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La juventud que despertó en Algeciras

Tribuna abierta

En los albores de los años setenta, nacieron dos juventudes muy distintas: la que buscaba respuestas y otra más ruidosa, impulsiva y consentida

Una actuación del grupo The Rotation.
Juan Sierra Jiménez

09 de febrero 2026 - 03:27

En los albores de los años setenta, Algeciras vivía suspendida entre dos mundos. Por un lado, aquella España de “charanga y pandereta” de Antonio Machado, aferrada a sus viejas costumbres y al rígido orden del régimen. Por otro, el despertar lento de una ciudad que empezaba a respirar por la Bahía: el Plan de Desarrollo Comarcal, la creciente actividad del puerto y los primeros brotes de modernidad que llegaban con los barcos y con los vientos del Estrecho.

En ese clima nacieron dos juventudes muy distintas.

La primera era una juventud que buscaba respuestas. Leían los best sellers que pasaban de mano en mano -Papillón, Chacal, El exorcista, Rebelión en la granja o Cien años de soledad-, que me trasladó a un Macondo que yo ya había vivido en otro momento en la huerta de mi infancia. Úrsula Iguarán se me parecía demasiado a mi abuela, que traía a cuestas otras guerras de las que nunca hablaba. Aquella juventud admiraba la poesía de Machado, escuchaba la Nana de la cebolla en la voz de Serrat y se reunían en las tertulias del Bar Piñero, donde se hablaba de libros, de cine y de las noticias que no salían en los periódicos. En las salas de cine de la ciudad aprendimos también a leer entre líneas. Mientras el NO-DO nos repetía siempre la misma España de inauguraciones, pantanos y desfiles, en la pantalla grande se colaba otra mirada más incómoda. Entre westerns y comedias ligeras, seguíamos con especial interés películas como Muerte de un ciclista, El verdugo o La caza, que se atrevían, a su manera, a cuestionar el orden establecido. Aquella juventud hablaba en voz baja, pero pensaba en voz alta. Eran los que empezaban a sincronizar con las revoluciones del mundo.

La otra juventud era más ruidosa y más impulsiva. Consentida por las brigadillas del momento, se organizaba en pandillas que marcaban el ritmo de la noche algecireña: Los Pellas y otros grupos temidos imponían su ley al son de las bandas sonoras de Ennio Morricone, creando una atmósfera de respeto forzado y miedo adolescente.

Lo curioso es que las autoridades prestaban menos atención a estos grupos que a los jóvenes del Piñero. Tito Julio -el brazo secreto de la ley- temía más a los que leían, debatían, escuchaban a Bob Dylan o se dejaban seducir por la música protesta. Para el sistema, una idea era más peligrosa que una navaja. Su mayor empeño era encontrar una bola de hachís en nuestros bolsillos, aunque no la hubiera.

Una camiseta de la antigua discoteca Petrarca.

Mientras tanto, las modas cambiaban nuestra imagen. Las trencas marcaban inviernos únicos; los pantalones acampanados y las melenas largas -a lo Escarabajos-eran el asombro de una sociedad que se quedaba anticuada. El sonido de los Beatles -y más tarde el de Santana- se convirtió en la banda sonora de un sentimiento nuevo.

Los domingos por la mañana, en el matinal del Casino Cinema, los grupos locales hacían vibrar a toda una generación. The Rotation o los Yerba Buena llenaban la sala con una música rítmica y contagiosa. Algeciras despertaba al compás de la música, del cine y de esos libros que abrían en nosotros una ventana hacia una aventura inevitable.

La discoteca Petrarca conducida por Mariano Grau, reducía la luz hasta convertirlo todo en un resplandor íntimo. Sonaba la música romántica que provocaba deseos nuevos y declaraciones torpes. En los pubs de moda, el olor a perritos calientes se mezclaba con el pachulí y el de la María, mientras la música que llegaba de Gibraltar envolvía el ambiente en una magia cálida que nos hacía sentir diferentes y libres.

Más tarde aparecerían otras “heroínas” que oscurecerían aquel tiempo luminoso, pero esa es una historia aparte.

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