Otilio Ruiz, la lencería que sedujo a la Casa Real y resiste al tiempo en Algeciras

Más de un siglo después de abrir sus puertas en la calle Prim, la histórica tienda fundada por Otilio Ruiz sigue siendo un refugio de elegancia, hoy en manos de su nieta Arantxa, heredera de una saga familiar marcada por la belleza y la discreción

La historia silenciada del mercado de Algeciras sale a la luz con la visita de Alvar Haro, el nieto de Sánchez Arcas

Arantxa Ruiz sostiene el título de Proveedor de la Real Casa concedido en 1923.
Arantxa Ruiz sostiene el título de Proveedor de la Real Casa concedido en 1923. / Erasmo Fenoy

Hay comercios que venden productos y otros que custodian historias. La lencería Otilio Ruiz, en la calle Prim de Algeciras, pertenece a esta segunda estirpe: la de los establecimientos que no sólo sobreviven al paso del tiempo, sino que lo contienen. Tras su escaparate —hoy como ayer— late una forma de entender el comercio basada en la calidad y una elegancia que nunca ha necesitado levantar la voz.

Mi abuelo Otilio era un aventurero; se fue a Argentina buscando fortuna y volvió a Algeciras con un oficio y una idea muy clara

El origen de todo se remonta a 1912, cuando Otilio Ruiz Rodríguez, un joven algecireño inquieto y emprendedor, decidió abrir una tienda de tejidos en una casa de la entonces calle Torrecilla, hoy calle Prim. Antes había probado suerte en Argentina, como tantos otros jóvenes de su generación que cruzaron el Atlántico buscando fortuna. La experiencia no fue la soñada, pero sí suficiente para regresar con oficio, mirada abierta y la determinación necesaria para levantar un negocio propio con la ayuda de su familia y un capital modesto.

Desde el principio, Otilio apostó por tejidos de una calidad poco común: mantillas de encaje español, mantones de Manila, crespones lisos y piezas exquisitas que pronto comenzaron a llamar la atención. “Por lo visto, mi abuelo era muy simpático, muy abierto, y tenía mucho don de gentes”, recuerda hoy su nieta Aránzazu Ruiz Fonsela, actual responsable del comercio, aunque reconoce con cierta pena que nunca llegó a conocerlo. Todos la llaman Arantxa.

El escaparate de Otilio Ruiz, en la calle Prim, una invitación silenciosa a la elegancia y al comercio de toda la vida en pleno corazón de Algeciras.
El escaparate de Otilio Ruiz, en la calle Prim, una invitación silenciosa a la elegancia y al comercio de toda la vida en pleno corazón de Algeciras. / Erasmo Fenoy

Cuando la Casa Real se detuvo ante un escaparate

La historia dio un giro definitivo en 1909, cuando el rey Alfonso XIII, de visita oficial en Algeciras por asuntos relacionados con el desarrollo del puerto, pasó frente al comercio de Otilio Ruiz. La calidad de los tejidos expuestos en el escaparate no pasó desapercibida. El monarca ordenó a su personal de confianza realizar una compra de mantones de Manila y otras piezas selectas.

Aquel gesto fue el preludio de un reconocimiento mayor. Años después, y tras varias visitas de la reina Victoria Eugenia, alojada en el cercano hotel Reina Cristina —un edificio que, curiosamente, llevaba el nombre de su suegra—, el establecimiento fue distinguido oficialmente como Proveedor de la Real Casa. El documento, fechado el 23 de abril de 1923, sigue colgado en las paredes de la tienda como una reliquia viva: “Se ha designado por Real Orden de esta fecha concederle los honores de Proveedor de la Real Casa y el uso del escudo de Armas Reales en las facturas y etiquetas del establecimiento de tejidos que tiene en Algeciras”.

Ser proveedor de la Casa Real no era un mero título honorífico: implicaba prestigio, discreción y excelencia, y permitía utilizar el escudo real como distintivo, una tradición que se remonta al siglo XVII. En Algeciras, aquel reconocimiento quedó además ligado a la estrecha relación que Victoria Eugenia mantuvo con la ciudad, hasta el punto de dar nombre a uno de sus paseos más emblemáticos.

Otilio Ruiz Rodríguez, fundador del comercio a comienzos del siglo XX, junto a su hijo Manuel, continuador del negocio familiar y pieza clave en su consolidación.
Otilio Ruiz Rodríguez, fundador del comercio a comienzos del siglo XX, junto a su hijo Manuel, continuador del negocio familiar y pieza clave en su consolidación. / Erasmo Fenoy

Generaciones entre telas, arte y conversación

Tras la muerte de Otilio en los años cincuenta, el testigo pasó a su hijo José Manuel Ruiz Marín, padre de Arantxa, quien asumió el negocio junto a su esposa, Carmen Fonsela. Con ellos, la tienda amplió horizontes: llegaron la ropa de bebé y niños, y posteriormente una lencería femenina que en aquellos años marcaba diferencias por diseño y calidad.

Manuel Ruiz fue, ante todo, un artista. “Mi padre era un artista, un artista poco reconocido”, afirma Arantxa con convicción. “De estudios era médico, estaba estudiando Medicina en Sevilla, pero nunca ejerció. Cuando murió mi abuelo tuvo que volver para hacerse cargo de la tienda”. Al principio no le gustaba el comercio, pero acabó encontrando en él un territorio propio: el del trato con la gente. “Tenía un don para charlar, para conectar, algo que yo no tengo tanto”, confiesa.

Ese espíritu creativo aún se percibe en el local. Las paredes conservan pinturas realizadas por Manuel Ruiz, gran aficionado al dibujo desde niño. Y cada bolsa que sale del establecimiento es, todavía hoy, una pequeña obra de arte: “Mi madre sigue decorando las bolsas de papel. Las hace todas diferentes, con recortes de flores. No hay ni una igual”. A sus 97 años, Carmen Fonsela conserva mejor memoria que su hija, según dice Arantxa entre risas: “Yo tengo muy mala memoria; mi madre, mucho mejor que yo”.

Arantxa entrega una compra en una de las bolsas decoradas a mano por su madre, Carmen Fonsela: pequeñas obras únicas que prolongan la tradición familiar más allá del mostrador.
Arantxa entrega una compra en una de las bolsas decoradas a mano por su madre, Carmen Fonsela: pequeñas obras únicas que prolongan la tradición familiar más allá del mostrador. / Erasmo Fenoy

Una tienda que fue casa y escuela

Arantxa, la menor de tres hermanas, fue la única que decidió quedarse al frente del negocio familiar. “A mí siempre me gustó la tienda. Yo venía del colegio y me quedaba aquí hasta las tantas”, recuerda. Su infancia transcurrió entre mostradores, clientes y deberes escolares hechos a deshoras. Su padre la educó con una filosofía clara: “Decía que la gente tenía que estar junta, mezclarse, conocer todo tipo de personas”.

Tengo fama de tienda cara, pero también tengo conjuntos preciosos desde 30 euros

Hoy, ella se encarga tanto de las compras como de la atención al público, con una dedicación paciente y minuciosa. Vende lencería, corsetería, pijamas, camisones, batas, bañadores, bikinis y complementos. “Lo que más vendo es corsetería”, explica. Y aprovecha para desmontar un viejo mito: “Tengo fama de cara, pero desde 30 euros hay conjuntos monísimos. Incluso desde cinco o diez euros”.

Entre las marcas, conviven nombres legendarios como La Perla, Chantelle o Charmel, junto a propuestas más actuales. “Antes La Perla era carísima, ahora puedes encontrarla por 50 o 70 euros”, aclara mientras muestra un sujetador con brillos de Swarovski. “Esto no lo digo yo, lo dice la etiqueta”.

Uno de los dibujos infantiles de Manuel Ruiz representa el mercado municipal de Algeciras, testimonio gráfico de una ciudad y una sensibilidad ya desaparecidas.
Uno de los dibujos infantiles de Manuel Ruiz representa el mercado municipal de Algeciras, testimonio gráfico de una ciudad y una sensibilidad ya desaparecidas. / Erasmo Fenoy

Clientela fiel… y más de fuera que de casa

Paradójicamente, buena parte de su clientela llega de fuera de Algeciras. “Vienen clientes de Gibraltar, Ceuta, Málaga… Aquí la gente piensa que todo es caro”, lamenta. Sin embargo, quienes cruzan la puerta suelen repetir. La atención personalizada, el asesoramiento experto y la sensación de entrar en un lugar con alma siguen marcando la diferencia.

Viene más gente de fuera que de Algeciras: Gibraltar, Ceuta, Málaga… quien entra, suele volver

Aunque ostenta el histórico título de Proveedor de la Real Casa, Arantxa lo dice sin dramatismos: “Nunca nos han encargado nada”. Aun así, el vínculo con la realeza sigue siendo un símbolo poderoso, más aún en tiempos en los que se comenta que la reina Letizia cuida con especial atención su ropa interior, buscando prendas invisibles, sin costuras ni marcas, como las que desde hace décadas se ofrecen en esta tienda centenaria.

Como todo comercio con solera, Otilio Ruiz está rodeado de leyendas: que si la reina Victoria Eugenia compró un collar de perlas, que si una vez se vendió una falda a Lola Flores. Y hay recuerdos más cercanos, como el de Kira, una imponente perra gran danés que presidía el local en tiempos de Manuel Ruiz y que muchos algecireños aún evocan con cariño.

La tienda forma parte también de la memoria urbana de la calle Prim, antaño poblada de comercios hoy desaparecidos: sombrererías, joyerías, sastrerías, librerías, jugueterías. De todos ellos, Otilio Ruiz permanece como uno de los últimos testigos en pie.

Arantxa Ruiz posa frente al escaparate de la tienda que regenta, heredera de un legado centenario que ha pasado de generación en generación.
Arantxa Ruiz posa frente al escaparate de la tienda que regenta, heredera de un legado centenario que ha pasado de generación en generación. / Erasmo Fenoy

Un reconocimiento a la perseverancia

En 2019, el Ayuntamiento de Algeciras concedió al establecimiento la placa de comercio con solera, en el marco del Carnaval Especial. Arantxa recibió el galardón con una dedicatoria clara: a su abuelo y a su padre. “Estoy segura de que habrían estado muy orgullosos”, dijo entonces.

Hoy, más de cien años después de aquel primer escaparate, la lencería Otilio Ruiz sigue abierta. No como un museo, sino como un lugar vivo donde cada cliente es tratado por su nombre. Un comercio que no sólo vende lencería, sino una elegancia silenciosa que, contra todo pronóstico, se resiste a desaparecer.

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