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Narcotráfico

La droga pone en jaque a la cárcel de Algeciras

  • Botafuegos suma diez muertes por sobredosis en dos años, las dos últimas la semana pasada

  • Los funcionarios defienden su labor pero piden formación y más medios materiales y humanos

La Guardia Civil controla a los visitantes en el Centro Penitenciario de Botafuegos en una imagen de archivo. La Guardia Civil controla a los visitantes en el Centro Penitenciario de Botafuegos en una imagen de archivo.

La Guardia Civil controla a los visitantes en el Centro Penitenciario de Botafuegos en una imagen de archivo. / E.S.

Miércoles 5 de febrero. Ocho de la mañana. Un funcionario recorre uno de los módulos de segundo grado de la cárcel de Algeciras. Es la hora del recuento. Abre unos 30 centímetros una ventanilla situada en cada puerta para comprobar que cada interno está de pie y con la luz encendida para verle la cara. Pero ahora, detenido frente a una celda, observa por el hueco y solo ve oscuridad. Llama con la esperanza de que el hombre que hay dentro se haya quedado dormido. No hay respuesta. Pide por el walkie que le abran. El preso no responde a los estímulos. Está al borde del colapso. Hay carreras por los pasillos. Un instante después, el doctor Carlos Ginés, acompañado de un ATS, respira con alivio. Tras aplicarle técnicas de reanimación ha conseguido estabilizarlo. Los funcionarios comentan que ya parecía perdido. El interno da positivo en benzodiacepina, cocaína, metadona y hachís.

En ese momento el médico no lo piensa, ni siquiera cuando ve marcharse al preso en una ambulancia al hospital Punta de Europa, pero acaba de evitar la tercera muerte por sobredosis en el centro penitenciario de Botafuegos en solo seis días. Después sí. Después se acuerda de que hace nada, el viernes 31, se produjo una escena parecida, aunque en un módulo de primer grado y con un resultado fatal. El interno falleció en la enfermería. En su celda se encontraron hachís, sustancias psicotrópicas, restos de metadona, un tubo rectal con forma cilíndrica de plástico y varios envoltorios vacíos. Y más, tres días después, el lunes 3, de nuevo a la hora del recuento, otro recluso de primer grado no respondió a la llamada del funcionario. Tras acceder a la celda, el médico le practicó la reanimación durante media hora pero no logró salvarle la vida. En la habitación se hallaron un mechero y papel de plata, señales de que había consumido sustancias tóxicas.

Además de los obvios, hay un hecho en el que coincidieron los dos fallecidos: ambos habían tenido visitas de sus visitas en las horas previas a sus muertes. El recluso que salvó la vida había ingresado de forma voluntaria para cumplir una pena hacía poco. Es decir, los tres tuvieron contacto reciente con el exterior.

Las dos muertes en lo que va de año (en realidad tres, porque el domingo perdió la vida un interno tras una insuficiencia cardiorrespiratoria) suponen que la cárcel de Algeciras ha registrado ya en 2020 los mismos fallecimientos que en todo 2019. En 2018 se registraron siete decesos, seis de ellos por sobredosis. Ese año, la prisión algecireña fue la segunda que más muertes por esta causa registró de España tras Sevilla I (7). El problema es creciente, puesto que un año antes solo falleció una persona.

La droga es la segunda causa de muerte en los centros penitenciarios españoles. El año pasado, de los 177 fallecimientos que hubo en las cárceles del país, las sustancias estupefacientes (en general, la mezcla de metadona con cocaína o heroína) estuvo detrás de 53 casos. En un alto porcentaje, según relata José Luis Alcaraz, del sindicato Acaip-UGT, los muertos tuvieron en las horas previas comunicaciones con familiares, abogados u ONG o bien habían reingresado de algún permiso.

En la cárcel de Algeciras los funcionarios mantienen la droga a raya como pueden. Defienden que realizan cacheos todos los días y registros sorpresa en algunos de los 17 módulos de la instalación de la Menacha. En 2018 se realizaron 187 intervenciones con requisamiento de drogas y en el primer semestre de 2019, hasta donde hay datos, 97. Aún así, la droga entra. Y mata.

Según explica un jefe de servicio que prefiere que no se publique su nombre, la mayor parte, dentro del cuerpo de algún visitante o de los propios internos que ingresan, bien de disfrutar de un permiso o porque llegan por primera vez. La droga pasa la fuerte seguridad de Botafuegos para consumo propio del recluso que facilita su entrada o bien para hacer negocio con ella. Según explica el funcionario, el precio del hachís se quintuplica dentro de los muros de Botafuegos. La cocaína vale cuatro veces más que fuera y la heroína, diez.

Según los datos de Acaip-UGT, en los últimos diez años un 50% de los estupefacientes requisados entraron en el centro penitenciario a través de presos que venían de permiso, un 38% en el cuerpo de los visitantes y un 12%, en paquetería.

Para comprender la imposibilidad de los funcionarios de contener la entrada de droga en Botafuegos hay que manejar algunos datos. La prisión entró en funcionamiento en el año 2000 con capacidad para 1.008 reclusos. En la actualidad oscila entre los 1.300 y los 1.400. Hay 6.000 movimientos -presos que entran o salen- al año, pero quizás eso sea lo de menos, porque la saturación de las instalaciones supone unos 6.000 visitantes al mes, de los que un reducido grupo -insisten los funcionarios que la inmensa mayoría cumple con la legalidad- intenta acceder con droga.

Droga intervenida en Botafuegos. Droga intervenida en Botafuegos.

Droga intervenida en Botafuegos.

El problema aumenta con otras cifras. Además de que hay entre 300 y 400 internos más de los que debería, Botafuegos fue diseñada para ser controlada por 472 funcionarios. Según el sindicato faltan 47, un 10% aproximadamente. Con tal déficit, explican, es imposible mantener la seguridad como debieran. El caso de los médicos es clamoroso. Debería mantenerse las necesidades sanitarias con un equipo, según la Relación de Puestos de Trabajo, compuesto por diez facultativos (nueve y un jefe médico). Solo quedan cuatro, lo que significa que en la mayoría de los turnos solo hay uno. Los 1.300 presos siguen ahí y de ellos más de 400 toman medicación psiquiátrica en dosis altas. Debería haber seis psicólogos y solo hay dos. El psiquiatra va una vez a la semana. “Hay más comunicaciones (visitas) porque hay más internos. En Andalucía prácticamente todas las cárceles están masificadas, aunque hay casos como Archidona o Ceuta donde existen módulos cerrados. En Pamplona hay un cupo de 800 internos y solo hay 300. Necesitamos un mejor reparto de los reclusos”, explica.

Alcaraz entiende además que faltan medios materiales “suficientes” para reducir la entrada de sustancias ilegales. “Necesitamos escáneres como los que existen en cualquier aeropuerto o en las Aduanas, tiras reactivas”, continúa. Los funcionarios entienden que hay otro déficit importantísimo: la formación. Existen muchos tipos de drogas y además van apareciendo nuevas y nosotros vamos a ciegas. Necesitamos formación teórica y práctica para saber qué buscamos, porque ahora vamos muchas veces a ciegas”, concluye.

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