ratón, Caracol, Huerta Tejada... Pepe ha catalogado casi 300 topónimos del humedal, incluido el de Hinojos, y los retiene al dedillo. Castroviejo bromea con una alusión a la geografía ptolemaica. Para menos bromas está Antonio el Mantero, que ha venido al Muro a alimentar a sus vacas. Sobrino de Pepe el Torero, el Mantero dice llevar la sangre de Doña Ana Mallarté, habitante en la marisma en el siglo XVI y una de las mujeres a quien se le atribuye el nombre de Doñana. El Mantero, como sus iguales, dice sentirse apresado en esta inmensa llanura: “Si al menos nos dieran un permiso para movernos libremente a quienes siempre hemos vivido aquí...”.

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Pepe el Torero, ganadero / Antonio Pizarro

La vida sigue su curso en el Muro. Un ternero acaba de nacer. Pepe el Torero le calcula apenas unos minutos. “Cuidado con la madre, que ahora se te arranca”, avisa. Quedan mil reses aunque Pepe ha conocido cifras seis veces más altas. Dos ejemplares se han zambullido a la linde a rebuscar la comida bajo el agua. El agua le llega a los ojos. Castroviejo llama la atención de la expedición con un grito: “¡Insólito!”. Es una muestra de la singular adaptación al terreno de la vaca marismeña o cornalona. “Buscar la comida bajo el agua no lo hace una vaca lechera”, compara Castroviejo. Ése es el motivo por el que este ganado, junto al caballo retortero y la oveja churra, ha arraigado en la agreste marisma, donde la intemperie pasa del sol desértico al agua, el viento y el frío esteparios.

Dos vacas marismeñas buscan comida debajo del agua junto al Muro de Doñana. / A. Pizarro

El hombre arraigado en la marisma gasta también una dura pasta. Pepe, el último de ellos, enumera sus mil oficios que –arrocero, chocero, cazador... aparte de ganadero– pero lamenta no haber ejercido de torero. A la vaca y al toro los maneja desde el caballo aunque sin la capa. El vaquero marismeño, cuenta Castroviejo, criador de una ganadería extensiva, exportó sus usos a América: desde el gaucho argentino al llanero venezolano, desde el charro mexicano al cowboy estadounidense. El ganado ha procurado un ecosistema que cumple unas “ricas funciones ecológicas”, diseminando semillas, removiendo el suelo, generando caminos fluviales. El papel del ganado finaliza en los cadáveres –comida para buitres y alimoches, urracas, zorros y jabalíes– y media en los excrementos –refugios de insectos y pequeños mamíferos, abono natural y combustible para el antiguo marismeño–. De las vacas cornalonas valen hasta las boñigas. Del hombre marismeño habrá que ir conformándose con la memoria.

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Javier Castroviejo, biólogo. / Antonio Pizarro

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