El arrastre de latas en Algeciras desafía a la borrasca, a la IA y a los adultos
Ni Francis, ni el gigante Botafuegos, ni un cartel sin Baltasar pudieron con una mañana luminosa en la que miles de niños volvieron a enseñarle a la ciudad por dónde entra la ilusión
Una máquina excavadora de latas, el primer premio del concurso de esculturas del arrastre de Algeciras
A punto estuvo de no ocurrir. Como si alguien —o algo— hubiera decidido poner a prueba la fe colectiva, el tradicional arrastre de latas de Algeciras amaneció este 5 de enero bajo la sospecha de la cancelación. Durante todo el fin de semana, hasta bien entrada la noche, la borrasca Francis descargó sobre la ciudad una furia bíblica, de esas que convierten las calles en ríos y a los ciudadanos en meteorólogos aficionados. Porque, ¿quién no lleva dentro un pequeño experto en isobaras cuando el cielo amenaza con caerse?
Este año, el gigante debió de pensar que la niebla se había quedado corta y mandó un temporal
Francis, el gigante con nombre de borrasca
Francis, explicaron los técnicos, era una borrasca fría aislada cargada con aire subtropical, una combinación poco poética pero muy eficaz: en algunos puntos de Algeciras se superaron los 130 litros por metro cuadrado. El alcalde, José Ignacio Landaluce, recordó que no se tenía constancia de lluvias tan intensas —con picos de hasta 140 litros por metro cuadrado y hora— desde marzo de 2011, cuando la Cuesta del Rayo vivió una de las inundaciones más graves de la historia reciente. Este año, el gigante Botafuegos no mandó niebla: mandó agua. Mucha.
El arrastre de latas no es una fiesta cualquiera: es el día en que los niños salen a la calle a recordarle al mundo —y, sobre todo, a los Reyes Magos— que esta ciudad existe y hace ruido
Porque conviene recordar —aunque los niños lo saben mejor que nadie— que esta historia empieza con una leyenda. Hace muchos, muchísimos años, cuando las montañas aún guardaban secretos, un gigante hosco y caprichoso decidió impedir que los Reyes Magos encontraran Algeciras. Lo hizo extendiendo una niebla tan espesa que ni las estrellas lograban atravesarla. Los niños despertaron sin regalos. Y entonces aprendieron algo fundamental: que el ruido, a veces, es una forma de esperanza. Desde entonces, cada 5 de enero, Algeciras arrastra latas para espantar gigantes y orientar a los Reyes.
Un cartel, tres Reyes y una ausencia
Este año, además del temporal, hubo otro intento de sabotaje, más sutil pero igual de inquietante. El domingo, poco antes de que se reuniera el comité asesor del Plan de Emergencia Municipal en el Salón de Plenos del Ayuntamiento, el alcalde publicó en redes sociales un cartel anunciador del arrastre de latas. Era una imagen generada por inteligencia artificial. Y la inteligencia, esta vez, brillaba por su ausencia. En el cartel aparecían los tres Reyes Magos… todos blancos. Baltasar no estaba. Como si la IA, en su afán por ahorrar memoria, hubiera decidido borrar siglos de tradición. Los niños del cartel, además, eran rubios de California y arrastraban latas sospechosamente parecidas a bebidas energéticas poco infantiles. Para rematar, el gigante Botafuegos aparecía tuerto. Un ejemplo de que la tecnología, sin revisión humana, también puede perder un ojo.
Baltasar había desaparecido, víctima de algún sesgo digital o de la fe ciega en que las máquinas siempre saben lo que hacen
Pero la realidad, por suerte, no se dejó programar.
A las diez, la ciudad volvió a creer
A las diez de la mañana de este lunes 5 de enero, el cielo de Algeciras amaneció despejado. Tras el diluvio, salió el sol. La ciudad estaba limpia, reluciente, como un juguete recién sacado de la caja. El frío apenas duró unas horas: conforme avanzó la mañana, el día se volvió casi primaveral y, al sol, muchos niños comenzaron a despojarse de abrigos y bufandas, como si el invierno hubiera decidido tomarse la mañana libre.
Hubo excavadoras, soldados de plomo, gigantes de Botafuegos con los dos ojos bien puestos, personajes de películas infantiles y vehículos imposibles
La Plaza de Andalucía comenzó a llenarse desde primera hora. A las diez, concentración. A las doce, arrastre. Miles de niños, acompañados de sus familias, llegaron con ristras de latas recicladas, algunas humildes, otras convertidas en verdaderas esculturas ambulantes hechas de aluminio y paciencia: coches, trenes, perros, una luna con estrellas, carrozas de princesas, personajes de Bluey, Bob Esponja y un catálogo completo de la imaginación infantil en versión chatarra. El Ayuntamiento, consciente desde hace años de que el ingenio también se educa, premió tres de estas obras: primer premio para una máquina excavadora; segundo, para el gigante de Botafuegos; tercero, para un soldadito de plomo. Creatividad, reutilización y conciencia medioambiental, dijeron desde Ferias y Fiestas. Los niños, mientras tanto, dijeron ruido.
La comitiva avanzó por la recién inaugurada avenida Blas Infante, que aún no sabía que iba a ser bautizada por pequeños zapatos y latas chirriantes. El Consistorio decidió proteger los nuevos parterres con cintas de vallado, una frontera simbólica entre la vegetación recién plantada y la marea infantil, para evitar que las plantas fueran aplastadas por el entusiasmo. Daños colaterales, en cualquier caso, de la ilusión. Que se preparen, pensaría alguna planta, para la cabalgata de la tarde.
El desembarco y la certeza
El recorrido siguió por Fuerte Santiago y la avenida Virgen del Carmen, rumbo al Llano Amarillo. Allí, sobre las 13:00, los Reyes Magos llegaron por mar, desembarcando desde el Zenit Cat, para subir a un gran escenario, recibir la bienvenida y repartir caramelos como anticipo de la tarde. En la explanada, mientras los niños esperaban, bailaron las guerreras K-Pop, tan de moda, recordando que incluso en las mañanas más tradicionales se cuelan las coreografías del presente.
Mientras tanto, en la cercana avenida de las Fuerzas Armadas, la grúa municipal comenzaba su propia cabalgata: a partir de la una, varios coches fueron retirados por estorbar el recorrido. Sus dueños, quizá confiados en que Francis habría cancelado la fiesta, aprendieron que la magia siempre va un paso por delante de la previsión.
El estruendo de las latas resonó por toda la ciudad. Un ruido atronador, sí, pero lleno de sentido. Una forma primitiva y eficaz de decir: estamos aquí. No os paséis de largo. Algeciras existe. Y los niños miraban con esa fe absoluta que solo se tiene antes de aprender a sospechar de casi todo.
Mientras tanto, el mundo adulto seguía haciendo de las suyas lejos de allí
Y mientras los pequeños arrastraban latas, ajenos a casi todo, el mundo adulto seguía girando con su habitual dosis de ruindad. Esa misma noche, la de la víspera, Nicolás Maduro dormía en el Metropolitan Detention Center de Brooklyn, tras ser trasladado en helicóptero a Manhattan y procesado en una instalación federal vinculada a la DEA. “Pronto se enfrentarán a todo el peso de la justicia estadounidense”, dijo la fiscal general Pam Bondi. El mundo seguía siendo el mundo.
Por eso el arrastre de latas importa. Porque, durante unas horas, los niños fueron felices, ajenos a la política, a las borrascas y a los carteles mal revisados. Porque demostraron, una vez más, que la ilusión compartida es capaz de vencer cualquier niebla, incluso la más moderna. Bendita y sagrada infancia. Que sigan sonando las latas.
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